Chile y la Primera Guerra Mundial Vigencia actual de un episodio lejano

Por: Miguel Navarro Meza[i]

 

Desde comienzos del presente año 2014, se han realizado diversas actividades, primariamente académicas y  fundamentalmente castrenses, para conmemorar el centenario del comienzo de la Primera Guerra Mundial.  Naturalmente, tales conmemoraciones son comprensibles y el involucramiento castrense, principalmente del Ejército, muy plausible. La  Gran Guerra fue el primer conflicto armado que se combatió en una escala global, planetaria; eventualmente, involucró directamente a cuarenta de los sesenta y tres países independientes que existían en 1914.y se combatió en Europa, Asia, África, el Medio Oriente, Mesopotamia  y en todos los océanos del mundo y tuvo un efecto fundamental en la configuración del mundo durante todo el Siglo XX.

Chile, alejado de los escenarios bélicos, sin intereses especialmente relevantes en la disputa y con sus lealtades domésticas divididas, optó por la neutralidad, la que mantuvo irrestricta durante toda la guerra. Sin embargo, para Santiago  los efectos de la contienda, en algunos aspectos, se han proyectado hasta hoy día en su política exterior y constituyen lecciones vigentes para el país en la forma de encarar los escenarios internacionales desde la óptica de la defensa y la protección del interés nacional.

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 El 4 de agosto de 1914, en la tarde, el mismo día en que Gran Bretaña declaró la guerra a Alemania, cerrando así el ciclo de la crisis que llevó al conflicto, el Ministerio de Relaciones Exteriores  comunicó a las representaciones diplomáticas de los países beligerantes – las legaciones de Gran Bretaña, Alemania, Francia, el Imperio Austro-Húngaro, Japón y el Consulado General de Rusia-  la decisión del gobierno de Chile de adoptar una estricta  neutralidad  en el  conflicto que recién comenzaba.  La decisión chilena fue rápida pero de ningún modo apresurada; el Presidente Barros Luco, entonces en el cuarto año de su mandato, consultó al Consejo de Estado[ii] y debatió el tema con su gabinete. Todos le aconsejaron la neutralidad, lo que coincidía con su propia percepción  y que, en realidad, era la única opción viable para el país; desde luego, Santiago tenía buenas relaciones con  todos los beligerantes y al mismo tiempo la guerra no ponía en juego nada vital para Chile. Por otro lado, el escenario interno era complejo por la división de lealtades y preferencias  que generaba el conflicto; el Ejército era abiertamente progermano –resultado inevitable de su proceso de modernización bajo tutela alemana-  la Armada, fiel a sus tradiciones  y leal a su modelo, la Royal Navy,  naturalmente se inclinaba por Gran Bretaña. La sociedad civil estaba igualmente dividida: la Iglesia se inclinaba por Alemania, la intelectualidad, mayoritariamente apoyaba a la Entente; el remanente aristocrático de la clase política, criado y educado en el amor a Francia, naturalmente favorecía a París. La neutralidad fue, en consecuencia, una actitud lógica, oportuna y prudente.

 Sin embargo, sabido es que  a lo largo de la Historia, la neutralidad como actitud política y diplomática, aunque protegida crecientemente por el Derecho Internacional[iii], no ha estado (ni está hoy) exenta de riesgos ni garantizada para sus cultores y, que por lo mismo, ha requerido siempre de protección; los tradicionales ejemplos de Suiza y Suecia ilustran claramente este punto. En 1914, y dada la dinámica de algunas de las primeras acciones navales  de la Gran Guerra, esto se aplicó también a Chile.

Al comienzo de la guerra, Chile ciertamente estaba en condiciones al menos teóricas, de afianzar adecuadamente su neutralidad.    La condición militar del país era comparativamente buena, beneficiándose aún del interés de la clase política en la Defensa, evidenciada en los últimos dos decenios del siglo XIX  y su comprensión del nuevo estatus regional asumido por Chile luego de la victoria en la Guerra del Pacífico: ser garante de la paz en el Cono Sur de América. En consecuencia, durante ese periodo se invirtió  significativamente en el Ejército y la Armada, desarrollándose programas importantes de modernización tecnológica, doctrinal y organizacional de ambas Instituciones. Caber destacar los importantes grados de consenso en la clase política respecto de la defensa -una cuestión nada menor en una época de gran fragmentación partidaria y acuerdos efímeros y frágiles- y que se proyectó hacia el inicio del nuevo siglo.

 

 En 1914 el Ejército había completado su proceso de modernización y tenía una planta autorizada de 8.044 regulares y 9.000 conscriptos y guarnecía desde Tacna al extremo sur del país. Hasta 1912 había recibido progresivamente armamento moderno, de uso estándar en Europa y Estados Unidos. Sin embargo y considerado los factores geográficos involucrados,  más importante para cautelar la neutralidad chilena era la Armada. La fuerza naval disponible al inicio de la Gran Guerra era, en lo sustancial, la que varios historiadores han llamado La Escuadra del 900  es decir el conjunto de buques adquiridos desde el comienzo del proceso de potenciamiento naval iniciado por Balmaceda y continuado luego en las Administraciones Montt y Errazuriz Echaurren bajo el acicate de la competencia geopolítica con Argentina y por los amagos de guerra de 1896 y 1898[iv].

 Formaban en la lista naval 6 buques principales, el acorazado Capitan Prat (1893)  los cruceros protegidos Blanco Encalada (1895), Esmeralda y Ministro Zenteno (ambos de 1897) Chacabuco (1902) y el crucero acorazado O´Higgins (1898) apoyados por una clase de torpederos y tres clases distintas de destructores adquiridos entre 1891 y 1913. Existían también varios escampavías y buques auxiliares, distribuidos en los apostaderos navales de Valparaíso, Talcahuano y Punta Arenas.  El conjunto de la fuerza naval era abigarrado y nada de homogéneo, con capacidades, artillería, protección y velocidad dispares, a su turno producto del carácter reactivo y poco planificado del mencionado proceso de potenciamiento naval. Además, hacia 1914, los busques principales, que habían sido construidos entre 1890 y 1900, en un periodo de rápidos avances tecnológicos, evidenciaban ya signos claros de obsolescencia.

 

Con todo, la fuerza naval entonces existente resultaba claramente suficiente para proteger adecuadamente su mar territorial, entonces de tres millas,  y en una óptica más amplia, para vigilar las aguas de interés estratégico para el país, frente a posibles incursiones de buques de guerra de los países beligerantes, especialmente si se considera que las fuerzas navales que estos podrían desplegar serian siempre secundarias, como efectivamente ocurrió.

 

Sin embargo, desde la aparición de los buques del Ostasiengeschwader  (Escuadrón del Lejano Oriente) de la Armada Imperial Alemana  en Isla de Pascua el 12 de octubre -lo que incluyó la ocupación temporal  de la isla por fuerzas de desembarco- hasta el hundimiento del SMS Dresden en la Bahía de Cumberland en la Isla de Más a Tierra en Juan Fernández, el 14 de marzo de 1915, la neutralidad chilena fue violada en más de 15 oportunidades tanto por navíos alemanes cuanto ingleses, en algunos casos por largos periodos, sin que las autoridades  nacionales tomasen medidas militares para afianzarla. Santiago optó entonces por utilizar solo medios diplomáticos, bajo la forma de protestas oficiales al Foreign Office y a la Cancillería Imperial Alemana, sin que exista evidencia que se pensase siquiera en usar coordinadamente y bajo un mando centralizado los medios navales a su disposición.[v]

En consecuencia, cabe preguntarse porqué, pese a la celeridad y la sapiencia con que se adoptó la neutralidad, cuando está fue violentada no se la afianzó con medidas militares, pese a la buena condición técnica y operativa del Ejército y especialmente de la Armada, cuyo concurso hubiese sido el más relevante. Dos razones explican esta actitud y ambas generan lecciones perfectamente válidas y vigentes hoy día.

 

– Una visión estratégica eminentemente localista Durante el siglo XIX, y especialmente en su segunda mitad, todo el poder militar chileno, volcado en las capacidades del Ejército y de la Armada, había sido diseñado y estaba orientado a contrarrestar la amenaza actual o potencial de los países vecinos, actitud comprensible, considerando la atmósfera de confrontación y el nivel de tensión imperante en el Cono Sur en la época. Hacia 1914, la orientación de la defensa chilena era hacia Argentina, que entonces y desde el término de la Guerra del Pacífico,  era el principal referente de seguridad  para Santiago. Chile no tenía en aquel tiempo experiencia ni doctrina para aplicar poder militar para fines políticos –internacionales se entiende- más allá de su entorno de seguridad inmediato, lo que por lo demás, resultaba concordante con su forma de encarar su condición estratégica regional y con la manera como  las autoridades de fines del siglo XIX conducían la defensa.[vi]  Además, dicho pensamiento se orientaba hacia el uso activo, clásico de la fuerza militar, con poca consideración a sus empleos más políticos y de apoyo a la diplomacia.  En consecuencia,  la Función de Defensa tenía una perspectiva exclusivamente local, de empleo clásico en cometidos de guerra  y el horizonte estratégico del país no preveía usar fuerza militar en escenarios  distintos que aquellos estrictamente vecinales ni para fines distintos que la guerra. En esta lógica, la aparición de fuerzas navales beligerantes extranjeras en aguas de su interés estratégico, representó para Chile un escenario nuevo, no previsto en la doctrina castrense y frente al cual  carecía de respuesta militar, lo que sin duda contribuyó a inhibir  la actitud de la autoridad política y a limitar su respuesta a lo meramente diplomático.

Esto es relevante en la actualidad en la medida que durante todo el siglo XX  se repitió el escenario del siglo anterior, en cuanto la Defensa fue estructurada en una lógica vecinal, concordante con los escenarios de riesgo que enfrentó el país, especialmente en su segunda mitad. Aún la participación chilena en el sistema del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca y que en teoría al menos dio a Chile un cometido la Confrontación Este – Oeste,  no altero tal visión  Además, y por razones comprensibles, la función de defensa fue concebida en términos estrictamente convencionales de protección del territorio, la soberanía y la población frente a agresiones de actores formales del sistema internacionales utilizando medios igualmente formales; que esto es así se refleja por ej. en la forma como la Constitución de 1980 asumió la función de defensa y generó el estatuto normativo fundamental que la rige.[vii]  Esta misma visión convencional y localista se aprecia en los debates sobre defensa nacional generados en el Congreso y en el seno de la Comunidad de la Defensa, aún en buena medida dominados por la ya superada dicotomía “cañones o mantequilla” y por las miradas localistas de la defensa.

 

Sin embargo, es evidente que en el escenario internacional contemporáneo, caracterizado por formas de violencia más difusas, de orígenes muchas veces inciertos y no sujeta a convencionalismos normativos, pero posiblemente de mayor riesgo para el Estado y la sociedad, esta aproximación convencional resulta insuficiente y la fuerza militar debe estar concebida en lo  doctrinal, tecnológico y normativo en términos de contrarrestar   amenazas y riesgos de diversas raigambre y súbito acaecimiento. Así, lo ocurrido en 1914 fue posiblemente un heraldo de la evolución futura de la Función de Defensa. Naturalmente, se ha avanzado en cuanto otorgar a la función de defensa una mayor flexibilidad frente a los  escenarios inciertos y evolutivos de la seguridad, así como a la capacidad del estamento político de asumirlos, pero sin duda el carácter esencialmente cambiante del desafío debe generar estímulos adicionales en este ámbito.

– La dicotomía entre Política Exterior y Defensa El segundo elemento que contribuyó a la impedir que al comienzo de la Gran Guerra Chile afianzase con mayor energía sus intereses estratégicos fue la falta de coordinación y visión común que tradicionalmente ha afectado a su Política Exterior y a su Política de Defensa, aunque este último concepto no estuviese sistematizado en 1914. Aunque hacia fines del siglo XIX  hubo una buena coordinación, intuitiva, primitiva, pero eficaz, entre Relaciones Exteriores y los uniformados, a comienzos del siglo siguiente, dicha coordinación y sentido de propósito se fue perdiendo progresivamente, en la medida que la clase política  de modo igualmente progresivo, dejó de comprender la forma de usar coordinadamente los medios políticos, diplomáticos y militares, especialmente estos últimos,  en el posicionamiento internacional del país. Tal carencia en el medio político, sin ninguna duda influyó en la falta de decisión de usar medios navales para afianzar la neutralidad chilena en sus aguas territoriales e interiores así como en sus zonas de interés estratégico.  Es efectivo que tanto en 1911 y 1912, cuando las muy publicitadas maniobras en el Rio Zama en Tacna, entonces chilena, como en 1920, con ocasión de la Movilización General de ese mismo año, el episodio popularmente conocido como “la Guerra de don Ladislao”,   Chile utilizó medios militares para  finalidades diplomáticas, tales casos fueron excepcionales y de hecho, este último episodio fue la última vez que la clase política hizo uso del poder militar para encarar una situación concreta de política exterior.

También en este último punto se evidencian avances en el medio local, relacionados con aquellos relativos a las misiones de la Función de Defensa, pero igualmente aquí se requiere de estímulos y soluciones adicionales.

En síntesis, en 1914 la ausencia de una concepción doctrinal para el uso de fuerza militar más allá de las amenazas de naturaleza estrictamente vecinal unido y potenciado al progresivo desconocimiento del estamento político de los usos integrados  de medios políticos, diplomáticos y militares, explican en buena medida el hecho que entre octubre de 1914 y marzo de 1915, cuando la neutralidad chilena fue sistemáticamente violada, las autoridades no dispusiesen el uso de medios castrenses, preferentemente navales, para afianzar la soberanía y la protección de sus intereses estratégicos.  En la medida que los factores basales de tal situación de algún modo persisten en la actualidad, aquel lejano episodio de 1914 mantiene vigencia hasta  hoy día.

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[i] Abogado, Cientista Político; Magister en Derecho con mención en Derecho Administrativo, U. de Chile; Mphil in War Studies del King´s College London, Diplomado en Derecho Aeronáutico y del Espacio, U. de Chile; diplomado en el Perry Center for Hermispheric Defense Studies (CHDS) y en el Asia-Pacific Center for Security Studies (APCSS). Profesor de la Academia Nacional de Estudios Políticos y Estratégicos; profesor de la Academia de Guerra Aérea de la Fuerza Aérea de Chile y de la Escuela de Derecho de la  Universidad Santo Tomás. Además, profesor invitado del CHDS y del APCSS.  

[ii] El Consejo de Estado era un  cuerpo colegiado establecido en los artículos 102 al 107 de la Constitución de 1833 y que tenía diversas atribuciones y cometidos, entre los que se contaba, primariamente, la de asesorar al Presidente de la República en los asuntos en que este lo consultase. Su composición definitiva, luego de la reforma constitucional de 1874, fue de: tres consejeros elegidos por el Senado, tres por la Cámara de Diputados, un miembro de las Cortes Superiores de Justicia, un eclesiástico constituido en dignidad, un oficial general del Ejército o de la Armada, el jefe de alguna oficina de Hacienda y un ex Intendente, Gobernador  o Alcalde.

[iii] En 1914, el estatuto de la neutralidad estaba conformado básicamente por la Convención de la Haya relativa a los Derechos y Deberes de las Potencias y las Personas Neutrales en caso de Guerra Terrestre  y por la Convención XIII de la Haya relativa a los Derechos y los Deberes de las Potencias Neutrales en la Guerra Marítima, ambas de 1907.

[iv] Ver Castagneto, Piero y Lascano, Diego Buques de Guerra Chilenos, un siglo en imágenes  RIL editores, 2011, capítulo V.

[v][v] En ausencia de una política centralizada de afianzamiento y protección de la neutralidad mediante el uso de medios navales, recayó en los mandos de los apostaderos navales  (antecesores de las actuales Zonas Navales) el usar sus medios, necesariamente muy limitados, para intentar impedir las violaciones a la neutralidad.

[vi] Ver a este respecto Navarro, Miguel, LA CONDUCCIÓN DE LA DEFENSA,L A ERA MÁS DRAMÁTICA  Desde 1860 al Centenario de la Independencia   en  Molina Jonson, Carlos, Navarro Meza, Miguel, Rothkegel Santiago, Luis y Soto Silva, Julio    “LA CONDUCCIÓN DE LA DEFENSA NACIONAL: HISTORIA, PRESENTE Y FUTURO “  Academia Nacional de Estudios Políticos y Estratégicos,  2012.

[vii] Ver Navarro, Miguel  LAS FUERZAS ARMADAS Y EL COMBATE A LAS AMENAZAS NO TRADICIONALES ¿QUE TANTO ES POSIBLE?  en  “DESAFÍOS NACIONALES EN UN CONTEXTO INTERNACIONAL COMPLEJO”  Departamento de Estudios Políticos y Estratégicos, Academia Nacional de Estudios Político Estratégicos, 2013.