Conflictos regionales, eslabones medievales de la globalización

Por: Dr. Ivan Witker/ ANEPE

 

Probablemente la característica más relevante del momento globalizador que vive el mundo de hoy es una muy especial y compleja convivencia de diversos planos, premodernos, modernos y postmodernos, que, como advertía Ernst Bloch hace ya varias décadas, “se entrecruzan de manera fascinante, ya que no todos los individuos, ni todas las culturas, viven el mismo ahora”. En este espíritu, podemos señalar que la globalización significa que el planeta vive una simultaneidad de situaciones no contemporáneas, o bien, puesto en otras palabras, la globalización es un abigarrado conjunto de situaciones incongruentes, las cuales provienen de épocas diferentes.

Sin embargo, el reflejo que tiene esto en la seguridad internacional no es para nada “fascinante”, como pensaba Bloch, sino, por el contrario, extremadamente preocupante. Ejemplos de tal aserto son los innumerables conflictos regionales que sacuden al planeta entero, sin que se observe capacidad de parte de las potencias centrales -aquellas que se sitúan en los planos modernos o postmodernos- la decisión de hacer algo positivo; entendiendo por positivo acciones que propendan a la paz.

Como ejemplo tomemos el actual mapa de conflictos en el Medio Oriente y el norte de África, los cuales guardan una extraordinaria similitud con la Europa del siglo 17. Pese a la distancia en el tiempo, en ambos se registran conflictos de todo tipo, armados y no armados, inter e intra-estatales, luchas religiosas y disputas territoriales, invasiones atizadas por vecinos que tienen como protagonistas a múltiples grupos y milicias, enfrentadas unas contra otras, o bien que arrasan con civiles inermes; bandas armadas que deambulan y con rapidez cambian de frente y enemigo dependiendo de las circunstancias.

Y existen más paralelos aún.

No olvidemos que la primavera árabe se inicia cuando un joven vendedor callejero de frutas y hortalizas, en Túnez, se quema a lo bonzo, en protesta por las malas condiciones sociales del país, desencadenando protestas masivas con graves desórdenes callejeros, que terminan con el Presidente huyendo al exilio, y que, inesperadamente, infectan a países vecinos y otros de la región. En cosa de semanas, levantamientos similares, y aún más tumultuosos y sangrientos, se reportan de Egipto, Bahrein, Yemen, Libia y otros, con resultados diversos. En la actualidad, apenas 3 años después de aquel aislado suicidio en Túnez, nos encontramos con una Siria envuelta en una mortífera guerra civil que incluye milicianos procedentes de muchos países, con gran parte del territorio de Irak convertido en un califato medieval, con una Gaza bombardeada, con Libia al borde de la desintegración, con Nigeria sumida en una violencia religiosa de dimensiones inimaginables, con Sudan, Chad y República Centroafricana transformados en estados fallidos y con un largo reguero de sangre y destrucción. en toda esa macro-zona.

Y bueno, la guerra de los 30 años partió en 1618 con un suceso tan aislado como el del aquel vendedor ambulante de Túnez, cuando un puñado de protestantes de Bohemia se alzó contra Fernando II, y terminó desatándose una sangrienta lucha religiosa, política y territorial por todo el continente; en la que tomaron parte Dinamarca, Suecia, Francia y todas las potencias de la época. Ese conflicto fue aún más lejos y diezmó a la población europea (varios países vieron disminuida su población en un tercio y en el caso de la masculina a la mitad), al punto que para detenerlo se negoció la paz en un muy difícil proceso, compuesto por varias etapas, que la historia de las relaciones internacionales recoge genéricamente como Paz de Westfalia. Hasta la Primera Guerra Mundial, el continente europeo no conoció nada parecido en materia de conflictividad amada, violencia política, muertes y daños materiales.

Y hay más paralelos entre ambos grandes momentos históricos.

Los dos forman parte de uno de los laberintos más complejos de las relaciones internacionales contemporáneas, cual es la formación de la identidad nacional. Tanto en la Europa del siglo 17 como en la macro-zona del Medio Oriente/norte de Africa, la guerra y la violencia desmesurada ocupan un lugar destacado como catalizadores de la identidad. Son momentos donde la religión (o secta) y la etnia (o tribu) arrasan con la sociedad civil, sea que no la dejan emerger, o no la dejan respirar, y donde los espacios para la diplomacia y la negociación se reducen, o bien desaparecen por completo. Al desmenuzar los conflictos en la macro-zona del Medio Oriente/norte de Africa, se divisa que en el fondo se está viviendo ahí una especie de re-configuración violenta de las identidades nacionales, según la religión (o secta) y la etnia (o tribu). Todo parece indicar que los individuos que componen esas sociedades no están aún en condiciones de definir aquello que Anderson llamaba comunidad imaginaria, condición que permitió, tras el fin de la guerra de los 30 años, el ascenso de las naciones modernas.

Ahora bien, también hay algunas diferencias entre ambos. Las dos principales emanan de las características que tiene la sociedad internacional de hoy.

En efecto, la existencia de una sociedad internacional globalizada, pese a sus enormes dificultades de funcionamiento, por un lado, pone sobre el escenario un marco de actores con capacidades globales, y por otro, representa un avance civilizacional muy profundo respecto al siglo 17, lo cual debería significar que las cuestiones éticas pasan a jugar un cierto rol. Por eso se dice que Westfalia secularizó las relaciones internacionales lo que dio un impulso decisivo hacia la modernidad.

Esta línea de diferenciaciones entre ambos momentos históricos permite un atisbo de optimismo y plantearnos si las potencias centrales (las marcadas por la modernidad y/o postmodernidad), en virtud de cuestiones éticas, pueden intervenir positivamente en los dramáticos conflictos en el Medio Oriente/norte de Africa, para poner fin a aquellos conflictos que remecen las conciencias, como los brutales secuestros en Nigeria, la muerte y destrucción en Siria e Irak o la situación en Gaza. Recordemos que las potencias centrales en 1618 -Suecia, Francia, Dinamarca y otras- optaron por involucrarse.

La posibilidad que las potencias den un giro gravitante es, sin embargo, compleja.

Zbigniew Brzezinski sostiene que ya no existen potencias hegemónicas, debido al despertar político que se vive en todo el planeta y nos alerta de que es una manera “muy tradicional” pensar que una potencia central puede dictar las respuestas, resolver los problemas o imponer su modelo en el mundo de hoy. “En una era post-hegemónica, nadie puede aspirar hoy al dominio militar, político, tecnológico, económico, ideológico o religioso. Vivimos una era de complejidad, con claroscuros, fragmentaciones de todo tipo y causalidades variadas, por lo tanto, no se puede actuar de manera divorciada de las realidades que dominan el mundo de hoy”.

Apostar por las cuestiones éticas implicaría ver las intervenciones humanitarias con dos facetas indisolubles. Por un lado, la operación militar propiamente tal y, por otro, el reforzamiento de la sociedad civil. Sólo una sociedad civil madura puede resolver, en relativa paz, la cuestión de cuál, o cuáles, son las fuerzas amalgamadoras de la identidad nacional. Y en aquellos lugares donde la sociedad civil es aún débil, las estructuras multilaterales aparecen como insustituibles puntos de apoyo, reforzando la idea de que el aseguramiento de la paz hoy, en este mundo donde conviven diversos planos históricos, es una tarea de largo plazo.

Si no se apoya a las sociedades civiles, estos conflictos regionales, que son el eslabón medieval de la globalización, proseguirán ad eternum.