De la “Victoria Militar” a otras formas de empleo de las Fuerzas Militares en la guerra en Afganistán

Por: Andrés Avendaño R / Jefe del CEE-ANEPE

 

En estos últimos años se ha podido observar un cambio en la forma en que se desarrollan los conflictos bélicos. El fenómeno de la globalización ha llevado a que la violencia delimitada en tiempo y espacio, propia de las guerras entre Estados, se haya convertido en global e indefinida. Por lo mismo, el frente de combate se ha extendido a cualquier parte del mundo donde se encuentren los intereses de los contrincantes. La forma de hacer la guerra y de derrotar al enemigo ha mutado. La “victoria militar”, o bien, ya no es posible o es insuficiente.

En este sentido la reciente guerra en Afganistán es un ejemplo paradigmático de estas transformaciones. En ella pudimos observar una amplia diversidad de actores involucrados. El enemigo principal de los EE.UU. de A. era un grupo no estatal que operaba desde el territorio de otro país, con el que inicialmente no existía un conflicto que sugiriera el uso de la fuerza. Pero fue en su territorio     —ubicado en una zona de particular importancia geopolítica, económica y militar para occidente— donde confluyeron factores que atrajeron la dinámica de los actores en conflicto.

La invitación es a reflexionar respecto de los nuevos problemas derivados de los conflictos asimétricos en la post guerra fría, los que con mucho más fuerza que en el pasado nos reiteran que no necesariamente la victoria militar conduce al objetivo político y que las fuerzas militares tienen un papel insustituible y de particular relevancia, en la que pasa a ser la fase más trascendente, larga y desgastadora de la guerra: la estabilización.

En Afganistán, la posesión y control del territorio pasó a ser secundaria frente a la protección de la vida y seguridad de  los no combatientes y al imperativo de tener que evitar costos políticos y sociales cada vez menos tolerables en las sociedades occidentales. De esta manera, ganarse a la población, generando percepciones positivas en ésta, para a partir de ahí quitarle fuerza, espacio e influencia al adversario, emergió como un nuevo objetivo.

Es evidente que cuando se tomó la decisión de atacar Afganistán no se pensó en el “día después”. La acción militar fue adecuadamente planeada y ejecutada, por lo que se convirtió en el problema menos relevante. En poco más de dos meses el gobierno talibán fue derrotado y sus fuerzas desperdigadas, aunque no desarticuladas. Lo que vino después fue lo más difícil: crear las condiciones políticas y sociales para la estabilización del país. Lo que por no haber sido logrado, en un perverso circulo vicioso, contribuía a la constante rearticulación de la insurgencia  y de Al Qaeda. Así, desde un primer momento, comenzaron a aparecer las dos dimensiones de esta operación: la de la seguridad y la del desarrollo.

Quedaba claro que la “victoria militar” era insuficiente, no bastaba.

Por largo tiempo convivieron y /o se alternaron en Afganistán dos visiones: la tradicional, propiciada por algunos mandos civiles y militares de EEUU. que hacían énfasis en el combate a la insurgencia talibán, para a través de su desarticulación crear las condiciones para avanzar en estabilización y desarrollo del país. Claramente esta visión se apoyaba en el enfoque clausewitziano que señala que el propósito de la fuerza militar es la destrucción del enemigo; la otra visión, sostenida por los generales Mc-Chrystal y Petraeus y por la mayoría de los países de la OTAN, en un camino más largo y costoso, privilegiaba el eje de la estabilización a través del desarrollo y de la reconstrucción, ya que sólo ello le restaría la base de apoyo a la insurgencia. En esta última visión, el resultado depende  de la movilización política y social y el propósito de la batalla militar es crear espacios para construir un Estado capaz de defenderse a sí mismo. Como se ve, su innovación es invertir el orden de los factores. De esta manera, en una solución atípica para los estándares tradicionales de empleo de la fuerza militar, fue que  se llegó a la creación de los “Equipos de Reconstrucción Provinciales” (ERP), formados por civiles y militares, que tenían por finalidad ayudar al gobierno afgano a afianzar y extender su autoridad por todo el territorio y participar en la ejecución de programas de reconstrucción y desarrollo[1].

La actuación de estos Equipos de Reconstrucción Provincial no dejó de provocar acalorados debates entre las autoridades políticas, de defensa y militares, pudiéndose encontrar profusas opiniones que consideraban que la mezcla de actividades civiles y militares no eran el medio adecuado para la reconstrucción y el desarrollo, ni menos para combatir la insurgencia.

Las opiniones más críticas se agruparon en torno a que estas nuevas misiones implicaban un conjunto de tareas, muchas de ellas ambiguas y de difícil traducción al nivel operativo militar. Porque incluso, la misión de brindar seguridad, seguía excluyendo el combate contra la insurgencia y estaba casi exclusivamente referida a misiones de tipo policial, hasta entonces tareas ajenas a las funciones para las que estaban, organizadas, equipadas y entrenadas las fuerzas militares. Punto importante a tener presente en las reflexiones que se puedan efectuar respecto del rediseño de las misiones de las fuerzas militares para enfrentar los desafíos que, a la Defensa, puedan imponer eventuales amenazas no tradicionales.

A lo anterior, se agrega otro factor “innovador” y casi contradictorio, fuertemente vinculado a la estrategia que se implementó para el logro de los objetivos en Afganistán: el límite en el uso de la fuerza. Lo que claramente se contraponía al empleo clásico de las fuerzas militares en combate. Las tareas de reconstrucción y fortalecimiento del Estado que se intentó lograr con los ERP necesitaban de seguridad, pero hacer de esto sinónimo de falta de discriminación en muchas de las acciones de combate, haciendo un uso excesivo de la fuerza, había tenido un elevado precio en relación con los fines buscados. Puede que el pueblo afgano no apoyara mucho a los talibán, pero era claro que tampoco eran felices con fuerzas extranjeras que los ocupaban y a veces los atacaban y mataban. Para ganar el apoyo de la comunidad era indispensable evitar bajas inocentes en pueblos y aldeas. La derrota del adversario no podía ser a cualquier costo.

De esta manera la lucha contra los talibán se transformó, apostando a derrotarlos más estratégicamente, prioritariamente aportando recursos y esfuerzos a la transformación política y social del país. En este tipo de enfrentamiento, el objetivo político de la guerra ya no depende de lo que las fuerzas militares logren en el campo de batalla, sino que de manera mucho más significativa, de las condiciones que las fuerzas militares generarán para permitir la reconstrucción y el desarrollo.

[1] Eran grupos de entre 100 y 150 soldados y asesores civiles basados en una provincia para ayudar a la seguridad y gobernanza. Antecedentes pretéritos de esta forma de intervención la encontramos en la guerra de Vietnam, que fue una guerra mixta entre el tipo de guerra clásica y de insurgencia. En esta guerra comenzaron a involucrarse civiles en las misiones militares, a intensificarse las misiones de inteligencia y psicológicas (ganarse corazones y mentes) y a practicar políticas que se encaminaban a aumentar la legitimidad del gobierno local. Para más detalles ver CALVILLO C José Miguel. El proceso de reconstrucción internacional en Afganistán. El papel de España en un nuevo modelo de cooperación pos conflicto (2001-2009), Tesis de Doctorado. Facultad de Ciencias Políticas y Sociología, Universidad Complutense de Madrid, p. 383