El terrorismo en el contexto de la investigación académica. Dificultades para alcanzar una conceptualización

Por: Prof. Ariel Álvarez Rubio, Subdirector Académico ANEPE.

 

“El terrorismo ha ejercido gran fascinación durante mucho tiempo, en especial cuando se lo ha contemplado desde una distancia segura. La fascinación que ejerce y la dificultad de su interpretación tienen las mismas raíces: su inesperado, espantoso y ultrajante carácter”

Walter Laqueur (2003)

 

Según Jorge Romeu[1], en la era del terror globalizado, casi todo el mundo parece tener una idea de lo que es el terrorismo o, al menos, de cuáles son los actos que merecen ser calificados como tal. Al respecto, este mismo autor agrega que aquello se trata de una percepción más emocional –o política– que jurídica, ya que al día de hoy la comunidad internacional no dispone aún de una definición legal genérica de los elementos constitutivos de un acto terrorista.

Pese a esta dificultad, el terrorismo ha sido uno de los temas del programa internacional de la ONU[2], lo cual queda demostrado desde el año 1934, ocasión en que la Sociedad de las Naciones dio el primer paso importante para prohibir ese flagelo al analizar un proyecto de convenio para la prevención y el castigo del terrorismo. Pese a que ese convenio se aprobó finalmente en 1937, nunca llegó a entrar en vigor.

Sin embargo, desde 1963, la comunidad internacional ha elaborado 14 instrumentos jurídicos universales y cuatro enmiendas para prevenir los actos terroristas. Adicionalmente, durante el año 2008, en este mismo organismo se logró elaborar una “Estrategia global de las Naciones Unidas contra el terrorismo”[3]. A través de esta medida, los Estados Miembros acordaron por primera vez un enfoque estratégico común para combatir el terrorismo, no solamente enviando un claro mensaje de que el terrorismo es inaceptable en todas sus formas y manifestaciones, sino además resolviendo adoptar, individual y colectivamente, medidas prácticas para prevenirlo y combatirlo.

En todo caso, a pesar de lo anterior, uno de los debates más polémicos respecto del terrorismo se produce en torno a su definición. La ausencia de consenso en este punto es un gran obstáculo a la hora de articular una respuesta coordinada de la comunidad nacional e internacional, en materia terrorista. Derivado de lo señalado, se ha considerado del todo conveniente realizar una reflexión académica con énfasis en la revisión de distintas opiniones vertidas por investigadores de reconocida experiencia acerca del terrorismo.

Según Michael Wieviorka[4], durante años el terrorismo fue un tema “intocable y aislado” del campo de la “investigación académica”, con lo cual los estudios y debates quedaron en manos de los medios de comunicación y no como objeto de estudio de cientistas políticos, sociólogos y psicólogos. Sin embargo, hoy en día este problema se ha convertido en un objeto digno de ser investigado, debido a los cambios producidos en la definición del concepto mismo del terrorismo y donde es fundamental realizar un “estudio científico” para analizar este fenómeno.

En este contexto, Wieviorka destaca que el primer obstáculo para la investigación del tema es la existencia de una “definición popular y confusa” que debe ser de construida y luego reconstruida con mayor precisión, para lo cual se hace necesario que los especialistas (cientistas políticos, sociólogos y psicólogos) definan sus propias normas profesionales y su relación intelectual con este peligroso asunto que es el terrorismo.

Por su parte, Martha Crenshaw[5], nos presenta el terrorismo entendido como expresión de una “estrategia política” deliberada, donde se pueden seguir procesos lógicos que pueden descubrirse y explicarse. En este mismo orden de ideas, la autora explica que la violencia terrorista constituye una “acción deliberada”, ya sea por “razones políticas” o por “razones estratégicas” (y no como resultado de factores psicológicos o sociales).

Según Crenshaw, el terrorismo exhibe una “racionalidad colectiva” (es decir, que se escoge como una “línea de acción” entre otras “alternativas”), y se busca eficacia para alcanzar sus metas (es decir que las metas se logran a través de un “método”).

En este planteamiento, el terrorismo adopta una forma de “decisiones razonables” y “acciones” cuyas “consecuencias” se conocen y de esta forma, la gente comprende que su participación es importante porque el tamaño y la cohesión del grupo terrorista sí importan (así, lo que es “individualmente racional” resulta “colectivamente racional”.

En síntesis, para Crenshaw el terrorismo es “una opción estratégica colectivamente racional”, con lo cual pasa a constituir “un medio para provocar un cambio”. Por lo tanto, para su desarrollo, el terrorismo comprende un “cálculo de fines y medios”, y en este sentido se puede inferir que la elección del terrorismo puede ser “lógica” (pero no justificada “moralmente”); de hecho, el terrorismo no es una decisión irracional, patológica, irrazonable ni inexplicable, sino que por el contrario, es una acción que permite a sus seguidores llegar a “inhibirse moralmente”.

Para Bruce Hoffman[6], la mayoría de la gente tiene una idea o una impresión vaga de lo que es el terrorismo, pero carecen de una explicación precisa, concreta y verdadera que defina exactamente dicho concepto. Al respecto, Hoffman nos explica que los medios modernos, al tratar de comunicar su mensaje en este mundo complejo, han llegado a elaborar una definición del término que se encuentra promiscua e imprecisamente etiquetada como una amplia gama de “actos violentos”. De esta forma, cualquier acto de violencia especialmente “repugnante” que se percibe dirigido contra la sociedad ha terminado siendo denominado como acto terrorista. La falta de consenso en la definición del término terrorismo hace que este concepto se torne difuso y ambiguo, con distintas percepciones y lo que es peor aún, con indefiniciones mediáticas que apuntan a confundir aún más al público general.

Según el mismo Hoffman, el terrorismo en el uso contemporáneo y más aceptado del término es fundamental e intrínsecamente un “término político”, que se encuentra ineludiblemente relacionado con el “poder” (la búsqueda del poder, la adquisición del poder y el uso del poder para alcanzar un “cambio político”), y por lo tanto, es violencia o amenaza de violencia, utilizada y dirigida en la búsqueda o al servicio de un “objetivo político”. Adicionalmente, Hoffman concuerda con Crenshaw en el sentido de que una característica fundamental del terrorismo es su condición de “acto planeado, calculado y de hecho, sistemático”. Esta característica, se deriva de la definición de terrorista del Oxford English Dictionary que señala corresponde a “cualquier persona que procura dentro de sus opciones, alcanzar un sistema de intimidación coactiva”.

Hoffman agrega que el terrorismo es muy difícil de definir debido a que el significado del término ha cambiado con mucha frecuencia durante los últimos doscientos años. Aclarando lo anterior, se puede visualizar que la palabra terrorismo se populariza durante la Revolución Francesa, donde adquiere una connotación “positiva”, toda vez que era un instrumento de gobierno construido por el recientemente establecido Estado Revolucionario y, en donde inicialmente, fue asociado con los ideales de “virtud y democracia” (de acuerdo con los postulados de Robespierre); posteriormente, luego de la muerte de más de 40.000 personas (y del propio Robespierre), el significado de terrorismo evoluciona y pasa a ser “un término asociado al abuso de poder con abiertas implicaciones criminales.

Posteriormente, el extremista republicano italiano Pisacane (1857), plantea una nueva era del terrorismo, en donde la idea de la violencia se asocia con la intención de “informar, educar y reunir las masas tras la idea de revolución”. Las ideas de Pisacane son puestas en prácticas por la organización rusa Narodnaya Volya, quienes desafían al Zar; esta organización cuestiona la violencia indiscriminada pero luego de asesinar al Zar Alexander II son eliminados y varias organizaciones surgen para continuar la lucha revolucionaria.

Hasta vísperas de la primera guerra mundial, el terrorismo aún conserva estas connotaciones revolucionarias, que es complementada por movimientos etno-nacionalistas separatistas; de esta forma tenemos la presencia del terrorismo de Armenia y Macedonia (entre otros) y finalmente, el terrorismo adopta una forma de “catalizador de cataclismos” con la muerte del Archiduque Franz Ferdinand de Hamburgo que resulta asesinado en Sarajevo precipitando la 1° Guerra Mundial.

En 1930, se produce un nuevo cambio en el concepto de terrorismo, cuando pasa a identificarse con “las prácticas de represión total empleadas por Estados totalitarios y sus líderes dictatoriales contra sus propios ciudadanos”; en este contexto, se pueden identificar los regímenes nazista de Alemania y fascista de Italia, como también el régimen comunista de Rusia.

Después de la 2° Guerra Mundial, el terrorismo adopta nuevamente su connotación revolucionaria, asociándose a las rebeliones violentas nacionalistas indígenas contra colonialistas que emergen en Asia, África y Oriente Medio y que permiten por ejemplo la independencia de países como Israel, Kenia, Chipre y Argelia entre otros.

Durante los años 60 y 70, el terrorismo revolucionario se amplía a los grupos étnicos y nacionalistas (ejemplo de ello: PLO, FLQ, ETA). En 1974, Arafat establece su teoría de “diferenciación entre terrorista y revolucionario”, en donde justifica las acciones terroristas cuando se lleva a efecto “una lucha justa, por la libertad y en contra de los invasores”.

A inicios de los 80, los regímenes de Irán, Iraq, Libia y Siria, se implican activamente para patrocinar o comisionar terroristas. En los años 90, aparece la asociación del terrorismo con el tráfico de drogas dando origen al concepto de narco-terrorismo. Finalmente, tenemos que el terrorismo empieza a ser incluido por algunos analistas dentro del fenómeno del área gris y por lo tanto, incluido ahora en un fenómeno de violencia subnacional de varios elementos.

Con el tiempo, los terroristas se han ocultado tras los conceptos de “combatiente de la libertad” y de “guerrillero urbano”, buscando de alguna forma escapar de las insinuaciones peyorativas que implica el término terrorista. Los organismos terroristas tratan de evocar imágenes de libertad y de liberación, de ejércitos u otras estructuras de organización militar, de movimientos reales de autodefensa y de venganza correcta (ante la injusticia).

En este contexto, los terroristas no se ven como tales y niegan serlo. Incluso la comunidad internacional, en ciertas circunstancias ha justificado el acto terrorista como “lucha por la liberación”, con todas las perversiones que ello conlleva; los terroristas se han disimulado en la terminología de la jerga militar, buscando identificarse como combatientes o soldados auténticos de la libertad. Respecto del último punto, es necesario destacar que incluso para la guerra, se han establecido reglas y normas tendientes a prohibir la toma de civiles como rehenes, a imponer regulaciones para el tratamiento de prisioneros de guerra, a reconocer territorios neutrales y mantener la inviolabilidad de diplomáticos. Nada de lo anterior es respetado por los terroristas y de hecho su propio código implica desdeñar sistemáticamente todas estas normas y reglas.

El problema radica en que a causa de la “neutralidad terminológica” empleada por los medios internacionales (incluido el propio EE.UU.), en aras de “corregir el abuso de la lengua con objetivos políticos”, se ha creado una “ambigüedad” que impide una definición concordante para el terrorismo.

A lo anterior, se debe agregar que las intenciones de definir el terrorismo no han llegado a un consenso, debido a que en ellas se evidencia la existencia de “prioridades e intereses particulares” de cada agencia específica implicada en el tema. Un buen inicio para alcanzar una definición sería  establecer las diferencias de terroristas con guerrilleros, criminales y asesinos; los guerrilleros son grupos numéricamente más grandes, que actúan como unidad militar, que atacan fuerzas militares enemigas, que capturan territorios, los sostienen y buscan establecer una forma de soberanía o de control geográfico y poblacional (los terroristas no funcionan abiertamente como unidades armadas, no intentan capturar ni sostener territorios); los criminales emplean la violencia para obtener dinero y bienes materiales, con fines egoístas y personales, no les preocupa la opinión pública (el terrorista no actúa por motivos personales e incluso su violencia parece perseguir fines altruistas, y busca entregar un mensaje con sus acciones); los asesinos tienen un objetivo intrínsecamente idiosincrásico, egocéntrico y personal (el terrorista tiene fines políticos, es altruista y un intelectual violento).

Derivado de todo lo anterior, se puede inferir que el terrorismo es “la creación deliberada y la explotación del miedo, por la violencia o la amenaza de la violencia en la búsqueda del cambio político”; por lo tanto, la acción terrorista se encuentra “diseñada para tener efectos psicológicos” de gran alcance, más allá de las víctimas inmediatas o del objeto del ataque de terrorismo.

Según Mariano Bartolomé[7], luego de los acontecimientos del 11-S, el terrorismo se ha posicionado, a escala global al tope de la agenda de las amenazas transnacionales, constituyéndose así en un fenómeno con límites y contenidos sobre los cuales no se ha alcanzado un consenso. En las últimas décadas la amenaza que representa la estrategia del terrorismo se ha elevado cualitativamente, al punto de que hoy se habla de un “neo terrorismo”, un concepto derivado de factores tales como la cultura y la tecnología, y donde se destaca el “terrorismo fundamentalista” y el “terrorismo suicida”. En relación a la lucha contra el terrorismo, los legítimos esfuerzos por erradicar la actividad terrorista no deben vulnerar el respeto a los Derechos Humanos, es decir no se debe relativizar la protección de la dignidad humana. Por lo tanto, se debe otorgar una importancia primordial a no sacrificar valores tales como los Derechos Humanos y el Estado de Derecho tras la búsqueda de la derrota del terrorismo, ya que con ello lo que lograría sería una victoria para los terroristas.

Otro aspecto que resalta Bartolomé, es el surgimiento de facciones civiles que se han convertido en actores internacionales violentos (los terroristas), quienes ponen en “cuestión” el “monopolio de la violencia internacional” que los Estados reclaman para sí. Estos nuevos actores escapan de la aplicación de las restricciones y las normas que vinculan a los Estados. La amenaza que representa esta situación, nos obliga a pensar que la sociedad internacional no puede permitirse que estas nuevas formas de guerra permanezcan para siempre fuera de los límites de sus normas.

Según Walter Laqueur[8], a lo largo de los siglos, el terrorismo se ha presentado bajo muchas apariencias, lo cual conlleva una comprensión errónea de su carácter, motivaciones, metas y “modus operandi”. El terrorismo no es una ideología ni una doctrina política, sino más bien una “utilización de la violencia política”, una violencia utilizada por “elementos radicales” de prácticamente todos los ámbitos del espectro político. No es únicamente un “método” sino que implica también una “tendencia hacia la violencia” que puede encontrarse más en unas épocas que en otras, y que arraiga con mayor profundidad en unas civilizaciones que en otras. Entre el siglo XIX y la Primera Guerra Mundial vino sobre todo desde la izquierda, siendo anarquista, social revolucionaria y nacionalista separatista. Durante la Segunda Guerra Mundial e inmediatamente posterior a ella estuvo asociada a movimientos guerrilleros (énfasis colectivo por sobre el terrorismo individual).Entre ambas guerras mundiales, los principales actos terroristas pertenecieron a la derecha extremista y simpatizante del fascismo. A finales de los 60 y 70 se produce un rebrote del terrorismo de izquierda en Europa, Latinoamérica y otros lugares. Posteriormente nuevamente reapareció el terrorismo de extrema derecha en contra de refugiados de ultramar (en países europeos) y en grupos neofascistas (Italia y otros lugares). En este contexto de desprecio por los “extranjeros” y “degenerados”, el terrorismo toma forma en EE.UU. que busca limpiar al país con un “baño de sangre” (el caso más emblemático es el atentado en Oklahoma en 1995).

Durante los años 80 y 90 se produjeron cambios políticos, sociales y tecnológicos a escala global, con nuevas oportunidades para que los terroristas pudiesen matar a las personas y producir estragos que jamás se habían conocido antes. Las tradicionales armas terroristas se volvieron más letales, al punto de que con pequeñas cantidades de explosivos se pueden producir daños mayores que antes; también aparecen las armas de destrucción masiva, nucleares, biológicas y químicas, a las cuales pueden acceder grupos relativamente pequeños de personas. Por último, ha habido un brote de “fundamentalismo religioso” en muchas partes del mundo.

Por su parte, Iván Witker[9] agrega nuevos antecedentes relacionados con el terrorismo, argumentando que las especificidades del mismo dicen relación con: 1) la “alta letalidad”; 2) las operaciones en “escala global”; 3) el uso frecuente de “ataques suicidas”; 4) el “anti occidentalismo”; y 5) un fuerte sustento “religioso”. Witker también destaca que este tipo de terrorismo, también llamado “neo terrorismo” es parte gravitante del movimiento tectónico que vive el sistema internacional tras el fin de la Guerra Fría, y en donde las variantes suicidas y el uso de armas biológicas, químicas y radiológicas permiten demostrar la vulnerabilidad de las ciudades y la complejidad del dilema democrático respecto al desafío terrorista.

Ahora bien, si ahondamos más respecto a la experiencia del Hemisferio Occidental con el terrorismo, se puede señalar que ésta relación ha sido diferente a escenarios tales como Medio Oriente, Sureste Asiático y algunas partes de África; en este sentido el terrorismo en nuestra Región, ha sido tradicionalmente una amenaza de orden doméstica y en donde destacan las “Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC)”, el “Ejército de Liberación Nacional de Colombia (ELN)”, las “Fuerzas Unidas de Autodefensa de Colombia (AUC) “, “Sendero Luminoso (SL)” y el “Movimiento Revolucionario Túpac Amaru de Perú (MRTA)”, los cuales se han comprometido principalmente en ataques con bombas, asesinatos, secuestros y toma de rehenes.

Finalmente, se puede argumentar que en la actualidad el terrorismo se revela como un fenómeno que afecta a toda la comunidad internacional; diversos actos empíricos han facilitado, además, la internalización de las actividades terroristas: la existencia de fronteras internacionales que garantizan al terrorista un “eventual refugio” respecto de la “represión penal” de sus actos; La extremada vulnerabilidad de nuestras sociedades; la extraordinaria influencia de los medios de comunicación de masas en la aldea global en que vivimos; el extraordinario desarrollo de los intercambios internacionales, que proporciona una amplia lista de objetivos potenciales a las actividades terroristas; la repercusión de los adelantos tecnológicos, que permiten que unos pocos individuos puedan tener acceso a medios capaces de sembrar el terror; etc.

El terrorismo, es un fenómeno internacional que en la medida que se trata de un problema que  afecta de modo creciente a un gran número de Estados, reclama una respuesta de la comunidad internacional y del Derecho Internacional.

En este sentido, tal como señala Consuelo Ramón Chornet[10], la existencia de una amplia red de convenios internacionales en la materia, sean estos universales o regionales, es lo único que puede permitir regular las obligaciones de los Estados en orden a la prevención  y represión de las actividades terroristas. Para ello, urge la necesidad de que en forma previa y a nivel tanto nacional como internacional los diferentes Estados puedan definir claramente lo que entienden por dicha amenaza, alcanzando así una conceptualización lo más consensuada posible.

Bibliografía

  1. ONU; “Acciones de las Naciones Unidas contra el terrorismo”, Departamento de Información Pública de las Naciones Unidas, 2010, Versión Electrónica en página Web www.un.org/spanish/terrorism/instrument (última visita: 9 enero 2013).
  2. ROMEU, Jorge; “¿Hacia una definición jurídica de terrorismo?”, en Revista de Política Exterior N° 110, 2006.
  3. BARTOLOMÉ, Mariano C.; “La seguridad internacional en el siglo XXI, más allá de Westfalia y Clausewitz”, ANEPE, Santiago, Chile, 2006.
  4. WITKER, Iván; “Occidente ante las nuevas tipologías del terrorismo”, Centro de Estudios Públicos CEP, Revista de Estudios Públicos N° 98, 2005.
  5. LAQUEUR, Walter; “Una historia del terrorismo”, Ediciones Paidós Ibérica S.A., Barcelona, España, 2003.
  6. CRENSHAW, Martha; “The logic of terrorism. Terrorism behavior as a product of strategic choice”, en “Terrorism & Counterterrorism. Understanding the new security environment. Readings & Interpretations”, The McGraw-Hill Companies, Connecticut, 2002.
  7. HOFFMAN, Bruce; “Defining terrorism”, en “Terrorism & Counterterrorism. Understanding the new security environment. Readings & Interpretations”, The McGraw-Hill Companies, Connecticut, 2002.
  8. WIEVIORKA, Michael; “Terrorism in the context of academic research”, en “Terrorism in context”, University Park, Pennsylvania State University Press, 1995.
  9. RAMÓN, Consuelo; “Terrorismo y respuesta de fuerza en el marco del Derecho Internacional”, Editorial Tirant lo Blanch, Valencia, España, 1993.

 



[1] ROMEU, Jorge; “¿Hacia una definición jurídica de terrorismo?”, en Revista de Política Exterior N° 110, 2006.

[2] ONU; “Acciones de las NU contra el terrorismo”, en www.un.org/spanish/terrorism/instrument (última visita: 9 enero 2013).

[3] La Estrategia Global de la ONU contra el terrorismo fue aprobada por los Estados Miembros el 8 de septiembre de 2006. Tanto esta Estrategia (en su forma de Resolución), como el correspondiente Plan de Acción derivado (Anexo A/RES/60/288) vienen a constituir un instrumento mundial sin precedentes que reforzará las acciones nacionales, regionales e internacionales para combatir el terrorismo (N. del A.).

[4] WIEVIORKA, Michael; “Terrorism in the context of academic research”, en “Terrorism in context”, University Park, Pennsylvania State University Press, 1995, pp. 597-606.

[5] CRENSHAW, Martha; “The logic of terrorism. Terrorism behavior as a product of strategic choice”, en “Terrorism & Coounterterrorism. Understanding the new security environment. Readings & Interpretations”, The McGraw-Hill Companies, Connecticut, 2002, pp. 55-67.

[6] HOFFMAN, Bruce; “Defining terrorism”, en “Terrorism &Coounterterrorism. Understanding the new security environment. Readings & Interpretations”, The McGraw-Hill Companies, Connecticut, 2002, pp. 3-24.

[7] BARTOLOMÉ, Mariano C.; “La seguridad internacional en el siglo XXI, más allá de Westfalia y Clausewitz”, ANEPE, Santiago, Chile, 2006.

[8] LAQUEUR, Walter; “Una historia del terrorismo”, Ediciones Paidós Ibérica S.A., Barcelona, España, 2003.

[9]  WITKER, Iván; “Occidente ante las nuevas tipologías del terrorismo”, Centro de Estudios Públicos CEP, Revista de Estudios Públicos N° 98, 2005.

[10] RAMÓN, Consuelo; “Terrorismo y respuesta de fuerza en el marco del Derecho Internacional”, Editorial Tirant lo Blanch, Valencia, España, 1993.