Prof. Ivan Witker

 El historiador Daniel Pecaut, uno de los autores más adentrados en los vericuetos de las FARC, escribió hace tres años uno de sus libros más lúcidos “Las FARC, ¿una guerrilla sin fin o sin fines?”. En él analizó la complejidad que planteaba este grupo al transitar de grupo ideologizado a banda narco-terrorista y examinó lo que llamó “esa sorprendente longevidad de las FARC”.

En efecto, no es sencillo que los instrumentos de un Estado, sean políticos, judiciales, policiales, militares y de inteligencia, logren identificar la esencia y los contornos de un grupo con tantos altibajos y con tan profundas metamorfosis a lo largo de su existencia. Igualmente, es una tarea muy difícil para los intelectuales. La resiliencia de las FARC ha sido, hasta ahora, un tema muy difícil de agotar.

Sin embargo, la caída de su líder Alfonso Cano es una señal extraordinariamente relevante acerca de lo que puede ocurrir con este grupo en los próximos meses. Y es que la desaparición de Cano trasciende la muerte de Manuel Marulanda, alias “Tirofijo, aquel legendario líder y fundador del grupo en 2008. Tirofijo respondía más a un liderazgo mítico que orgánico y real. Cuando éste murió, la máxima jerarquía de las FARC (su Secretariado Nacional) y los diversos Frentes estaban de alguna forma preparados, dado el aislamiento en que vivía, sus enfermedades y el mismo paso de los años. Como escribe Pecaut, su muerte era “aguardada”.

Con Cano la cosa es distinta. Con él desaparece ese macho alfa que sabe guiar la manada y olfatea mejor que ninguno el terreno y el aire. Cano no era ese protervo ejecutador de extorsiones, secuestros y asesinatos del tipo Mono Jojoy. Tampoco era el temible negociador con los jefes de los carteles del narcotráfico como el Negro Acacio, ni el abyecto recaudador de recursos financieros tipo Simón Trinidad. Por cierto que tampoco era ese comandante agradable para cortesanos, y fascinante para incautos, del tipo Raúl Reyes. Podría decirse que Cano, el gran ideólogo y estratega político,  llegó a representar algo así como el “sermón de la montaña” para el sub-mundo de  las FARC.

En efecto, ese agudo y carismático líder estudiantil de los años sesenta en la Universidad Nacional, cuyo verdadero nombre era Guillermo Sáenz, se sintió atraído muy joven por la revolución cubana e ingresó a las Juventudes Comunistas de su país incluso antes de finalizar la carrera donde al poco tiempo destacó como dirigente. Siendo líder estudiantil de la carrera de Antropología, estableció una estrecha amistad con Jacobo Arenas, por entonces máximo ideólogo del grupo guerrillero y número dos de la jerarquía, tras Tirofijo. Gracias a ese contacto, se convirtió en asiduo visitante de los diversos frentes que las FARC, por entonces un grupo rural que empezaba a extender su actividad por todo el territorio colombiano, dictando clases de “educación política” a los guerrilleros. Su creciente actividad en la periferia de las FARC lo situó en desórdenes callejeros y manifestaciones violentas que culminaron con él preso en varias oportunidades. Fue amnistiado a inicios de los 80 y Arenas lo invitó a irse a La Habana para continuar con el apoyo ideológico e integrarse al trabajo de las FARC en el extranjero. Corrían los años 70. Arenas andaba obsesionado con la idea de  iniciar trabajos de “teorización sobre la lucha armada” y vio en Cano el hombre ideal. Sin embargo, él prefirió pasar a la clandestinidad y adoptó  el alias que lo haría famoso. Al morir Arenas en 1990, el discípulo tomó el lugar del maestro y Cano fue su sucesor natural. Inmerso en un grupo de dirigentes sin gran preparación, y de extracción mayoritariamente campesina, el intelectual urbano, procedente de una acomodada familia de clase media bogotana, tuvo un ascenso fulminante. En pocos años se ganó el afecto de Tirofijo y se convirtió en el líder de facto. En 2008, su paso a  la máxima jefatura fue sólo una cosa formal.

Cano fue en los 90 el principal negociador de las FARC en las mesas de Caracas y Tlaxcala. Más tarde adquirió fama de “duro” al optar por la pasividad en la llamada Mesa de Paz del Caguán, cuando las FARC se reunieron con el entonces Presidente Andrés Pastrana en un diálogo que fue visto con optimismo en el resto del continente, pero que fracasó ante la falta de sagacidad (más una buena dosis de inocencia) del gobierno colombiano. En esa ocasión, Cano privilegió que el legendario campesino Tirofijo se ganara las cámaras y reflectores de los medios colombianos y extranjeros. Por eso, puede señalarse que Cano siempre estuvo cerca, cuando no directamente involucrado, en cada una de las decisiones y transformaciones del grupo.

Con la muerte de Cano desaparece el último vestigio ideológico de las FARC. Hombre de larga trayectoria y curtido en las interminables discusiones vitales de los años 60 y 70, con ingredientes de marxismo en todas sus vertientes, de catolicismo tercermundista y teología de la revolución, de existencialismo sartriano y tantas otras disquisiciones que dominaron la vida universitaria de Europa y América Latina por aquellas décadas.

Abrumado por la evidencia del colapso soviético, la derrota de los grupos guerrilleros de la región creados para acceder al socialismo por la vía rápida, y agobiado por la muerte de su mentor Jacobo Arenas, Cano empezó, desde los 90 en adelante, a dar luz verde a cuanta actividad delictiva fuera posible, con la esperanza afianzarse y retornar a la senda ideológica perdida. Por eso, Cano exploró la posibilidad de acercarse a las experiencias bolivarianas de Chávez y Morales y creó en 2000 el Movimiento Continental Bolivariano. Tras los desastres de 2008, cuando las FFAA colombianas empiezan a obtener grandes éxitos tanto en operaciones militares como de inteligencia, las FARC inician un repliegue en gran escala. Entonces, Cano crea el Partido Comunista Clandestino de Colombia, como una forma de penetrar en las ciudades, disponer de células de apoyo, y tener instancias regulares de reclutamiento de nuevos efectivos; una necesidad que se empezó a hacer evidente desde el 2000 en adelante.

¿Quienes le pueden reemplazar?.

Probablemente nadie.

No hay en el Secretariado una persona capaz de asumir el papel que jugó Cano a lo menos durante los últimos 20 años. Uno podría ser Timoleón Jiménez, alias Timochenko. Otro Ivan Márquez. Sin embargo, ambos viven fuera de Colombia desde hace años. Y aunque ambos se han empapado más que nadie de la experiencia bolivariana, no tienen el ascendiente que tuvo Cano ni menos una visión integral del grupo. Quizás la comandancia general pase momentáneamente a Márquez, el único con cierta experiencia política al haber sido elegido diputado por la Unión Patriótica a fines de los 80. Pero la sucesión de golpes, y el debilitado cuadro interno, apuntan más bien a un desborde generalizado.

Lo más probable es que asistamos a un desmembramiento de los diversos Frentes y sus “columnas móviles”, y que, en consecuencia, las FARC terminen pulverizadas en decenas de grupúsculos haciendo lo único que saben hacer. Ello invita a pensar que el desafío de Colombia pasará a tener mayores contornos policiales y judiciales que militares. Desde luego, que unos cuantos abandonarán las armas y van a descubrir el hilo negro de la democracia.

La muerte de Cano es el ocaso de este grupo nacido a mediados de los 40, como fuerzas de autodefensa campesina, y que en 1964, por iniciativa de Jacobo Arenas, se convirtió en un grupo guerrillero de inspiración guevarista. Tras la muerte de Guevara en Bolivia, Arenas introdujo un importante cambio, se dejaron de lado los apelativos de compañero y se establecieron grados y jerarquías, se despojaron de las vestimentas informales y cada guerrillero pasó a vestir uniforme, los comunicados se divulgaron en formato oficial y se crearon las llamadas “unidades móviles” para terminar con lo que hasta ese momento parecía más una montonera de bandoleros armados. En los 70, Arenas introdujo las clases de “educación política” a cargo de Cano. Las ironías de la historia quisieron que fuera el propio Cano quien dirigiera la des-ideologización del grupo y las FARC se fueran transformando en una perversa máquina criminal.

Los estudios del terrorismo indican que cada grupo, por muchas semejanzas que hayan tenido en sus momentos fulgurantes, ofrecen finales distintos.

El de las FARC será necesariamente uno lento y orientado a la fragmentación.