Francisco ¿Cambios o reforma en la Iglesia?

Por: Doctor Guillermo Bravo Acevedo

El 14 de marzo 2013, en medio de los informes “vatileaks”, las conductas sexuales inadecuadas de algunos clérigos que se arrastran desde hace algunos años, los problemas administrativos y financieros vaticanos, irrumpió por la chimenea ubicada sobre la Capilla Sixtina la fumarola blanca que permitió al protodiácono Jean-Louis Tauran anunciar la tan esperada frase: “Habemus Papam”.

La elección del cónclave había recaído en Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, perteneciente a la Compañía de Jesús, primer Papa de la Orden, así como también, primer Pontífice de origen americano.

Su elección, abre toda una interrogante ¿cómo enfrentará Francisco la modernización de la Iglesia y sus problemas en la sociedad globalizada del siglo XXI? Esta cuestión, de tanta importancia para el futuro de los cristianos católicos, permite comparar la situación con otro episodio histórico; la Reforma-Contrarreforma del siglo XVI, en la que también la Compañía de Jesús tuvo un papel fundamental.

En efecto, la Reforma fue el movimiento religioso del siglo XVI que produjo una crisis religiosa de tal magnitud y profundidad que quebró la unidad de la fe católica imperante por muchos siglos en el mundo de la Europaoccidental. Junto al Humanismo y al Renacimiento hizo posible que el hombre de la época moderna mirara su mundo con principios diferentes a los sustentados en la Edad Media. La Iglesia cristiana católica, por otra parte, no fue indiferente a este movimiento reformista. Por el contrario, reafirmó sus principios y postulados en el Concilio de Trento (1545-1563), cuyos acuerdos permitieron frenar la difusión del protestantismo, nombre que agrupó a todos los reformistas, pero, la acción de los católicos llamada Contrarreforma Católica, fue incapaz de reunir a todos los cristianos bajo una sola Iglesia.

La Contrarreforma, o renovación de sí misma que hizo la Iglesia, contó con tres factores esenciales: el Papado, el Concilio de Trento y las órdenes, religiosas, en especial, la Compañía de Jesús.

El Papado, se alejó de sus ambiciones políticas y se consagró íntegramente a sus propias tareas de santificación y al apostolado evangélico, dicho de otra forma, comenzó por reformarse a si mismo.  Situación similar es la que deberá enfrentar Francisco para frenar la herencia dejada por Benedicto XVI,  conocida a través del informe “Vatileaks”. El documento contiene una serie de filtraciones nocivas para la cúpula vaticana y los archivos “…dan cuenta de sospechas de corrupción en las licitaciones inmobiliarias del vaticano, manejos financieros irregulares en el banco vaticano…sexo y tráfico de influencias al interior de la curia romana” [1]. Además, los expertos coinciden “…en que detrás de la fuga de documentos existe una guerra palaciega de dos sectores de los purpurados”, que forma parte de la llamada “rebelión de los monseñores”[2]

Sin embargo, en este punto no se está hablando de reformas doctrinales o teológicas de la Iglesia como en el pasado. Al contrario, todas las posibles reformas que debiera aplicar Francisco se relacionan con temas de gestión administrativa, tales como: establecer una política de transparencia para evitar las filtraciones de información, regular la función contable y financiera de la banca vaticana, iniciar reformas que permitan modernizar la Curiaromana, dar solución efectiva a los casos de denuncias de conductas sexuales inapropiadas que aquejan a religiosos. En otras palabras, modernizar el ejercicio del gobierno vaticano.

El Concilio de Trento se reunió para analizar, examinar y acordar los medios más efectivos para restaurar la pureza de la religión, del dogma y de la unidad de los cristianos. También, entre otros aspectos, estableció la doctrina católica sobre los sacramentos, la doctrina acerca del pecado original, decretó la perpetuidad del vínculo matrimonial, la conveniencia del celibato eclesiástico y  definió a la Vulgata como texto bíblico auténtico. Todos estos asuntos de fe o doctrinales no están cuestionados al momento que asume Francisco, razón por la que no dan paso a una crisis profunda comparable al cisma del siglo XVI y tampoco estarían en primer plano. No obstante, el papa Francisco en el ejercicio de su pontificado y de la conducción de la Iglesia debería considerar algunos puntos de la doctrina que se cruzan con los tiempos de la postmodernidad y de la sociedad globalizada, como por ejemplo, el ecumenismo, el papel de la mujer en la Iglesia, los aportes de los laicos, “la idea de una Iglesia más comunitaria, democrática, liberadora y ecuménica”[3]. Y sobre todo, “Que la Iglesia sea más Iglesia y menos Estado, más de servicio y menos de política…que el Papa deje de ser el jefe del Estado Vaticano, se lo delegue a una mujer, por ejemplo, o a algún laico como en las monarquías modernas, y que él sea el Pastor de la Iglesia católica”[4].

La Compañía de Jesús, aprobada por el papa Paulo III en 1540, nació como una congregación en la que el jefe máximo recibía el titulo de general y cada jesuita se convertía en soldado de Cristo, que obedecía las órdenes de su General y del Papa. El objetivo de la nueva Orden fue afirmar las creencias católicas y combatir la herejía, utilizando como armas la prédica, la confesión y la enseñanza para cumplir con el mandato de la Bulade Confirmación que señalaba: “cuidarán de las almas para que progresen en la doctrina y práctica cristiana; propagarán la fe mediante los sermones…proporcionarán instrucción cristiana a los niños y a los adultos ignorantes y rudos…”[5].

Con una organización muy sólida y hábilmente dirigidos, los jesuitas se convirtieron en los más efectivos agentes de la Contrarreforma, pues su sólida preparación intelectual, su método de evangelización para combatir la herejía y su sistema educacional, cuya opción  era “…la formación de ciudadanos disciplinados y católicos, con una concepción humanista y moderna del mundo”[6], les permitió oponerse a los protestantes y evitar una mayor propagación de su doctrina por Europa.

El contexto temporal que presenta la Iglesia en la actualidad, por cierto, que no es similar a la crisis del siglo XVI, pero la coyuntura pone nuevamente ala Compañía de Jesús y a los jesuitas en un lugar preferente dentro dela Iglesia.

La elección de un papa jesuita, el primero en la historia del papado, ¿Qué simboliza? Se podría decir que como los jesuitas  son los soldados de Cristo, al servicio obediente del papa, es el primer soldado del papa que llega a papa, lo cual tiene un doble significado. Por un lado, “…los dos papa, el papa blanco (Francisco) y el papa negro (Adolfo Nicolás), como se le llama al general de los jesuitas, pertenecen a la misma Compañía. La de los Compañeros de Jesús y soldados del papa”[7] y, por otro, que la Compañía se convierte, al igual que en el pasado, en un factor de cambio y de reforma dela Iglesia.

También supone un desafío para la Orden ignaciana que ahora ha consolidado sus relaciones con la Santa sede y se encuentra en la encrucijada  de  que todos los jesuitas participen, como cuerpo disciplinado, en los cambios que permitan replantear el modelo de la Iglesia y  la modernicen. Cambios o reformas, que la acerquen a la gente, al pluralismo, a la educación, a la sociabilidad del siglo XXI. Cambios o reformas que le den nueva vida a la Iglesia y que hagan realidad lo que señaló Jorge Bergoglio, como cardenal y arzobispo de Buenos Aires, en una entrevista al diario italiano La Stampa, con motivo del ultimo Consistorio realizado hace un año: “Hay que esquivar la enfermedad espiritual de una Iglesia autorreferencial: cuando llega a serlo, la Iglesia se enferma. Es verdad que al salir a la calle, como le pasa a cada hombre y cada mujer, pueden ocurrir accidentes. Sin embargo, si se encierra en sí misma envejece. Y entre una Iglesia lesionada porque ha salido a la calle y una enferma de autorreferencialidad, no tengo ninguna duda en preferir la primera”[8].

En el pasado, la Compañía de Jesús tuvo un papel decisivo durante la Contrarreforma y una actuación relevante en las discusiones del Concilio de Trento, ahora, en el presente, puede dinamizar los cambios o reformas que requiere la Iglesia católica del siglo XXI, por medio del diálogo cultural, social e interreligioso, que llevará adelante el papa jesuita Francisco bajo el lema su Orden: “Ad Maiorem Dei Gloriam” (A mayor gloria de Dios).


[1] PERFIL.COM DIARIO ELECTRÓNICO. Edición 18 de marzo 2013.

[2] Ibidem.

[3] VIDAL, José Manuel, BASTANTE, Jesús. Francisco, el Nuevo Juan XXIII. Jorge Mario Bergoglio, Primer pontífice americano para una nueva primavera de la Iglesia. Desclée de Brouwer-Religión Digital Libros, España, marzo 2013.

[4] PERIÓDICO, EL OCCIDENTAL, edición del 27 de marzo 2013. Esta es la conclusión a que llegaron cuatro expertos en el tema: David Velasco, SJ, académico de ITESO; Juan Diego Ortiz, director del Centro de Estudios Religión y Sociedad de la Universidad de Guadalajara (UdeG); Rubén Alonso, periodista y jefe del Departamento de Ciencias Sociales y Humanas de la Univa, y el presbítero Aurelio González Rosales, sacerdote diocesano y director de Educación Media Superior de la Univa, que participaron en el encuentro: “Iglesia hoy: ¿un nuevo horizonte?, los retos del papa Francisco”, organizado por el Centro Universitario Ignaciano del ITESO. Publicado en el PERIÓDICO, EL OCCIDENTAL, edición del 27 de marzo 2013.

[5] BRAVO, Guillermo. Temporalidades jesuitas en el reino de Chile. La Bula es la Regimin Militantis Ecclesiae, de 27 de octubre de 1540. Ed. Complutense, Madrid, 1985,p. 6.

[6] BRAVO, Guillermo. “El imaginario pedagógico jesuita en la sociedad colonial chilena”, en Imago Americae Nº 4, Buenos Aires, 2007, p. 171.

[7] VIDAL, op. cit. 2013.

[8] DIARIOLA TERCERA, edición del jueves 14 de marzo de 2013, p. 18.