Lester Cabrera Toledo
Investigador, Academia de Guerra del Ejército

Actualmente, la tensión que reside en la zona de Medio Oriente se enfoca, desde el punto de vista occidental, en las eventuales acciones que pueda realizar Irán en torno al normal flujo petrolero, principalmente con un bloqueo a la zona del Estrecho de Ormuz, lugar por donde transita cerca de un tercio de este hidrocarburo. Pero ciertamente que lo anterior solamente se establece como una de las múltiples causas por las cuales el país persa no goza de la bendición de las principales potencias occidentales: su controvertido programa nuclear, sumado tanto a las declaraciones del Presidente del país Mahmud Ahmadineyad en contra de determinados países, como Estados Unidos e Israel, han desembocado en una verdadera guerra de declaraciones entre las partes.

Pero aquella odiosidad también se ha visto reflejada en acciones concretas. Es así que producto de los repudios de la población iraní en contra del Reino Unido, se provocó que en el mes de noviembre del 2011, estudiantes atacaran las dependencias de la embajada de este país en Irán, saqueando y quemando una buena cantidad de elementos que se encontraban en su interior. Este hecho condujo a un rechazo generalizado de importantes actores del sistema internacional hacia el gobierno de Ahmadineyad, principalmente por la obligación internacional que posee el Estado receptor de acuerdo a la Convención de Viena, como también por la nula reacción en impedir estos hechos.

Y en los últimos meses, se ha evidenciado una verdadera escalada en cuanto a demostraciones de fuerza entre Irán y algunas potencias occidentales, como son EE.UU. y Reino Unido, teniendo como principales sucesos la interceptación de una presunta nave espía estadounidense, y la realización por parte de la República Islámica de ejercicios militares en el Estrecho de Ormuz, seguido de declaraciones sobre un posible cierre del mismo, si las sanciones internacionales sobre el Estado persa continúan.

Frente a eso, estos países han dado muestras tangibles de su interés a nivel estratégico en la región señalada, pero sin disparar un solo tiro, a través del posicionamiento de buques de guerra en la zona del conflicto. Es así como a fines del mes de diciembre del año pasado, el Portaaviones estadounidense USS “John C. Stennis”, que se encontraba en el Golfo Pérsico, atravesó el Estrecho de Ormuz para dirigirse hacia el Mar de Omán, justo en el momento en el que la Armada iraní realizaba ejercicios navales. Frente a esta acción, el Comandante en Jefe de las FAs iraníes, General Ataolá Salehi, señaló que “aconsejamos al portaaviones norteamericano que atravesó el Estrecho de Ormuz, no regresar al Golfo Pérsico”, seguido de que la República Islámica no repetirá su advertencia. Sin embargo, cabe destacar que la embarcación norteamericana, en conjunto con otros buques, ayudó en el rescate de 13 pescadores iraníes, que estaban secuestrados por piratas somalíes. El Ministro iraní de Relaciones Exteriores Ali Akbar Salehi, le restó una eventual importancia política a este hecho.

Las acciones no se quedan ahí. Pese a que las autoridades británicas han señalado que la maniobra estaba planificada con la debida antelación, el 07 de enero, el Reino Unido ha enviado a la zona en cuestión al destructor “HMS Daring”, el buque de guerra más moderno de la Royal Navy, en su primera misión. La finalidad de este ejercicio, en directa relación con las declaraciones del Ministro de Defensa británico Philip Hammond, es salvaguardar el libre paso en el Estrecho de Ormuz, lo que coincide con el momento de tensión bilateral que viven ambos países en particular, y la conflictividad en la zona en general.

Pero si bien hoy por hoy es Irán el foco de atención de los problemas en aquella área del mundo, lo cierto es que las consecuencias de la denominada “primavera árabe” aún son parte del escenario regional y mundial. Los acontecimientos que se suceden post movimientos revolucionarios en Egipto o en Libia, son muestra de lo anterior. Pero aun hay países en los cuales las presiones de grupos disidentes ante el gobierno de turno siguen generando profundas aprensiones en el sistema internacional, teniendo como caso paradigmático los sucesos ocurridos en Siria. Ante esto, si bien la comunidad internacional ha mostrado un profundo rechazo a la represión que viene realizando desde hace meses el gobierno sirio en contra de sus opositores, este aún no ha materializado en una condena por parte del Consejo de Seguridad, como sí sucedió en su momento con Libia a través de la resolución 1.973. ¿El motivo? La negativa de determinados países, principalmente China y Rusia, de que las potencias occidentales actúen en territorios que consideran estratégicamente como parte de su esfera de influencia.

Es así como el 8 de enero, una serie de buques de la Armada Rusa, los cuales se encontraban haciendo ejercicios de simulacro en el Mar Mediterráneo, recalaron en el puerto sirio de Tartus, el cual es además la principal base fuera del espacio ex soviético y en la zona antes señalada, de aseguramiento técnico-material para la Flota Rusa. Y dentro de los elementos que recalaron en el puerto sirio, se encontraba el Portaaviones “Almirante Kuznetsov”, buque insignia de la Armada Rusa.

Este hecho no debiera considerarse como algo casual, debido a que el Presidente de la Federación Rusa Dimitri Medvedev, refiriéndose a los acontecimientos que se dan en Siria y la reacción occidental, que buena parte de las reformas que plantea el gobierno sirio deben realizarse, y si lo anterior no es posible, que el Presidente Bashar al-Assad deje su lugar como Jefe de Gobierno; pero que la decisión de lo anterior debe ser tomada por el pueblo sirio y por sus líderes, y no por la OTAN o ciertos países europeos.

En consecuencia, el enfoque realista como parámetro de relación entre los principales actores que componen el sistema internacional, si bien ha menguado para ofrecer formas que no requieren de un uso de la fuerza bélica para resolver diferencias y/o disputas, sigue siendo un marco de análisis completamente vigente. Una visión más apegada al esquema teórico globalista no sería aplicable para las grandes potencias cuando sus intereses se encuentran en juego, desde una visión netamente estratégica. La diplomacia de los buques armados o gunboat diplomacy, al parecer, sigue siendo aplicada en nuestro tiempo, pero con los matices propios de la actualidad. Los casos de Irán y Siria, y de cómo occidente busca establecer sus argumentos con un posicionamiento estratégico, son un ejemplo de lo anterior.