J. Sherr: “Diplomacia dura y coerción blanda: la influencia de Rusia en el mundo”

Por: Prof. Iván Witker

 

Este es el título del más reciente libro del internacionalista británico James Sherr, publicado a fines del año pasado de manera conjunta por Chatham House y el Royal Institute for International Affairs, alcanzando en pocos meses dos notables objetivos, por un lado, avanzar un escalón más en la discusión teórica sobre las características del Poder y, por otro, ayudar a comprender mejor las políticas Exterior y Seguridad & Defensa de Rusia. No es poco.

En efecto, el 2013 fue rico en publicaciones acerca de las características del Poder, tanto noción politológica pura como propia de los estudios internacionales. Un aporte muy interesante, en esa línea, fue el de Moisés Naím, quien de manera provocadora, pero muy creativa, sostiene que el Poder está sufriendo una fragmentación muy fundamental en su naturaleza y de paso nos advierte que, de no mediar una profunda reflexión, continuaremos sin entender las manifestaciones callejeras de los países árabes, europeos y latinoamericanos.

Lo de Sherr, en tanto, va por un camino disciplinario algo más estricto y toma la noción Poder para intentar comprender las políticas Exterior y de Seguridad & Defensa de Rusia. Los sucesos en Ucrania y Crimea no podrían darle un marco más actual a su reflexión.

El aporte de Sherr radica en que desde el punto de vista de la teoría de las relaciones internacionales, llevábamos ya varios años manteniendo como ejes innovativos los escritos de Joseph Nye, quien desmembró el concepto en dos partes y propuso la idea de ver a ambos como planetoides con órbitas propias. Una, la faceta dura del Poder; otra, su faceta blanda. Ambas en torno al actor Estado. La facte blanda no era otra cosa que tener en consideración la habilidad del actor Estado para obtener lo que deseaba por vías blandas prefiriendo la atracción y persuasión por sobre la dominación. El éxito de la propuesta teórica de Nye radicó no sólo en que pasó a servir como metodología de análisis, sino que fue introducida como instrumento práctico y habitual en los despliegues diplomáticos de muchos países. Incluso algunos quisieron ver una presunta complementariedad entre las dos facetas y acuñaron la idea del smart power

Pero como decía Borges, la realidad suele superar la ficción, y ello ocurre también en éste ámbito. En los últimos años hemos ido viendo que no todos en el mundo conciben el soft power de manera uniforme y le han ido dando matices y significados muy diversos. Nuevamente, el peso específico de cada país, las posibilidades que brinda su economía y especialmente su auto-imagen cultural comenzaron a jugar un papel fundamental. La forma cómo los Estados proyectan su soft power ha llevado a establecer que, en realidad, la diferenciación propugnada por Nye tiene límites y da explicación satisfactoria a procesos más recientes. He ahí la novedad de Sherr.

Esta obra sostiene como hipótesis que la Rusia de Putin está planteando un desafío teórico enteramente nuevo en la manera que un Estado puede ejercer su proyección de poder externo. En vez de poder blando -dice- lo que la Rusia de Putin hace es una combinación de coerción suave con diplomacia dura, un esquema que responde mejor manera a su propia historia, a esos nexos tan fuertes de la sociedad con el estado central y con la continua necesidad o proclividad que tienen los rusos a legitimar el régimen hacia el interior del país mediante una actitud externa severa. Siendo fuertes hacia afuera, se fortalece hacia adentro, sería la máxima.

Sherr invita a ver un episodio cualquiera -como el de Ucrania- para entender que todos los conceptos de las relaciones internacionales adolecen de dificultades comprensivas objetivas. No todos entienden igual los conceptos lo que termina haciendo disímil las lecturas sobre un mismo episodio. La revolución naranja (y por supuesto los acontecimientos más recientes en torno a Crimea) se ven desde Occidente como paradigma de su poder blando, pues sería la sociedad ucraniana la que estaría queriendo avanzar en más democracia liberal. Mientras, para Putin la situación en torno a Ucrania (y ahora Crimea, por supuesto) es una suerte de operación especial, promovida por poderes estatales occidentales; vale decir, para unos es irradiación de poder blando, para otros reflejos de poder duro.

El asunto tiene efectivamente complejidades mayores. Ciertamente la Rusia post-soviética ha librado algunas guerras, pero, convengamos con Sherr, que ninguna responde enteramente al concepto tradicional de la misma, sino que son conflictos de acomodos geopolíticos, y de naturaleza post-soviética. Así lo fueron Chechenia, Osetia y ahora Ucrania. Son conflictos que Moscú los aborda, y seguirá abordando, con un esquema que combina la coerción suave con una diplomacia dura.

Sherr estima que toda la proyección externa rusa tiene este basamento, especialmente en lo referente a aquello que los rusos llaman su “extranjero cercano”, donde las razones de seguridad son primordiales. Mal que mal viven ahí 25 millones de rusos con lazos familiares directos con Rusia y se estima otros 25 millones tienen lazos indirectos o atenuados; todos los cuales, a diferencia de otras potencias coloniales como Holanda y Francia, nunca desarrollaron organizaciones políticas propias, lo que estimula las miradas frecuentes que ellos tienen hacia la conducta de la metrópoli.

Sherr va más lejos aún y nos sugiere que estamos en presencia de un esquema cuya lógica abarca mucho más que ese espacio geopolítico inmediato y pone como la utilización de la economía en los asuntos internacionales. Aquí se aprecia una discrepancia teórica sustantiva de Sherr con las apreciaciones de Nye. Mientras el académico de Harvard responde que la economía NO forma parte del soft power, el británico toma como ejemplo a Gazprom para subrayar que la combinación hard diplomacy y soft coercion ayuda a explicar mejor cómo la economía se inserta en la proyección internacional de Rusia. La inclusión de Gazprom en las políticas Exterior y de Seguridad & Defensa rusas va mucho más allá del extranjero inmediato, y de otra manera no se entendería la relación ruso-alemana de hoy.

Dos figuras claves para entender (la asertividad de) la política Exterior y de Seguridad & Defensa rusa hoy son Sergei Lavrov y Sergei Shoigu, titulares de Exteriores y Defensa, respectivamente. Ambos le han dado a la política Exterior y de Seguridad & Defensa de Rusia asertividad en el sentido de un todo, no sólo consistente entre sus partes sino coherente con la tradición de los rusos, es decir combinando la soviética con la zarista, dado que Alexander Gorchakov, el canciller que dominó la segunda mitad del siglo 19 y el primero en visualizar a los rusos en un contexto global, se ha convertido en uno de los nuevos grandes íconos de la diplomacia rusa. Lavrov y Shoigu son quienes traducen el esquema de hard diplomacy y soft coercion a las coyunturas del día a día.

Puesto en síntesis: en cuanto a EEUU, Lavrov y Shoigu han guiado la relación a una lógica implacable basada en la reciprocidad,  en una zona caliente del mundo como el Medio Oriente han procurado evitar la multiplicación de peligros aún cuando eso signifique tensiones con EEUU por la sencilla razón que ocurren a una mayor cercanía geográfica de Rusia que de EEUU, respecto a China han introducido la idea de que en cada caso potencialmente explosivo es necesario consultarlos debido a su peso global y respetar sus decisiones, y en cuanto al Consejo de Seguridad de la ONU han adoptado la idea tener como norte sólo la viabilidad de cualquier medida que se adopte en cada caso independientemente si ello implica tener que recurrir al veto. Soft coercion y hard diplomacy en acción.

En consecuencia, Sherr plantea un tema teórico-práctico sumamente interesante y la actual situación en Ucrania parecería ser un buen test, para ver hasta dónde la ya tradicional diferenciación entre hard power y soft power sigue siendo útil para comprender fenómenos internacionales y qué tan novedoso es en realidad el esquema de hard diplomacy y soft coercion.

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