Por: Dr. Juan Fuentes Vera[1]

            Las últimas informaciones recibidas acerca de la crisis de Egipto, han resultado bastante alarmantes a causa del altísimo número de víctimas y la posibilidad del estallido de una guerra civil en un país que resulta clave en la estabilidad de la región. Desde la deposición y posterior arresto del presidente Mohamed Morsi, se ha iniciado una serie de especulaciones, en torno a lo que podría ocurrir las que se han intensificado luego de comenzar el violento desalojo de los partidarios del depuesto presidente.

            Resulta claro a estas alturas que la ingenua visión occidental acerca de la llamada “Primavera árabe” y la posibilidad de que se iniciaran procesos de construcción democrática entre el espacio comprendido entre el Magreb y el Golfo Pérsico no pasaba de ser el resultado de la falta de conocimiento sobre la realidad de aquéllos países donde no ha existido nunca nada parecido a lo que en esta parte del mundo se entiende por democracia, la cual se asienta en valores liberales que forman parte de nuestra cultura pero que no son compartidos en otras latitudes. Tampoco se trata de negar que el mundo árabe ha iniciado un camino que tiende a insertarlo en las profundas transformaciones propias de la globalización, sino reconocer que se ha producido un serio resquebrajamiento de las formas de poder existentes al menos desde los últimos 50 o 60 años y que los acontecimientos de los que somos testigos constituyen la expresión de una página abierta de la historia cuya próxima evolución todavía no podemos prever y solamente nos permite algún grado de especulación fundada.

            La fallida experiencia de Morsi como presidente es un buen ejemplo de lo que significa la mezcla de factores religiosos y económicos existente en Egipto y el resto de los países del área con la excepción de Turquía. Allí no existe la separación Iglesia-Estado y las castas gobernantes sean civiles, militares o generalmente una mezcla de ambas son dueñas de la riqueza, concentrando  la propiedad de los recursos, los cuales administran en su favor mientras que las diferencias religiosas adquieren la forma de partidos, pero no en el sentido político occidental sino en el sentido que antiguamente se les daba como facciones enfrentadas que dividen a la sociedad. En Egipto, luego del golpe de estado que derrocó al rey Farouk en 1952, el ejército tomó el poder y gobernó ininterrumpidamente manteniendo la unidad del país hasta que la movilización popular derribó a Mubarak y se realizaron elecciones. Sin embargo la llegada al gobierno de Mohamed Morsi no significó ningún avance democrático porque los Hermanos Musulmanes intentaron imponer su visión de la sociedad y fracasaron además en mejorar la situación económica por lo que también Morsi fue depuesto ante el rechazo que generó en amplios sectores de la población, fracasando así la posibilidad de una negociación compleja entre su gobierno y los militares que permitiera un traspaso progresivo y pacífico del poder. Por el contrario, Morsi creyó erróneamente que su victoria en las urnas era suficiente para desplazar a los militares e imponer una suerte de régimen autoritario moderado manteniendo también el control sobre los elementos más radicales de su movimiento. A pesar de lo que opinen algunos comentaristas occidentales, ninguna fórmula podrá dar resultado ni acercarse remotamente a lo que nosotros llamamos democracia mientras quien gane alguna elección crea que constituye el único derecho para imponerse al resto.

            La Casa Blanca que hasta ahora había permanecido en un diplomático silencio considerando la alianza estratégica que logró forjar con los militares, también ha manifestado su rechazo por la violencia al igual que los gobernantes europeos, pero ello no ha sido recibido favorablemente por los Hermanos Musulmanes. A pesar de esto no cabe duda que habrá intentos para encontrar alguna solución pacífica al conflicto.

¿Qué puede esperarse en consecuencia de la actual situación? Es un hecho que los militares no permitirán que su poder sea disputado por ningún grupo por fuerte que sea, de manera que posiblemente mantendrán una represión selectiva e intentarán conservar el orden a toda costa. Sin embargo, la presión diplomática  podría abrir un espacio de negociación, lo que todavía está por verse.

            El gran problema en sociedades donde no existen partidos que expresen visiones de sociedad e intereses económicos dispuestos a competir y sobre todo a aceptar que el adversario pueda gobernar sobre la base de un marco constitucional común, es decir, donde la alternancia en el poder no sea un valor político aceptado, las únicas formas de gobierno posibles son la hegemonía de algún sector por sobre el resto o bien un acuerdo entre las partes que correrá el riesgo de romperse cuando alguno intente sobrepasar los límites acordados. Por el momento, los sectores moderados en Egipto han sido desplazados y la situación parece ser la de una pugna abierta con la seria posibilidad de que se repitan  situaciones extremas como las de Tienanmen o de Argelia en los años noventa.



[1]  El autor del presente articulo, es Investigador asociado CEE-ANEPE