La escalada de tensión entre Corea del Norte y Estados Unidos

Por:  Dr. Sebastián Briones Razeto

 

Un tema que ha generado amplia expectación en días recientes es la escalada de tensión entre Estados Unidos y Corea del Norte. El caso es relevante porque a diferencia de muchos otros conflictos de la posguerra fría, ambas partes poseen armas nucleares y han deslizado la intención de emplearlas si se ven forzadas a ello.

Tres factores complejizan el análisis. El primero es la poca gradualidad de las medidas que se pueden tomar. No es factible para las partes hacer media guerra o atacarse nuclearmente a medias. Por supuesto que es posible hacer un ataque acotado o emplear una cabeza nuclear de poder limitado. Lo que no es posible prever es si la otra parte decidirá responder en la misma proporción o con un ataque nuclear total. Es por eso que no hay mucho espacio para acciones de fuerza limitada, como sí fue posible en Siria. Bashar al-Ásad, por mucho que se molestara por el ataque con misiles por parte de Estados Unidos, no tenía forma de responder de manera igual de contundente. Corea del Norte posee ambos: un programa nuclear y un programa de misiles balísticos.

Segundo, el régimen de Corea del Norte es tremendamente cerrado. Esto implica varias cosas. No sabemos con certeza mucho de lo que ocurre dentro del país o cuán ciertas son las declaraciones de medios oficiales, ya que no hay una prensa libre que permita verificar lo que se anuncia. Tampoco podemos esperar que las sanciones económicas puedan generar descontento en la población como para que se manifiesten en contra y presionen al gobierno. Siendo una dictadura tan férrea, la población posee una mezcla de temor y reverencia por las autoridades y no se atreve a cuestionarlas. Por lo mismo, no sabemos cuánto de la retórica refleja reales resoluciones de ir a una guerra y cuánto es en realidad un intento de mostrarse fuerte para su imagen interna y externa.

En tercer lugar, la cúpula del régimen no ve muchas salidas a mantener la tensión con Estados Unidos. Las Fuerzas Armadas en Corea del Norte poseen un poder enorme justificado en base a la propaganda sobre la amenaza norteamericana, pese a que fue Corea del Norte el país que comenzó la guerra en los años cincuenta. Por eso mismo, las Fuerzas Armadas no están dispuestas a perder cuotas de poder. Por lo tanto un acuerdo que relaje o reduzca mucho las tensiones pone en peligro la posición de los altos mandos; y éstos a su vez ponen en peligro la posición de cualquier autoridad política que se incline por la negociación. En otras palabras, las autoridades están atrapadas en su propia retórica.

Como resultado de lo anterior, Estados Unidos y el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas no tienen muchas opciones. Una es condenar al régimen verbalmente, pero para un país encerrado en su propia retórica esto no tiene ningún impacto. Una segunda avenida son las sanciones económicas. Esto tendrá un impacto en la población e indirectamente también en algunas capacidades del régimen. Pero los anteriores castigos de esta índole no han hecho mella en su rumbo, como lo muestra la prueba de una bomba de hidrógeno. Este tipo de artefacto es un arma nuclear de otro orden de magnitud, que puede arrasar ciudades completas y supera con creces el poder de las bombas arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki.

Las otras opciones son pasar a acciones militares, que por las razones ya descritas, son una alternativa que las partes quieren evitar por la gran cantidad de pérdidas humanas y la destrucción masiva que implicaría. Una solución intermedia podría ser una mayor presión por parte de China, pero no está claro que ese país pueda o quiera ejercer más poder del que ya ha aplicado hasta ahora. Después de todo, Corea del Norte y la República Popular China han divergido desde hace décadas en economía y forma de gobierno.

Esto por supuesto parece indicar un callejón sin salida o más bien uno con solo dos salidas: la mantención del statu quo, que es una vía desagradable a las partes, pero mejor que la otra; una guerra que fácilmente puede salirse de control y destruir al menos dos países en el proceso. Entonces, más allá de la retórica y de las acciones, puede ser que finalmente las partes, por muy incómodas que se encuentren, decidan tolerar que Corea del Norte, como en su momento Pakistán o India, se convierta en un poder nuclear de facto y pague un precio económico por ello. Al final, por muy polarizadas que estén las posiciones, el precio material a pagar es el mismo que evitó que las superpotencias emplearan sus arsenales nucleares en la Guerra Fría.