La guerra en Afganistán: algunas lecciones y proyecciones

Por: GDD (R) Andres Avendaño Rojas [1].

A partir de la caída de la Unión Soviética se comenzó a consolidar  un nuevo modelo de política internacional distinto al de los tiempos anteriores. En estos últimos años el mundo ha asistido a un cambio generalizado del tipo de conflictos que enfrenta. El fenómeno de la globalización ha llevado a que la violencia delimitada en tiempo y espacio, propio de las guerras entre estados, se haya convertido en global e indefinida. Por lo mismo, entre otras características, el frente de combate se ha extendido a cualquier parte del mundo donde se encuentren los intereses del contrincante más poderoso.

La guerra en Afganistán es un caso en el que es posible observar que los actores involucrados no son solamente estados y en el que las estrategias de empleo de las fuerzas militares han debido ser replanteadas. El enemigo principal es en este caso, un grupo no estatal que opera desde el territorio de otro país, con el que inicialmente no existía un conflicto que sugiriera el uso de la fuerza.

En Afganistán confluyeron factores que complejizaron la situación. Por una parte, la existencia de un estado en el que el gobierno era incapaz de asegurar la estabilidad del país y por lo mismo, era un muy buen santuario desde el cual podía operar Al Qaeda. Por otra parte, este estado se ubica en una zona de particular importancia geopolítica, económica y militar para occidente, por lo que no se podía permitir la existencia de un espacio vacío, ya que alguien, más temprano que tarde, lo iba a ocupar.

De los objetivos que EEUU se fijó para Afganistán: la captura o muerte de Osama Bin Laden y la desarticulación de AlQaeda, la derrota del régimen talibán y la  reconstrucción del país para el restablecimiento de un régimen afín a sus intereses, sólo el primero ha sido logrado parcialmente, recién después de más de nueve años.

Así, desde un primer momento comenzaron a aparecer las dos dimensiones de las operaciones a efectuar: la seguridad y el desarrollo. Lo que puso de manifiesto la doble dimensión de la intervención en conflictos de esta naturaleza.

Por largo tiempo convivieron y /o se alternaron en Afganistán dos visiones; la de algunos mandos civiles y militares de EEUU que hicieron énfasis en el combate a la insurgencia talibán, para a través de su desarticulación crear las condiciones para avanzar en la estabilización y desarrollo del país. Esta se apoyaba en la visión tradicional –Clausewitziana– que señala que el propósito de la fuerza militar, por sobre toda otra consideración, es destruir al enemigo; la otra visión, que fuera sostenida por los generales Mc-Chrystal y Petraeus y por la mayoría de los países de la OTAN participantes en ISAF[2], en un camino más largo y costoso, privilegiaba el eje de la estabilización a través del desarrollo y de la reconstrucción, ya que sólo a través de ello se le restaría la base de apoyo a la insurgencia. En esta visión, el resultado depende  de la movilización política y social y el propósito de la batalla militar es crear espacios para construir un estado capaz de defenderse asimismo. En otras palabras, el  fin del empleo de la fuerza militar va más allá de la destrucción de las fuerzas adversarias.

En este último orden, una gran particularidad de la forma en cómo se ha enfrentado la guerra,  ha sido –en una solución atípica para los estándares tradicionales de empleo de las fuerzas– la creación de los “Equipos de Reconstrucción Provincial”[3], cuya actuación no ha dejado de provocar acalorados debates entre las autoridades políticas, de defensa y militares, pudiéndose encontrar profusas opiniones que consideran que la mezcla de actividades civiles y militares no son el medio adecuado para la reconstrucción y el desarrollo, ni menos para combatir la insurgencia.

Las opiniones más críticas se agruparon en torno a que estas nuevas misiones implicaban un conjunto de tareas, muchas de ellas ambiguas y de difícil traducción al nivel operativo militar. Porque, incluso la misión de brindar seguridad, seguía excluyendo el combate contra la insurgencia y estaba casi exclusivamente referida a misiones de tipo policial, tareas ajenas a las funciones para las que están concebidas, organizadas equipadas y entrenadas las fuerzas armadas.

Es este un punto importante a tener presente en las reflexiones que se puedan efectuar en nuestro país, respecto del rediseño de las misiones de las fuerzas chilenas en la MINUSTHA, o bien, en las decisiones que se adopten para enfrentar los desafíos que a la Defensa puedan imponer eventuales amenazas no tradicionales. Queda entonces planteada la pregunta, ¿hasta qué punto las fuerzas militares pueden desarrollar acciones que escapan a su instrucción, preparación y entrenamiento?

Otro elemento fuertemente vinculado a la estrategia utilizada para el logro de los objetivos en Afganistán, ha sido el límite en el uso de la fuerza. Evidentemente, las tareas de reconstrucción y fortalecimiento del estado que se intenta lograr con los ERP, necesitan de seguridad. Pero el haber hecho esto sinónimo de falta de discriminación en muchas de las acciones de combate, haciendo un uso excesivo de la fuerza tuvo un elevado precio. Puede que el pueblo afgano no apoyara mucho a los talibán, pero es claro que tampoco se sintieron felices con fuerzas extranjeras que los ocupan y a veces los atacan y matan. Bien vale aquí el refrán que dice que “el remedio no puede ser peor que la enfermedad”.

Como se dijo, no fue sino a partir del mando del general Mc-Chrystal, que se hizo énfasis en la necesidad de incorporar como un elemento central en la estrategia de empleo de los medios, el evitar el uso excesivo –para algunos incluso abusivo– de la fuerza y reducir al máximo las bajas civiles.

Otra vía indirecta para contribuir a bajar los niveles de insurgencia fue el tratar de negociar con algunos de los líderes talibán, pero a diferencia de lo logrado en Irak, en que los Estados Unidos pudieron negociar con los líderes de la insurgencia y atraer e incorporar a algunos de ellos al proceso político, en Afganistán, a partir del error estratégico de no incorporar a los talibán desde un principio en las conferencias de paz, esto no ha sido posible, simplemente por que ellos creen que en el largo plazo, como ya tantas veces ha sucedido, pueden ganar.

En relación con el futuro de la guerra  es posible señalar que evidentemente, la muerte de Osama Bin Laden se convirtió en todo un símbolo a partir del cual se despejó el camino para que EEUU, y acto seguido la OTAN, iniciaran la reducción de fuerzas en el área.

Con todo, es altamente improbable que en el corto plazo se logre derrotar a los talibán por intermedio de la “victoria militar”. En primer lugar por que el número de tropas disponibles para ello es insuficiente, y todo indica que la continua reducción es ineludible, y en segundo lugar, por que los talibán actúan como una fuerza de infantería ligera con una alta capacidad de inteligencia y de desprendimiento, eludiendo constantemente la decisión, para ir a refugiarse a los santuarios que posee en territorio de Pakistán.  La opción de invadir Pakistán, un país con 180 millones de personas y con capacidad nuclear, es política y militarmente insoportable.

Por lo expuesto, todo indica que se enfatizará en el empleo de unidades de fuerzas especiales apoyadas por armas de guiado inteligente para continuar desarticulando AlQaeda. A los talibán se les tratara de derrotar más estratégicamente, apostando recursos y esfuerzos a la transformación política y social del país, buscando lo antes posible iniciar el traspaso definitivo de la seguridad al gobierno afgano. Al morir Bin Laden, el argumento que AlQaeda ha sido desarticulado puede –a lo menos con fines políticos- ser esgrimido con más fuerza, por lo que la máquina militar ya no es requerida en su actual dimensión.

El problema con AlQaeda es que no necesita de un país en especial para regenerarse. Es una guerrilla global y puede atacar en cualquier lugar.

Finalmente, un aspecto muy particular que no puede dejar de ser mencionado y que seguramente marcará los futuros acontecimientos en el área, es la asimetría de intereses entre EEUU y Pakistán, tradicionales, veleidosos y complejos aliados. En el pasado uno y otro país se necesitaron recíprocamente. Para EEUU habría sido muy dificultoso operar en Afganistán sin el apoyo pakistaní y Pakistán requería el apoyo estadounidense para mantener el equilibrio frente a India y relativamente controlados a los talibán.

Pero esta mutua conveniencia cambió. EEUU puede hoy escoger dejar Afganistán y evitar un desastre estratégico, Pakistán no puede hacerlo. No sólo no puede cambiar sus fronteras con Afganistán, sino que tampoco puede deshacerse de los Pashtún ni de las madrazas, almas y cables de los talibán y de AlQaeda. Lo grave es que hoy cualquier retirada de Afganistán, en particular si esta es acelerada, dejará un vacío de poder que el gobierno de Kabul no será capaz de llenar.

De esta manera mientras Afganistán es una pieza en la estrategia global de EEUU, no es el todo. En contrario, para Pakistán, Afganistán es central en su estrategia de seguridad. Es por ello que es factible presumir – si es que no predecir- que en torno a esta asimetría evolucionará esta guerra tan particular.



[1] Investigador del Centro de Estudios Estratégicos y profesor de Estrategia e Inteligencia de la ANEPE.

[2]   ISAF, International Security Assistance Force.

[3]  Equipos de Reconstrucción Provincial (ERP): grupo de entre 100 a 150 soldados de la ISAF y asesores civiles, basados en una provincia para ayudar a la seguridad y gobernanza.