La persistencia de las hipótesis de conflicto

Profesor Ivan Witker

Interesantes declaraciones entregó el ex presidente uruguayo, Tabaré Vásquez acerca de la eventualidad del uso de la fuerza militar frente a Argentina a propósito del llamado “caso Botnia”. Vásquez aseguró que el vecino fue la hipótesis de conflicto central que existió durante su mandato.

 Independientemente de si Vásquez después de estas declaraciones sigue o no en política, se puso de actualidad un asunto muy central. Y es que tanto su formulación, como su posterior retractación, plantean cuán persistentes son las hipótesis tradicionales de conflicto. En la actualidad, no son pocas las corrientes teóricas de las relaciones internacionales que ponen su eje argumental en la cooperación y plantean la consecuente obsolescencia de las hipótesis tradicionales de conflicto ya que subyacería en ellas algún residuo de belicosidad.

 En efecto, aunque el concepto se desarrolló para analizar –en abstracto- las posibilidades de conflicto entre los estados, desde mediados de los 90 comenzó a ser puesto en tela de juicio. Las críticas al concepto estaban influidas por las visiones “fukuyamistas” y las corrientes a favor de la globalización, que auguraban un fin de la historia y el inicio de una era nueva dominada por los afanes cooperativos. Para algunos, sería la economía, para otros una sensación térmica post-comunista las que demandarían el término de relaciones adversariales. 

 Sin embargo, los recuerdos de Vásquez dejan de manifiesto lo feble que pueden ser las modas intelectuales y nos llevaron de regreso a Raymond Aron, el último de los grandes que analizó a fondo este concepto (en su clásico “Paz y Guerra entre las Naciones”).

 Además, nos plantean un tema muy central. La incomodidad que genera analizar situaciones pretéritas con condicionamientos actuales. Y es que las sombras del pasado suelen extenderse mucho más de lo que los seres humanos habitualmente deseamos. Y desde los estudios internacionales cabría preguntarse qué tan vigente siguen siendo aquellos aforismas clásicos, de Maquiavelo y Guicciardini, en orden a que todo Príncipe debe velar por su territorio y su población, al precio que sea, toda vez que eso, y no otra cosa, es lo primero.

 Para poner en contexto las palabras de Vásquez –y quizás entender su posterior retractación- bien vale la pena recordar las partes centrales del espinoso episodio que lo motiva.

 El diferendo entre Argentina y Uruguay, que fuera solucionado jurídicamente por medio de un fallo de La Haya y políticamente tras la asunción de José Mujica y Cristina Fernández en sus respectivos países, se remonta al año 2002, cuando la empresa finlandesa UPM-Kymnene (anteriormente propiedad de Botnia) inició la construcción de una planta celulosa a orillas del río Uruguay. El gobierno de Néstor Kirchner, por razones más bien primarias y con ademanes considerados en su momento algo rústicos, se opuso a la iniciativa de su vecino y optó incentivar la “conciencia ambientalista” de piqueteros de la provincia de Entre Ríos, quienes se tomaron el puente binacional durante tres años, causando un tremendo daño al comercio bilateral, asunto absolutamente documentado. Argentina reclamaba que el proyecto era contaminante y que violaba el Estatuto del Río Uruguay firmado en 1975 por los dos países.

 El crispamiento venía de los años precedentes. En 2002, el gobierno uruguayo de Jorge Battle había aprobado dos megaproyectos, uno con la española ENCE y otro con la citada empresa finlandesa, lo que desató las iras de dos grupos ambientalistas en Entre Ríos y en el propio Uruguay. La española ENCE decidió evitar un enfrentamiento con los ambientalistas y trasladó su proyecto a otro punto del territorio uruguayo, pero los finlandeses mantuvieron su localización en Fray Bentos. Al asumir el gobierno la coalición Frente Amplio hubo gran sorpresa al conocerse que Tabaré Vásquez mantenía el compromiso del gobierno anterior y que Botnia seguiría adelante. Las relaciones uruguayo-argentinas, por ese entonces  bastante deterioradas (recordemos que Battle había dicho en una conferencia de prensa con micrófono abierto que “los argentinos eran una manga de ladrones”), llegaron a su punto más crítico en muchas décadas. La Asamblea de Gualeguaychú decretó el bloqueo del puente binacional. Vásquez reaccionó acusando a Argentina de violar acuerdos de Mercosur que obligan a los gobiernos a asegurar el libre tránsito de bienes y servicios. En mayo de 2006, Argentina resolvió recurrir al Tribunal de La Haya. En noviembre de ese año, y ante los sucesivos ataques y amenazas de toma que sufría la construcción, el Presidente Vásquez ordenó que el Ejército, de forma preventiva, saliera a proteger las instalaciones. El choque entre Uruguay y Argentina se tornó dramático durante 2007 y amenazó con hacer fracasar la XVII cumbre iberoamericana a celebrarse en Chile. El propio Rey Juan Carlos intervino. Le solicitó a Uruguay postergar la puesta en funcionamiento de la planta, a lo cual el Presidente Vásquez accedió bajo la condición de que los argentinos levantaran el bloqueo al puente. La negativa llevó al rey español a solicitar de forma urgente la presencia de ambos presidentes para “salvar” esta cumbre tan preciada por la diplomacia española. Una vez en Santiago, Kirchner saludó afectuosamente a un grupo de ambientalistas congregados “espontáneamente” en la embajada argentina para protestar contra la planta, y le dijo a Vásquez, en presencia de otros mandatarios, “le diste una puñalada al pueblo argentino”.

 El fallo del Tribunal de la Haya en abril de 2010 –definitivo e inapelable- explicitó aprehensiones frente a ambas partes, pero, en definitiva, destacó que la instalación de la planta era decisión soberana uruguaya. En junio de ese año, se levantó el bloqueo en Gualeguaychú. Ambos países accedieron a crear la llamada CARU, una comisión binacional para monitorear la polución del río. El Tribunal mandató a los dos países a efectuar evaluaciones ambientales separadas e independientes. Mientras el gobierno uruguayo ha publicado periódicamente las suyas (encargadas a una empresa canadiense), la parte argentina se ha limitado a estudios aislados sobre la calidad del aire en la zona, sin que exista acuerdo aún sobre cómo ejecutar el monitoreo que estipula el fallo de La Haya. El sucesor de Vásquez, José Mujica no ha aceptado la petición argentina de poner vigilantes al interior de la planta ni menos monitorear la totalidad de proyectos cercanos al río.

 El dramático episodio -lleno de pulsiones nacionalistas- recuerda que todas las iniciativas pueden verse con prismas distintos. Botnia fue para los uruguayos un motivo de orgullo; ser destinatarios de una inversión tan cuantiosa. Para los argentinos, la eventualidad de una agresión ambiental y su uso para una causa doméstica. Se puede agregar que escaló producto de visiones distintas sobre un mismo asunto. Para los uruguayos, el ejercicio de la soberanía. Para los argentinos, la defensa de intereses locales y específicos. Y, bueno, Botnia demostró que muchos conflictos suelen sobrepasar las instancias mediadoras o facilitadoras. Aquí, el episodio arrasó con las diplomacias regionales, especialmente a la brasileña, a los esfuerzos multilaterales, los mecanismos de Mercosur e incluso a la OEA.

 Más allá de la dureza o inconveniencia que el propio Vásquez pudiera, de forma ex post, ver en sus palabras, este conflicto, visto en su contexto y en su propia dimensión, refuerza la idea –universal y perenne- de que las Fuerzas Armadas siguen siendo el eslabón más creíble que tiene una política exterior.

 En el siglo 19 fue Richard Cobden y en el 20 Norman Angells, quienes mayormente contribuyeron a las ideas pacifistas basadas en la interdependencia económica. La realidad, sin embargo, como lo demostró el caso Botnia iniciando el siglo 21, ofrece signos de terquedad. Más allá de los deseos, los ambientes interestatales suelen crisparse. Ante ello, las hipótesis de conflicto difícilmente pueden ser dejadas en el olvido.