Por Miguel Navarro Meza 1 [1]

En diciembre próximo pasado el Presidente Trump presentó la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos. Como todo documento de su tipo, analiza los diversos factores que inciden en el posicionamiento del país en el sistema internacional, de sus necesidades de seguridad y de la forma de abordarlas. Todos estos temas están articulados en torno a una idea central: existe hoy una confrontación global, planetaria, que involucra a Estados Unidos, Rusia y la República Popular China. Con esto, Washington confirma y da sanción oficial a lo que ya había sido identificado en los estudios estratégicos contemporáneos: el advenimiento de una Neo o Segunda Guerra Fría2 que ha reemplazado al sistema unipolar de seguridad que siguió al colapso de la Unión Soviética.

Argumenta la nueva estrategia que Estados Unidos perdió demasiado tiempo y recursos focalizado en el combate al terrorismo internacional –primero Al Qaeda y luego ISIS– y que tardó mucho en asumir la nueva realidad estratégica mundial, caracterizada por la surgente confrontación con Rusia y China. Esta Neo Guerra Fría no está anclada en un conflicto ideológico entre sistemas políticos excluyentes como lo fue la primera –capitalismo liberal vs. el sistema socialista– sino más bien en una forma “clásica” de confrontación de poder entre grandes potencias, en la cual los diversos actores buscan incrementar su poder, su influencia y su prestigio por medio del uso armónico de elementos políticos, diplomáticos y económicos, con el respaldo permanente y evidente de su poderío militar. Naturalmente, en este caso también hay elementos ideológicos –la posición política interna de Putin y los cambios institucionales en China que permiten al Presidente Xi perpetuarse indefinidamente en el poder– pero el núcleo de la Segunda Guerra Fría se desarrolla en un enfrentamiento tradicional entre actores relevantes del sistema internacional.

Una cuestión central en la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos es el hecho de que, al focalizarse demasiado en la guerra contra actores informales, Washington permitió que tanto Rusia como –en menor medida– China, desarrollasen sistemas de armas avanzados que han erosionado su tradicional ventaja cualitativa. Esto se aplica tanto en el campo nuclear como convencional. En consecuencia, la Estrategia se apoya en un sustancial aumento del presupuesto de Defensa.

El tipo de confrontación asociada a la Segunda Guerra Fría es conocido y sus dinámicas han sido bien estudiadas y sistematizadas. Las políticas de poder que constituyen sus ingredientes han sido una constante desde la Antigüedad. Desde Tucídides hasta Kissinger, Waltz y Mearsheimer, las lógicas del poder y su aplicación en las relaciones internacionales han sido bien aquilatadas, y sus efectos políticos, diplomáticos y estratégicos, perfectamente entendidos3.

Así, resulta fácil comprender la proyección de la Neo Guerra Fría en el sistema internacional y sus efectos en los esquemas regionales de seguridad. En consecuencia, es pertinente preguntarse si este nuevo paradigma estratégico mundial tiene efectos en América del Sur y específicamente sobre Chile.

Y la respuesta es sí.

Desde luego, los debates conducentes al Libro de la Defensa 2017 fueron una oportunidad de analizarlos. Pero, sabido es que estos, al menos inicialmente, discurrieron sobre una base ideológica –la idea de una Comunidad de Seguridad administrada por el Consejo de Defensa de UNASUR, en los términos establecidos en el acápite de Defensa Nacional del Programa de Gobierno de la pasada Administración4 – que impidieron tal examen.

Sin embargo, los hechos son claros. Por lo pronto, la existencia de una confrontación de poder entre grandes potencias genera una tensión inmanente en el sistema de seguridad global y decrece el valor de las estructuras institucionales –y jurídicas– responsables de sostenerlo. Esto es de suyo complejo para las potencias medias y los países menores que confían en dichas instituciones. En este mismo sentido, la experiencia histórica advierte que las confrontaciones entre grandes potencias inevitablemente afectan las estructuras regionales de seguridad. La Neo Guerra Fría no es la excepción. Está generando un aumento explosivo de las tensiones en Europa y en el Medio Oriente ha contribuido a la prolongación de la Guerra Civil en Siria. Algo similar ocurre en el Asia Oriental con la estrategia china de “zonas grises” (no paz, no guerra) en la que ha sustentado su expansión en el Mar Meridional de la China y zonas marítimas adyacentes.

Aunque parecen lejanos, estos fenómenos pueden provocar efectos espejo a nivel regional. Así, la presencia de Rusia y China en Sudamérica –especialmente fuerte en Venezuela y en alguna menor medida en Bolivia y Argentina– es motivo de creciente preocupación en Washington, tal como lo planteó sin ambages el Vicepresidente Mike Pence en su reciente gira regional.

Una cuestión central en esto es la ausencia en América Latina de un mecanismo regional de seguridad viable y funcional. UNASUR está fundada sobre una base ideológica definida, contraria a Estados Unidos y a la globalización. Nunca tuvo vocación genuina de ser una instancia de debate de seguridad y prevención de conflictos. El colapso de Venezuela y los cambios en Brasil le han quitado sus principales sustentos políticos y su viabilidad actual es decididamente cuestionable, no obstante la burocracia internacional que la sustenta.

Todo esto delinea el escenario estratégico en que se desenvuelve la función de Defensa en Chile y refuerza lo planteado por Waltz en el sentido que los Estados, pese a la existencia de instituciones y mecanismos internacionales, en definitiva dependen de sí mismos para su seguridad5. En esta misma óptica, la Neo Guerra Fría, con su dimensión planetaria, tiene una arista especialmente relevante para Santiago y de carácter genuinamente geopolítico, en cuanto el país ejerce control sobre un espacio geográfico de valor y significación estratégica global: la Zona Sur Austral, y especialmente el Estrecho de Magallanes. El valor estratégico de esta zona ya quedó demostrado durante la Segunda Guerra Mundial y, con distintas intensidades y matices, se mantuvo durante la Guerra Fría. Ello obliga a Chile a ejercer soberanía y proteger sus intereses allí en forma independiente de la cercanía física de Argentina y de Gran Bretaña.

En los inicios de una nueva administración de la Defensa en Chile estas son cuestiones relevantes. El país tiene una posición militar sólida, en vivo contraste con lo ocurrido durante gran parte del siglo XX, aunque la carencia de una Estrategia de Seguridad Nacional le resta sinergias. La Neo Guerra Fría marca el pulso y define el ritmo de la seguridad internacional y afecta la vigencia de su institucionalidad global. En esta misma dinámica, la ausencia de mecanismos regionales de seguridad impide descartar del todo el uso de la fuerza en las disputas locales y Chile tiene, además, la responsabilidad adicional de ser el árbitro de la paz en el subsistema Cono Sur. Todo esto hace entonces imprescindible una gestión en Defensa prioritariamente centrada en consideraciones políticas y estratégicas. Tal aproximación no es incompatible con una atención especial a los aspectos administrativos y de control financiero de la Defensa pero, por otra parte, la agenda estratégica del país es amplia, en algunos aspectos un tanto apremiantes y su ejecución está acicateada igualmente por consideraciones locales y por el escenario global creado por la Segunda Guerra Fría.

1Abogado y Cientista Político. Profesor de la ANEPE, Coordinador de la Cátedra de Estudios Internacionales.
2La Primera Guerra Fría, que enfrentó a Occidente y al Mundo Socialista, se desarrolló entre aproximadamente 1947 (aunque algunos estudios la retrotraen a las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial) y el colapso de la Unión Soviética en 1998.
3 De hecho, la obra de Tucídides Historia de la Guerra del Peloponeso es considerado la primera aproximación al estudio de un conflicto internacional explicado desde la lógica de las políticas de poder. Con posterioridad, Maquiavelo y Hobbes, en El Príncipe y Leviatán respectivamente, estudiaron los conceptos de interés, prudencia y oportunismo asociados al carácter anárquico del sistema internacional. A fines de los años 40, los estudios sobre políticas de poder se incrementaron notoriamente, en parte asociados al análisis crítico sobre el appeasement -los intentos de aplacar a Hitler a través de concesiones políticas y diplomáticas- y luego a las lógicas y dinámicas de la entonces incipiente Guerra Fría. Morguenthau y Keenan fueron entonces sus principales exponentes. Luego, y ya en los 80 y 90, las políticas de poder como sujeto de estudio y análisis han tenido un fuerte desarrollo, esta vez de la mano del neorrealismo como paradigma orientador. Kissinger, Wolfers, Hedley Bull y Art Waltz, entre varios otros, revitalizaron y han dado nueva fuerza a los conceptos de realismo y políticas de poder. Al mismo tiempo, Mearsheimer analizó las políticas de poder asociadas a las competencias entre grandes potencias en The Tragedy of Great Power Politics.
4 Programa de Gobierno de Michelle Bachelet 2014-2018. Acápite “Defensa” pp. 148-151.
5 WALTZ, Stephen, The renaissance of security studies en “International Studies Quartely” 35, 2