Dr. Juan Fuentes Vera, Investigador asociado, Centro de Estudios Estratégicos, CEE, ANEPE.

 

Para los observadores occidentales, la permanencia de la dictadura de Bashar Al Assad pese a la matanza ocurrida en la ciudad de Homs puede resultar incomprensible, especialmente si pensamos que Al Assad representa solamente al 12% de la población, que pertenece a la minoría Alauí. Sin embargo, el problema de Siria es más complejo que esto, pues allí se encuentran en juego delicados equilibrios por intereses de todo tipo, tanto nacionales, como regionales y extrarregionales, que van más allá del dictador de turno y que no parecen haber encontrado una solución satisfactoria, al menos hasta el momento.

Siria perteneció al Imperio Otomano hasta el término de la Primera Guerra Mundial, en que quedó bajo control de Francia, que también intervino en El Líbano que formaba un solo país con Siria hasta 1920. Luego de la Segunda Guerra Mundial, Siria obtuvo su independencia el año 1946.

Como es habitual, la post independencia generó una lucha entre diferentes facciones civiles y caudillos militares formados en tiempos de la ocupación francesa, hasta que en 1955 llegó al poder Shukri Al-Quwatli, aliado de Nasser que gobernaba Egipto, de manera que al igual que éste, se distanció de Europa y los EEUU acercándose a la URSS, pero provocando también el recelo de Irak y de Turquía por su intento de liderazgo pan arábico. Esto terminó en un golpe de estado que luego de un período de inestabilidad, llevaría al poder al Baath o Baaz en 1963, una agrupación política fundada en 1947 con un carácter panárabe, laico y socialista, de acuerdo con las tendencias de la época que también existió en Irak, y que por sostener a Saddam Hussein en ese país fue proscrita por la intervención norteamericana. El Baaz devino en un grupo de poder detrás de las dictaduras de Irak y de Siria, perdiendo con el transcurso del tiempo su cariz ideológico. En este último caso, apoyó a Haffez Al Assad, que desde los años 70’ fue concentrando en sus manos todos los poderes hasta su muerte acaecida el año 2000. Haffez Al Assad fue modernizador primero y pragmático después, acercándose tanto a Irán como a occidente en tiempos de las guerras con Irak y la del Golfo, según conviniera. Fue sucedido por su hijo, Bashar, quien no heredó ni el carisma ni las circunstancias que en su momento llevaron a su padre al poder y que ahora enfrenta los fuertes vientos de cambio que barren desde el Norte de África hasta el Golfo Pérsico.

Nos encontramos entonces con un contexto histórico formado por la suma de tres herencias. La más lejana proviene de los procesos de descolonización. A esto se suman la herencia de la Guerra Fría que le otorga todavía influencia en la región a Rusia, pero por otra parte también involucra a Turquía e Irán, y finalmente se encuentran las guerras árabes-israelíes.

Siria intervino en la guerra civil del Líbano en los años 70’ agregándose otro elemento de complejidad por el apoyo sirio a Hezbolá que controla el sector fronterizo del Líbano con Israel.

Israel por su parte mantiene un conflicto pendiente con Siria por la ocupación de los Altos del Golán desde la Guerra de Los Seis Días de 1967, constituyendo un flanco preocupante especialmente en momentos de tensión con Irán.

Este último país recibió el apoyo de Siria en la guerra que sostuvo con Irak y junto a Turquía son dos potencias regionales que en el pasado tuvieron un papel muy importante que hoy tratan de rescatar. Turquía a su vez se encuentra afectada por los sucesos de su vecino, pero está amenazada por Irán que no acepta su intervención al considerar a Siria un aliado estratégico frente a Israel y los EEUU.

El último llegado a la zona es China, quien se ha convertido en un importante proveedor de armamento para el régimen sirio, sumándose en esto a Rusia. Como se sabe, entre ambos han impedido que el Consejo de Seguridad de la ONU pueda establecer sanciones. En consecuencia, la impresión consiguiente es que Siria pueda ser un polvorín.

Por lo anterior, resulta interesante que las Naciones Unidas y la Liga Árabe hayan enviado al ex Secretario general de ese organismo, Kofi Annán con la intención de encontrar una salida a este complicado puzzle. Annán no sólo es un negociador experimentado, sino que seguramente tras él se encuentra la diplomacia de las potencias involucradas, de modo que habrá que estar a la expectativa de lo que pueda lograr. Mientras tanto, seguiremos observando con estupor el escaso valor que parece tener la vida humana en esta estratégica región.