Dr. Juan Alberto Fuentes Vera

Investigador asociado, CEE-ANEPE

La muerte de Muammar Gadhafi y el término de la guerra civil de Libia nos dejan una lección y una interrogante. Una lección porque nos enseña que la legitimidad que pueden gozar los gobernantes (de cualquier tipo) es limitada en el tiempo a las condiciones de su origen, de manera que los inevitables cambios aunque su ritmo sea lento va a afectar siempre los fundamentos del poder. En el caso de Libia, la dictadura de Gadhafi respondió a circunstancias específicas que hoy día se encuentran agotadas en toda la región y que respondían a los nacionalismos de los años 50`y 60`. Por otra parte, nos deja también una interrogante, porque no sabemos todavía cómo se van a reconfigurar las relaciones de poder, las que parece claro, no se limitan a la situación particular de Libia, sino que están insertas en lo que sucede en todo el espacio geográfico que va desde Marruecos en el Norte de África, hasta Irán en el Golfo Pérsico.

En el caso particular de Libia, este país forma parte de la región denominada El Magreb, junto a Marruecos, Argelia y Túnez, donde las potencias europeas comenzaron a ejercer su influencia desde el siglo XIX, especialmente Francia. En 1911 Italia ocupó Trípoli y en 1939 todo el país, pero con la derrota de los alemanes e italianos en el Norte de África, la presencia francesa apoyada por las tropas inglesas se restableció. Sin embargo, la falta de una mayor identificación entre los intereses extranjeros y los locales, sumada a la desconfianza que ya generaba el colonialismo, impidió que por la vía de un fideicomiso pudiera prolongarse el dominio europeo, de manera que en 1951 Libia obtiene su independencia. Asumió el poder entonces una monarquía, forma de gobierno típicamente occidental, porque en la práctica el cargo quedó en manos de Idris, jefe de los sanusíes de la provincia de Cirenaica. La fórmula era similar a la utilizada luego de la Primera Guerra Mundial, donde a partir de jefaturas tribales se crearon monarquías amigas al frente de los países creados en el mapa por Inglaterra y Francia.

La presencia europea significó una intensa colonización que solamente va a disminuir después de la Segunda Guerra Mundial, pero dejó huellas en varios aspectos clave, como los vínculos económicos, la administración centralizada y la formación de elites militares e intelectuales por ejemplo. De estas elites surgieron los liderazgos que derribaron a los monarcas de Egipto, Irak y Libia y que hoy día han llegado a su fin. Queda aún pendiente la situación de Siria, que es mucho más compleja y merece un análisis aparte.

Así, en 1969, el joven coronel Muammar Gadhafi derribó al rey Idris, estableciendo un régimen modernizador que se asentó en la gran riqueza petrolera descubierta a comienzo de los años 60’ y que alcanzó su mayor desarrollo entre 1973 y 1978, que fue precisamente el período de esplendor de Gadhafi, cuando de una interpretación libre del Corán llegó a escribir su “Libro Verde”, donde se entremezclaban las ideas religiosas con otras de tipo socialista y nacionalista.

El protagonismo de Gadhafi significó fuertes antagonismos con otros líderes árabes y con Occidente, y su apoyo a grupos extremistas le valió enemistades que su moderación posterior no logró hacer que desaparecieran, al punto que tras su caída, se encuentra entre otros motivos la profunda desconfianza que le tenían los EEUU y Europa, de manera que al comenzar la sublevación, la intervención de la OTAN resulto un elemento fundamental en el desenlace del que somos testigos.  Respecto a las causas internas, es necesario señalar que son comunes para toda la región, como el sostenido aumento de la población, la migración campo-ciudad y la mala distribución de la riqueza, que ha llevado a que grandes sectores de la población, especialmente jóvenes, se encuentren sin trabajo ni posibilidades de llevar una vida normal. Ante este cuadro, la  represión sistemática del descontento ejercida por Gadhafi solamente aceleró el desenlace justificando la intervención occidental.

Respecto del futuro político de Libia, la situación es de incertidumbre porque tras la guerra civil se manifiestan allí las divisiones tradicionales propias de toda la región que va desde el Magreb hasta Irán, donde es muy débil aquello que en Occidente se denomina “unidad nacional” y que constituye la base de los estados nacionales. En efecto, desde un punto de vista cultural, todos los árabes formaron una nación unida por el Islam, pero desde un punto de vista político, la unidad consiguiente fueron los califatos, que dejaron hace mucho de existir. La última forma de gobierno unitario fue en su momento el Imperio Otomano que no sobrevivió a la Primera Guerra Mundial. Las excepciones a esta realidad pueden encontrarse en Egipto, en Turquía, una república formada del núcleo del antiguo imperio a contar de la región de Anatolia, y en Irán, antes Persia, que posee una tradición cultural antiquísima, incluso anterior al Islam. No es extraño entonces que estos países surjan como potencias regionales.

De esta manera, la única forma de organización cultural predominante es aquélla de carácter tribal, en la que precisamente se apoyaron junto a su poder militar algunos dictadores como Gadhafi, no olvidemos que sus últimos bastiones fueron sus lugares de origen, por lo que resulta difícil suponer la pronta reconstitución de Libia, más allá de una suerte de Consejo Coordinador de cada sector en que se dividen los actuales triunfadores.

En lo relativo a los intereses occidentales, sin duda la pacificación y estabilidad de Libia resulta indispensable, como muestra la reciente visita del Presidente Nicolás Sarkozy, del Primer Ministro David Cameron y del Secretario en el Departamento de Estado norteamericano Jeffrey Feltman, pero no necesariamente bajo un régimen de gobierno unitario, por lo que bien podrían apoyarse en el futuro alternativas acordes con la realidad particular del país aunque por de pronto exista un fuerte reconocimiento al Consejo de Transición.