Los estados de facto o semi-estados, como nuevos actores internacionales

Por: Dr. Ivan Witker

En las aproximaciones teóricas a los asuntos internacionales se discute con entusiasmo cuánto está impregnado o no el sistema internacional del espíritu de Westfalia. Una de las dudas centrales de dicha discusión es si el sistema westfaliano surgido en 1648 se mantiene vigente o está desapareciendo.

Nadie tiene una opinión definitiva. Sin embargo, entre quienes sostienen que Westfalia, por razones diversas, se está difuminando, se observa una cierta coincidencia en estimar que nuevos actores están adquiriendo protagonismo y se debate si la centralidad la han asumido las corporaciones multinacionales o los organismos multilaterales, o bien directamente las ONGs. El apoyo estadístico es fuerte en cualquiera de las opciones.

Curiosamente esta discusión ha dejado de lado un tipo de actor muy complejo de tipificar: los esquemas semi-estatales. Formaciones políticas con territorio y población, pero que gozan de aceptación internacional limitada, reconocimiento muy acotado (o nulo), y que, dada sus singularidades de origen y desarrollo, se le adjudica viabilidad relativa. Son estados de facto, algunos más fuertes que otros; unos efímeros  y extraordinariamente precarios, otros más persistentes. Es decir, entidades donde colisiona lo declarativo (poseer territorio, población, gobierno) con lo constitutivo (reconocido por sus similares). Es por ello que su análisis resulta incómodo para muchos. Nicholas Taleb sugiere que por lo general tratamos de evitar la comprensión de asuntos donde las hipótesis son demasiado volátiles.

Es vastamente aceptado que hay estados de facto que simplemente responden a diseños artificiales, así como otros que se ajustan a circunstancias históricas sui generis, que permiten su surgimiento y, a veces, su relativa persistencia.

Los ejemplos para ilustrar el problema descrito abundan, y en todas las direcciones posibles: Freistaat Halsenhals en territorio alemán antes de la Primera Guerra Mundial, Manchukuo en Asia o Eslovaquia en Europa durante el período de entreguerras, Biafra y Katanga en la Africa de los 60s y 70s, Taiwán en Asia y, desde luego, el sorprendente espacio post-soviético en el siglo 21 con innumerables casos. Y, por qué no, el propio Estado Islámico nos recuerda casi a diario no sólo su mortífera cotidianeidad, sino las características que puede llegar a tener un estructura semi-estatal.

Por cierto que la fuerte singularidad de cada uno de ellos impide tratarlos como una unidad conceptual. Sin embargo, la evidencia empírica apunta a una falencia en cuanto a una adecuada reflexión que permita, a lo menos, visualizar algunos elementos de su génesis  y su impacto en el sistema internacional, especialmente en asuntos de seguridad. Nos guste o no, todos interactúan en el sistema internacional.

Además, el surgimiento de gruesos temas de identidad étnica y religiosa (que explican muchos conflictos intra-estatales), así como los re-ordenamientos de las zonas de influencia de las potencias globales, indican que podríamos asistir a una verdadera proliferación de estos esquemas en los años venideros.

En un ejercicio explicativo preliminar, con el evidente riesgo de no advertir la llamada “presencia del cisne negro” como advierte Nicholas Taleb, se pueden divisar tres grandes líneas:

Una primera, que apunta a ver estos estados de facto en tanto resultado de tensiones geopolíticas puntuales, pero extremas, formados al fragor de grandes crisis, donde confluyen un sinnúmero de elementos en pugna, como el alto valor estratégico o las  características poblacionales y/o religiosas específicas.

Otro intento explicativo podría encontrarse en la incapacidad de ciertos países muy populosos o extensos, con geografía muy diversa, de ejercer soberanía efectiva ad intra o bien que, por razones diversas, privilegian el desarrollo de ciertas zonas o áreas poblacionales en detrimento de otras lo que desata tendencias secesionistas apoyadas por poderes foráneos.

Y desde luego que cabría un tercer intento explicativo, más básico pero no por ello descartable, al ver estas situaciones como simples  “guerras de formación de estados”, donde una elite preclara es capaz de constituir un núcleo aglutinador y enfrentarse al poder central.

Pero este ejercicio no es fácil. Los ejemplos más recientes, que corresponden a las nacientes repúblicas novorusas o post-ucranianas, de Donetsk y Lugansk, no encuentran explicación convincente en ninguno de los intentos descritos, dado que combinan aristas de los tres. Ahí las dudas y preguntas superan cualquier atisbo de explicación. No sólo está presente la división real (económica, social y religiosa) entre las zonas occidental y oriental de Ucrania, sino también la presencia rusa palpable en todos los ámbitos, como de igual modo la presencia de potencias occidentales, y luego tenemos la historia nacional tan peculiar como milenaria de los pueblos que ahí habitan y se auto-denominan  novorusos, al estimar que el verdadero origen étnico ruso radica ahí.

Ahora bien, si miramos la historia de los estados bálticos, con largos períodos de existencia de facto, es muy posible que en toda la periferia rusa se sigan presentando situaciones que escapen a lo esperado. A modo de ejemplo, en el trasfondo de las repúblicas novorusas encontramos los casos de Osetia del Sur y Abjasia, que se separaron traumáticamente de Georgia en 2008 y crearon sendos estados de facto, cuyas existencias son reconocidas solamente por Rusia, Nicaragua, Naurú, Transnitria, Nagorno Karabaj, Venezuela y recíprocamente entre las dos. Extraño, por lo decir lo menos, ya que a su vez Transitria y Nagorno-Karabaj son también estados de facto, y que Osetia del Sur ni siquiera ha sido reconocida por su hermana étnica Osetia del Norte.

El caleidoscopio post-soviético brinda una buena cantidad de esquemas de semi-estatalidad de alto riesgo para la seguridad internacional, ya que si bien la violencia es un ingrediente poderoso, más lo es el carácter geopolítico de cada caso.  Por mucho escepticismo y distancia con que se les mire, hay elementos de génesis y contexto útiles para comprender cuándo se está en peligro de que surja un estado de facto.

Por otro lado, no cabe duda que los esquemas de semi-estatalidad se remontan muy atrás en el tiempo y quizás algo de esto se divise ya en el mismo mundo griego antiguo, donde muchas de las poleis existentes no eran más que frágiles estructuras al servicio de otras más poderosas y cuya existencia marchó acorde a exigencias acotadas a breves momentos. Sin embargo, la realidad contemporánea está añadiendo algunos elementos nuevos. Hoy, por ejemplo existen algunos casos que pudiéramos denominar “exitosos”, en el sentido de que se ha construido una estatalidad sólida, más allá de no obtener un reconocimiento internacional vasto, como Taiwán, quien tiene relaciones diplomáticas con sólo 21 países (de baja gravitación y con tendencia a disminuir en número), pero que coopera con organismos multilaterales y deportivos bajo la denominación de China Taiwán, y se le reconoce una incidencia de proporciones en la economía mundial, especialmente en cuestiones asociadas a la tecnología.

También hay casos con fuerte componente geopolítico, que han devenido en estructuras de estatalidad con “balance dual”, como Chipre del Norte, donde la gobernabilidad y persistencia en el tiempo está dada por la potencia externa –Turquía- aunque poco o nada se sabe de los niveles de gobernanza, aparte de una ausencia casi total de reconocimiento externo (de hecho, aparte de Turquía, sólo la reconoce Najicheván, una zona autónoma de Azerbaiyán y en los años finales de Gaddafi, Libia también la reconoció). O bien, la República Arabe Saharuí, proclamada por el Frente Polisario en territorio de una excolonia española abandonada por la metrópoli en 1978, controlado por Marruecos, y cuya autonomía es reconocida de manera muy pasiva por 45 países (de hecho varios se la han retirado, como es el caso de la India) y que se encuentra en la Lista de Territorios No Autónomos  de la ONU. Este caso ilustra situaciones acicateadas por una potencia regional vecinal.

Santiago Tezón, en su tesis doctoral “Apartheid, Estado y problemas étnico-culturales”(Programa de Conflictos y Seguridad, Universidad de Zaragoza, 2008), realizó una de las contribuciones más extensivas y complejas a este problema, planteándolo según una idea matriz basada en el concepto de segregación o fragmentación de la población y del territorio. Ilustra su tesis doctoral con los ejemplos de los bantustanes sudafricanos, de la hafrada (separación étnica) en Israel, y la diferenciación étnico-territorial en la isla de Chipre. Tezón argumenta tanto que los conflictos etno-culturales son una realidad in crescendo, como que la etnicidad adquiere mayor importancia durante transformaciones sociales por el impacto de la globalización.

Si tomamos en cuenta lo señalado por Tezón, en orden a que en los 193 estados reconocidos internacionalmente conviven más de 600 grupos de lenguas vivas, sobre 5000 grupos étnicos, activos y vibrantes, y que lo que está ocurriendo de manera sostenida en las últimas décadas es un traslado en la naturaleza de los conflictos, de lo inter-estatal a lo intra-estatal, deberíamos concluir que los esquemas semi-estatales podrían proliferar en los años venideros, con conflictos étnicos y/o religiosos, tanto o más complejos que los observados hoy en el espacio post-soviético.

En el decir de Taleb, los intentos explicatorios esbozados serán claramente insuficientes.