Luces y sombras: el legado de Obama en diplomacia y seguridad

Por: Iván Witker Barra

La reciente cumbre de APEC en Lima fue la última aparición del Presidente Obama en un foro multilateral. A la capital peruana llegó tras visitar el poderoso centro de Europa (Alemania) y uno de sus flancos más débiles (Grecia). Pocas semanas después de abandonar Lima, Barack Obama ya será ex Presidente de los Estados Unidos. El número 44.

La despedida en Lima -igual que en la última cumbre OTAN en Varsovia en julio de este año- deja un sabor difuso. Para algunos, las esperanzas puestas en el primer afroamericano en llegar a la Casa Blanca se difuminaron pronto; especialmente porque estas fueron alimentadas ab initio de su mandato con un Premio Nobel de la Paz considerado prematuro.

Comienza entonces el período de los balances, aunque tomará todavía algún tiempo hasta que se comience a hablar derechamente de la Doctrina Obama, como es usual con cada mandatario estadounidense. Pese a ello, se pueden resumir desde ya algunos puntos de relevancia que habrán de ser tenidos en cuenta más adelante al examinar la totalidad de su legacy.

En materia de seguridad internacional vale la pena subrayar algunos puntos, ya que existe la posibilidad de que la futura administración trate de revertirlos o hacerlos más lentos en su ejecución. Son los controvertibles, dado que no existe consenso acerca de cuánto pueden perdurar y cuánto beneficio real traen consigo.

Un ejemplo claro es el deshielo con Cuba. Sin duda que la decisión del Presidente Obama representó un giro de dimensiones históricas, ante el cual aún las reacciones están signadas con algo de sorpresa e incertidumbre. A decir verdad, pocos esperaban un paso de esta envergadura, más allá de que por décadas se hablase de la “necesidad” de darlo. Ha sido la propia dirigencia cubana la que ha ido reaccionando de manera más lenta de lo previsto. Es razonable asumir que la elite en La Habana no desee asistir a un desplome acelerado –o suicidio- como el vivido por el antiguo campo socialista que en cosa de semanas desapareció del escenario a finales de 1989 y prefiera una apertura controlada, quizás al estilo chino o vietnamita. Sin embargo, independientemente de cómo evolucione, el paso de Obama debe ser visto en un contexto histórico más amplio, y lo relevante es que tiene carácter irreversible. No hay retorno a una situación ex ante y Cuba se integrará paulatinamente al sistema interamericano más allá de cómo se articule la futura administración en Washington. Dado el colapso de Venezuela, la gerontocracia cubana no tiene otra opción, a la vez que la gama de intereses estadounidenses va mucho más allá de lo que opine la administración de turno. Debe tenerse en cuenta que, pese al criticado embargo comercial, desde hace ya más de 10 años que empresas estadounidenses son las principales suministradoras de diversos productos de relevancia para Cuba, como medicamentos.

Otro asunto relevante del legacy de Obama es el acuerdo alcanzado con Irán. Aquí está presente la eventualidad de que Trump  intente revertir la decisión de Obama, aunque también parece difícil que un retroceso grave pueda ocurrir. En Teherán ya no gobierna un sector político extremista (como el del anterior presidente Ahmedinejad), lo que dificulta un retorno a la confrontación. Al igual que en el caso cubano, podrá ralentizarse pero no volverse a la situación ex ante.

Sin embargo, donde sí puede registrarse una complicación mayor es en el mundo árabe. La apuesta de Obama fue no intervenir directamente con soldados, pero dada las dificultades de su diplomacia, se generó una actitud ante esa región que fue muy criticada. Se dijo que esa actitud –llamada por el propio Obama leading from behind solo podía generar vacíos de poder. En tanto, en materia de combate al terrorismo yihadista figura a su haber la captura y eliminación de Osama Bin Laden el 2011. Por lo tanto, los resultados de la política de Obama más las propuestas del candidato Trump (y si se mantienen una vez asumido) podrían provocar momentos de enorme inestabilidad.

En relación a lo mismo, una cuestión interesante será ver si Trump mantendrá o no la línea de uso masivo de drones ofensivos en zonas de alta conflictividad militar, puesta en vigor por Obama. Es probable que sí dado el mejoramiento de la tecnología disponible para este tipo de material de combate.

Otro punto interesante será la convivencia con Moscú. Sabido es, por un lado, que los lineamientos políticos de Obama estuvieron marcados por la tensión con los rusos (Ucrania, Siria y otros lugares) y, por otro, que Trump asegura tener buena comunicación con el presidente Putin. En este punto podríamos presenciar grandes cambios aunque sin saber en qué dirección.

Obama se caracterizó en general por privilegiar el diálogo político, manteniéndolo aún en las situaciones más difíciles, como cuando quedó al descubierto que la NSA espiaba a varios jefes de Estado y Gobierno aliados. Entre otros, nada menos que a la canciller alemana. Este traspié lo asumió con semblante realista y sabiendo el tenor de las críticas: “you are damned if you do, you are damned if you don‘t”. Es por ello que reina expectación sobre los lineamientos que tomará la futura administración en materia de inteligencia.

En tanto, una gran diferencia con Obama podría ocurrir en el Pacífico, con el TPP, y en el Atlántico, con el TTIP. Ambos eran privilegiados por Obama, algo que no ocurre con su sucesor; al menos según lo expresado durante la campaña.

En materia medioambiental es probable que el legado de Obama sea recordado positivamente. Amplió de manera significativa las protección jurídica de áreas silvestres y oceánicas, a la vez que dificultó las exploraciones petrolíferas en zonas de fragilidad. Fue un fuerte impulsor del Acuerdo Climático Global (Acuerdo de París) y puso el tema de las energías fósiles en diversas mesas de negociaciones incluyendo a los chinos; sin duda una novedad. Trump, por lo que ha señalado hasta ahora, pertenece a los que no comulgan con los sombríos vaticinios del cambio climático (llegó a decir que era un invención para perjudicar a EE.UU.).

Finalmente, prematuro es señalar si durante los ocho años de Obama hubo un real funcionamiento de los organismos internacionales en materia de seguridad internacional y diplomacia, y si se registró una efectiva fluidez en el diálogo y mecanismos de consultas con las grandes potencias. Hubo aspectos en que esfuerzos en esa dirección se observaron claramente (como la cuestión ambiental señalada), pero en otros, como en Siria, ello no ocurrió. Si se examina el legado de Obama en orden a las grandes cuestiones que preocupan a la política exterior estadounidense, el qué se busca prevenir, qué se quiere lograr, qué se pretende, dónde no involucrarse y qué tipo de valores se busca transmitir, el legacy aparece difuso cuando no directamente contradictorio.

Obama fue un presidente que usó incansablemente recursos retóricos a favor de la paz y la cooperación, y que efectivamente llevó a miles de soldados desde el avispero afgano de vuelta a casa. Simultáneamente fue un mandatario que ordenó usar con energía drones en contra de enemigos variados, y aumentó la presencia militar en Irak (aunque no se cansó de decir que la finalizaría), así como en Siria. Sin embargo, parece prematuro señalar si concebía algún tipo de liderazgo global y si pudo efectivamente ejecutar aquello que deseó siendo candidato y denominó leading from behind, algo así como conducir desde atrás.

En resumen, no está claro aún cuál habrá sido dentro de las múltiples iniciativas de Obama, aquello que Kissinger llama “la contribución justa que hace cada Presidente”.