Pensar la Seguridad y la Democracia en América Latina vista desde la perspectiva de las causas del crimen, la violencia y la política contra el terrorismo

Por: Dra. Loreto Correa Vera

Howard J. Wiarda, reconocido académico y funcionario de estado en Estados Unidos por décadas, es uno de los estudiosos más importantes de la política exterior. Sin duda se trata de un escritor prolífico, con más de treinta libros sobre política exterior, política comparativa y los asuntos internacionales contemporáneos. Como Profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad de Georgia y Asociado Senior del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), y Senior Scholar en el Centro Internacional Woodrow Wilson, se ubica en la cúspide del pensamiento occidental en el área. Por ello, vale la pena detenerse un momento en lo que el considera las bases de las causas del crimen, violencia y las políticas para enfrentar el terrorismo en América Latina.

En una conferencia realizada en San Salvador en julio de 2010, Wiarda enfrentó los elementos de la realidad que intervienen en la configuración del delito y plantea una serie de características comunes de los Estados latinoamericanos. La utilidad de su análisis desde el campo de lo metodológico, obliga a plantear algunos alcances. El primero y fundamental es que el nexo entre la democracia y la seguridad es directo. El estado de la seguridad, sus condiciones y lecturas nacionales, representan un barómetro a la salud del Estado de la democracia de los países. Dicho de otro modo, mientras menos seguridad, menos democracia.

Wiarda parte de la base que América Latina lidera en el crecimiento del crimen, la violencia y la inseguridad pública. La incidencia del crimen, que incluiría crímenes violentos, secuestros, sicariatos,  las actividades de las maras o pandillas, la extorsión, el lavado de dinero y el narcotráfico ha aumentado bruscamente en la última década. Hasta hace algunos años, la creencia popular sobre el impacto de la pobreza en la delincuencia organizada ha cedido lugar a la explicación multivariable de elementos que contribuyen a la comprensión del fenómeno.

Sin embargo, el propio Wiarda establece un nexo o hipótesis fundamental de tipo causal. Al respecto establece que existe un nexo directo entre la actividad de las bandas latinas dedicadas al crimen y Estados Unidos así como la incidencia del retorno de los miembros de estas bandas que estaban en Estados Unidos a sus países de origen. Ello es lo que entonces explicaría el aumento sustancial del delito en países de Centro América, Caribe y México; aumento de tal envergadura que se asemeja a los niveles de violencia de los países durante los imborrables procesos de violencia de los años 60 y 70. Con todo, ese no sería el peor problema, dice Wiarda, el más grave es la conexión entre la violencia de las bandas y los potenciales/reales actos de terrorismo político. Para este investigador, la incertidumbre y el miedo están desafortunada y temiblemente extendidos en la región.

Ciertamente, tanto Colombia como México, recibieron una gran atención para enfrentar la violencia, guerrilla, terrorismo y narcotráfico. Wiarda considera que los esfuerzos desplegados en Colombia dieron resultados con Álvaro Uribe en la presidencia, pero no así, los impulsos desplegados con México, los que por la cercanía con Estados Unidos y los más de 3 mil kilómetros de frontera conforman un espacio en los que cohabitan narcopandillas que controlan extensas áreas del país usando tácticas de terror e intimidación hacia el gobierno. Asimismo, en América Central, particularmente en El Salvador, Guatemala y Honduras, la violencia y las actividades ligadas a la violencia de México, las drogas en el área de la frontera con Estados Unidos ha alcanzado niveles epidémicos.

En ese marco, varios son los elementos que confluirían en la expansión del crimen, la violencia y el terrorismo en América Latina y, por lo tanto, en el éxito de la impunidad y el fracaso de las políticas de estado frente al delito.

A Wiarda le preocupa en su análisis el terrorismo político, que lo califica como la deliberada manipulación del miedo como herramienta de coerción y cuyos efectos deterioran sustancialmente los esfuerzos de las policías,  los militares y poder judicial de los Estados.

Sin embargo, a nivel latinoamericano hay algunas situaciones  que confluyen particularmente, temas que son genéricos, pero que son importantes de considerar a la hora de evaluar causas y determinar metodologías de investigación y evaluación. Estos elementos son:

1.- El hecho que las sociedades latinoamericanas son sociedades en transición desde un ámbito agrario hacia el industrial y en ocasiones hacia el postindustrial. Ello conlleva a la comprensión que se trata de países que aceptan en su constitución social conductas ilegales que son difíciles de manejar a nivel institucional.  Se trata de sociedades que se saltaron etapas de desarrollo político, en las que los niveles de responsabilidad y de compromiso institucional no siempre se han desarrollado apropiadamente. Este elemento contribuye, por ejemplo, a la inestabilidad, a una urbanización dispersa, a la falta de infraestructura en los Estados  y, a la corrupción generalizada.

2.- Conflictos de clase. Wiarda establece, que los conflictos de clases son causal del terrorismo político por los niveles de desigualdad en el ejercicio del poder político y por cierto, en el acceso a la riqueza que han marginado una buena parte de la población de estas condiciones de influencia en el esquema nacional. En palabras de Wiarda, el terrorismo político enfrenta las inequidades sociales. En muchas ocasiones se escuda además en los sectores populares, construyendo escuelas, hospitales, estadios o centros deportivos que los gobiernos no son capaces de afrontar en sus presupuestos.

3.- Un tercer elemento, está dado por la cultura política y el machismo. Esta condición que deviene de la sociedad colonial, una estructura religiosa rígida y patriarcal, subsiste aún hoy en día de manera real. Una cultura clasista, excluyente y sancionadora contribuye al fomento del resentimiento. La escasez de fuentes laborales y un futuro incierto, particularmente en el contexto Centroamericano  dejan abierta la puerta al crimen.

4.- Pero la cultura política, representa normas políticas, comprensión sobre la realidad  y costumbres comunes, herencias comunes. Muchos de los países de la región mantienen un “archivo” de memoria de la violencia en su historia. Archivo que ha legitimado el uso de patrones de violencia en la resolución de conflictos e incluso en la consolidación de procesos. No es novedad que el terrorismo se justifique, según Wiarda, en cada esquina del mundo apelando a la noción de libertad.  Sin embargo, en América Latina existe una apología de liderazgos que se construyen a partir del ensalzar figuras que adquirieron el poder por la vía violenta.  Esta legitimidad y aceptación,  debilita patrones de conducta democráticos y ataca la búsqueda de una atmósfera institucionalizada del manejo del poder

5.- La escasez de recursos y la superación del juego “suma cero”. La escasez de recursos se enfrenta en algunos países del Caribe y de América Central al endeudamiento.  Con ello la industrialización  se torna lejana e inviable. La competencia por los recursos también incide en el concepto de áreas con recursos y áreas sin recursos. Por estos motivos, cualquier reforma se torna gravosa, pesada y compleja de aplicar.

6.- La perpetuación de ciclos de violencia es gran medida también responsable de fallas del sistema político de los estados. La espiral de acción y reacción en la conducta violenta de los sistemas debe ser considerada como un factor de difícil manejo y que concentra la reiteración de patrones violentos. En este aspecto, se pueden leer conductas represivas de las policías y los gobiernos. La reiteración de patrones anómalos de violencia en la conducta política es fuente de odio y el odio opera como venganza una y otra vez en un ciclo interminable.

7.- Por último, estaría la ausencia de restricciones  tradicionales.  El declive del catolicismo y un secularismo sin límites, también atenta contra una atmósfera de paz. Lo que en la cultura tradicional “controlaba” la Iglesia, hoy el Estado no lo contiene.  La ausente sanción política social permite hablar así de sociedades descuidadas y descontroladas en sus comportamientos. Sin controles propios, los comportamientos latinoamericanos, no están limitados en modo alguno. Aplica el contagio de los fenómenos en un mundo que se globaliza en sus comportamientos violentos. La condena social no existe y ello también provoca la instalación de patrones de conducta lejanos a la paz social.

En este marco, el estudio sobre la violencia y las causas del crimen, no consiste solamente entonces en la sumatoria de variables inmediatas, sino en la lectura de condiciones estructurales complejas de larga data, en patrones. La formulación de políticas públicas en el área  en todos los Estados debe, al menos, considerar estos elementos en su composición y el planteamiento de políticas que “desactiven” o neutralicen estos fenómenos desde la sociedad y sus actores.