Propiedad del agua, ¿la discusión correcta?

Por: Humberto Nilo Penroz

No habría mejor constatación de un hecho que la experiencia personal, directa y en uso de los sentidos en su mejor forma, de ahí que la decisión de exponer un punto de vista sobre un tema de actualidad y de proyección para la vida comunitaria haya cobrado vigor. En efecto, el agua a todas luces es parte esencial de nuestra vida, forma parte de nuestra estructura en porcentaje relevante, como relevante los es también en la cantidad que ocupa en nuestro planeta, alrededor de un 70% de la superficie terrestre estaría constituida por ella y, como sabemos, es fundamental para la vida en las distintas formas que la conocemos.

Pues bien, antes de exponer una posición frente a un debate que hoy preocupa a nuestras autoridades y comunidad en general, diré que conocí hace ya algún tiempo un Santiago distinto, mucho más lluvioso, sin esmog, con escarcha, más frío, de estaciones más marcadas e inviernos poco amistosos con el interés juvenil por ocupar espacios abiertos al ejercicio del deporte y los juegos de exigencia física. Centro mi interés en una zona y trayecto cercano, a la vuelta de la esquina, en Lampa, comuna de 79.300 habitantes (Censo 2012) que en los años 60 y 70 era claramente rural y agrícola por razones obvias, disponía de agua en cantidades ingentes. Quebradas y esteros alimentaban el río del mismo nombre y aguadas naturales se encontraban en las faldas de las cadenas de cerros que como muro imponente flanqueaban, de norte a sur, el límite poniente de la comuna y sus alrededores, incluso canales de regadío recorrían el pueblo y alimentaban pequeñas “chacras” en los hogares del pueblo.

Ese mismo río algunos inviernos se desbordaba arrastrando el puente “Lampa” y dejaba aislados a sus habitantes; anegaba sectores aledaños y era una fuerza arrolladora que hacía impensable ocupar sus riberas. El “Taco”, por muchos años permitió a gran cantidad de turistas y durante todo el año disfrutar de sus aguas, las mismas del río que se embalsaban en verano a 4 km de Lampa, hacia el norte, constituyéndose en lugar de vacaciones obligadas para muchas familias que, además, obtenían de la comarca las provisiones necesarias para su permanencia en ese lugar, todas vinculadas a la agricultura y ganadería.

Los cerros desde Lampa hasta Til-Til eran bosques de vegetación exuberante donde la caza se practicaba con pasión y compensaba generosamente a sus cultores, había incluso pumas que nunca vi, pero que obligaba a los mayores a tomar ciertos resguardos “por si acaso”. Era vegetación alta, desplegaba sombra aun en días de mucho sol y calor y acogía a gran variedad de flora y fauna silvestre. Era común detenerse en aguadas y vertientes a recuperar los niveles de cantimploras y hacer un aro antes de emprender el tránsito hacia posiciones de mayor altura y abundancia.

Ya la salida desde Santiago a esa localidad nos mostraba en la carretera –hoy Ruta 5 Norte– humedales de gran dimensión, desplegados a cada lado recién superada la entrada a Quilicura y se extendían más allá de la entrada a Estación Colina, lugar donde debía girarse a la izquierda para enfilar hacia Lampa. Mucha totora y algo de comercio relacionado, mucha agua y patos en ese trayecto. Igual panorama se ofrecía pasada la línea férrea de Estación Colina hasta el fundo Santa Inés, algunos kilómetros antes de llegar al puente Lampa, no más de 4 en total. Cercano a ese punto aún se encuentra el Puente el Lelo y era desde ahí donde generalmente se iniciaba en botes, sí en botes, la cacería, aquí exclusivamente de patos.

Transitar de Lampa a Til-Til por los faldeos de esos cerros (camino Chicauma) era todo un acontecimiento. Almendros, tunales y agricultura hacia el valle, pastoreo de cabras, ovejas, vacunos y caballares hacia los cerros, en casi todo el trayecto. Si hasta Til-Til tenía su estero, con agua y pasar desde esa localidad a Polpaico por el camino del mismo nombre, era una odisea, pues en cualquier época del año había algún nivel de corriente en el hoy seco estero y no existía allí puente, salvo para el tren.

Nada de eso existe hoy, es historia. Til-Til se está se secando, si es que no lo está ya, surtiéndose de agua con camiones aljibes. De ríos, canales, esteros y aguadas nada, tampoco de pastoreo en las dimensiones de no hace mucho. De los humedales, tal vez no se crea que algo de eso hubo, igual de la vegetación exuberante. Fui hace poco y esos cerros la perdieron definitivamente. Son terrenos de secano que poco o nada pueden ofrecer al pastoreo y menos a la agricultura.

Con esto, que pasó en breve tiempo, quiero dar cuenta que el cambio climático es algo absolutamente real y su manifestación visible en nuestro país es el avance imparable de la desertificación, que pasa por Santiago y avanza amenazante hacia el sur.

Mientras, la discusión local se concentra en definir al dueño de los derechos de un recurso vital que se va agotando, al menos en su forma de provisión histórica, que no ha sido otra que la generada en procesos de precipitaciones y deshielos en nuestras cordilleras.

En otras latitudes, en el desierto del Neguev, que ocupa dos tercios del territorio de Israel y que fuera declarado alguna vez inhabitable; desolado desde la prehistoria; ubicado por debajo del nivel del mar; con 355 días de sol promedio cada año; con temperaturas diarias que alcanzan 49° Celsius y con no más de una pulgada de lluvia al año cuando el año es lluvioso, se cultivan hoy tomates, pimientos, espárragos, cebollas, trigo, duraznos y melones, entre otros. Lo sorprendente es que el riego se hace con altos niveles de salobridad, 20 veces más que la contenida en el agua potable y, más aun, sorprende que algunos de sus productos logren premios en Europa, como el tomate ahí injertado, cuyo sabor y prolongada duración entre su cosecha y consumo lo diferencian de su especie. En este país se le ha robado a las arenas de ese desierto cientos de manzanas de terreno, y cada año aumentan las tierras dedicadas a la agricultura. Notable.

Si esto no nos ayuda, tal vez el saber que en la Guerra del Pacífico parte de la capacidad de nuestra flota marítima desplegada en el conflicto ya poseía capacidad técnica para desalinizar el agua de mar y destinarla al consumo de las tropas movilizadas, tenemos luces de que es posible abordar el asunto considerando otras perspectivas.

Si Chile alrededor de 20 años atrás (1997) fue capaz de participar de la construcción de un gasoducto de 465 kilómetros, a través del cual se bombeaban 3 millones de metros cúbicos diarios de gas natural desde los yacimientos argentinos de Neuquen, hasta Santiago; si una compañía minera privada de capitales nacionales -Minera Centinela- ha invertido en la extracción de agua del mar desde Caleta Michilla, para llevarla a 1.626 metros de altura y 145 kilómetros de distancia, hasta el lugar donde realiza sus procesos de producción -Sierra Gorda-; si el ancho promedio de nuestro territorio bordea los 180 kilómetros de relativa facilidad de conexión transversal, y si, a modo de corolario, tenemos el privilegio único de limitar al oeste y en toda nuestra extensión con el océano más grande del planeta, ¿no estaremos desperdiciando capacidades, recursos y oportunidades enfrascados en una discusión errada?

Sin duda alguna el agua es un recurso estratégico en tanto insumo esencial para el consumo humano; crucial para la irrigación con fines agrícolas; elemental en procesos de producción industrial; preponderante en la generación energética y absolutamente necesario para un sinnúmero de otras necesidades que satisface, dada su condición de insumo obligado en cualquier actividad humana. Tratar adecuada y responsablemente su paulatina menor disponibilidad es un asunto de interés nacional, de voluntad y visión política con efectos económicos y sociales insospechados para la marcha del país.

Asegurar disponibilidad, continuidad y ascendente consumo es asunto de Estado, que debe considerar las distintas sensibilidades, incluidas las corrientes ecologistas, en la búsqueda de soluciones factibles.

No es absurdo soñar con inundar bastas áreas del norte árido con agua de mar desalinizada y generar polos de desarrollo agrícola que, debidamente apoyados con recursos públicos, privados y la colaboración de centros de estudios, universidades e instituciones supranacionales, den pie a la instauración de clusters que, como círculos virtuosos, atraigan nuevo capital; impulsen la investigación genética para la adaptación de nuevas y mejores especies; frenen el avance del desierto conquistando nuevos territorios para el agro; reacomoden la distribución de asentamientos humanos en zonas hoy despobladas; modifiquen el paisaje y desarrollen nueva fauna; aprovechen con fines comerciales la sal que derive de la separación de esta con el agua; agreguen valor al comercio nacional y sus exportaciones (caso Israel) con el consecuente contrapunto en empleo y calidad de vida de esas familias, entre otras conquistas. No olvidemos que con muy poco tenemos “desierto florido”.

 Si el problema es el medio ambiente intervenido, subamos el agua y depositémosla en sus causes naturales y desde allí que escurra hacia estaciones (embalses) que, aparte de actuar de freno a eventuales aluviones con grave efecto en la población, aseguren la continuidad del suministro a la población y sean fuente de obtención de energías limpias para las comunidades aledañas, reduciendo sistemáticamente los costos de uso de energía.

¿Cómo hacerlo? Sin excluir ninguna idea, sin descalificar, partiendo de cero, con la mente absolutamente abierta, intentando convertir la escases en una oportunidad de ser creativos y ganarle a la adversidad en armonía con todos los actores.

Con todo, lo que se discute en el Congreso es la forma de llegar a tomar control de los derechos de aguas en manos de privados y consagrados en el actual Código de Aguas, para otorgarle, desde la perspectiva de los detractores al cambio, mayores potestades a la autoridad administrativa, que buscaría por esa vía minimizar la intangibilidad de los derechos de aprovechamiento de aguas.

Hacer que el futuro sea como quisiéramos no es gratis, demanda primero pensarlo y pensarlo bien, luego, decidir la mejor opción para encontrarnos en ese futuro. Una vez acordada esta decisión y sustentada en la convicción, recién se movilizan recursos de la mano con las fases concebidas, sin excluir el proactivo y permanente programa de control que impedirá cualquier desvío de la meta. Es lo que han hecho países como Israel, de manera que es posible; solo requiere decisión, esfuerzo y conducción.

Cambiar leyes para aumentar y/o disminuir el poder de unos en contra de otros sobre un bien que irremediablemente irá disminuyendo, incrementará la opción de una conducción monopólica con efectos aún más distorsionadores en su administración. Podría haber otras soluciones.

¿Qué tal si probamos con una conversación distinta? Tal vez sea el momento, más adelante cualquier solución demandará mayores costos pues tendrá que resolver urgencias. Las prisas pasan y las…