Por Fernando Mingram López

A mediados del año 1989, la revista conservadora norteamericana “The National Interest” publicó un artículo de 16 páginas cuyo audaz contenido generó –y sigue generando aún– una ola de comentarios, análisis y críticas. Su autor, Francis Fukuyama, (politólogo nacido en Chicago en 1952), impactó al mundo desde el título de su tesis: ¿El fin de la Historia?

Meses más tarde, el mundo sería remecido más aún por la caída del Muro de Berlín (9 noviembre), y más adelante, por el desmembramiento de la Unión Soviética.

Adelantándose a estos hitos, el planteamiento central de Fukuyama, basado en una visión global coherente con los sucesos y la evolución mundial en esa última década, fue que en el mundo había germinado un consenso en torno a las “ideas” de occidente, frente al agotamiento de las alternativas opuestas al liberalismo occidental. Más que el término de la Guerra Fría o el cierre de una etapa de la historia, Fukuyama vio un punto final en la evolución ideológica de la humanidad –en un sentido hegeliano que más adelante explicaré–, y con ello, la universalización de la democracia liberal occidental como el sistema definitivo de gobierno, significando esto que la historia llegaba a su fin como tal. En sus propias palabras, “la historia ha terminado porque el reconocimiento universal que nos ha dado la democracia liberal moderna satisface plenamente al hombre. La gente quiere derechos –derechos democráticos–, no como un medio de gratificación personal o de propiedad privada, sino que los quiere como fines en sí.”
Más allá de la política, Fukuyama también apreció una “propagación inevitable de la cultura de consumo occidental”, a través de la masificación de la televisión, las tiendas de vestuario de marcas, la música rock, los restaurantes (Mc Donald’s, por ejemplo), particularmente en China y la URSS, y en el resto del mundo.

La primera reacción ante un planteamiento tan radical es de sentido común: la historia no puede detenerse. Mientras exista el hombre, ella seguirá su curso. Sin embargo, si ahondamos un poco más en el sentido con que Fukuyama elaboró su tesis –de partida el título es una pregunta–, podemos entender en qué se basó.

En primer lugar, el autor aclara que “el liberalismo ha triunfado fundamentalmente en la esfera de las ideas y de la conciencia, y su victoria todavía es incompleta en el mundo real o material”, lo que ocurrirá “a la larga”, según él.

En segundo lugar, la idea del fin de la historia no es nueva. Dentro de los pensadores que la plantearon, podemos destacar a Karl Marx y Alexandre Kojève, ambos basados en los postulados del filósofo alemán Georg Friedrich Hegel (1770-1831). El problema con Hegel, pese a su amplia obra, es que con el tiempo ha sido identificado (visión muy reduccionista) como el precursor del marxismo. Fue en Francia, en la primera mitad del S. XX, que se estudió en profundidad su legado, siendo Kojève el que resucitó al Hegel de la “Phenomenology of Mind”, donde proclamaba, en 1806, que la historia llegaba a su fin: la derrota de la monarquía prusiana a manos de Napoleón Bonaparte, en la batalla de Jena, fue interpretado por Hegel como el triunfo de los ideales de la Revolución Francesa, concluyendo así una inminente universalización de un Estado que incorporaría los principios de libertad e igualdad. Él pensaba que los principios básicos del Estado liberal democrático ya no podrían mejorarse. Kojève le llamaría “Estado homogéneo universal”.

Diez años después de su famoso artículo, Fukuyama escribió que nada de lo que había ocurrido en esos diez años contradecía sus planteamientos originales, en el sentido de que la democracia liberal y la sociedad de mercado eran las únicas alternativas viables para la sociedad actual, es decir, que la Historia culmina en el moderno Estado liberal. Sin embargo, admite una debilidad en su tesis: que la Historia no puede terminar porque las ciencias actuales de la naturaleza no tienen fin, y se alcanzarían logros científicos que cambiarían la humanidad como la conocemos.

En nuestros días, reforzando la tesis de Fukuyama y desde una vereda opuesta, el filósofo marxista contemporáneo Slaboj Žižek ha llegado a afirmar que “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”.

Desde mi punto de vista, la historia no puede detenerse… Nunca terminará mientras exista el género humano. Las expresiones de organización política o sistemas de gobierno son sólo una parte o ámbito de las amplias posibilidades de la expresión humana.
En muchos momentos del acontecer de la humanidad pudo haber un Fukuyama planteando aquella atrevida pregunta de si la Historia había llegado a su fin: la caída del Imperio Romano y el advenimiento del cristianismo; el fin de la Edad Media; la Revolución Francesa (donde parecía que los principios de igualdad, libertad y fraternidad se imponían como el destino inevitable del hombre…); la Independencia del continente americano; el empleo de la bomba atómica en Hiroshima y Nagasaki, término de la II Guerra Mundial y la creación de la Organización de las Naciones Unidas, por nombrar solo algunos hitos históricos.

Más recientemente, en este mundo post Fukuyama, hemos podido ser testigos de importantes acontecimientos o fenómenos que nos sugieren un cambio en las relaciones internacionales, en la política, y en la forma de mirar el mundo. Al respecto hay que mencionar la irrupción de China e India como referentes mundiales y la lucha por el poder e influencia en Asia; la expansión del Islam por el mundo (en particular Europa) y sus efectos en la vida y la cultura. En una vertiente más extrema, la radicalización de algunos movimientos y su impredecible accionar terrorista (donde el ataque a las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001 marcó el camino de una serie de magnicidios que han estremecido al mundo hasta hoy), poniendo en jaque a los gobiernos, a las alianzas y a la sociedad occidental en su conjunto.

También es de notar la persistencia en el tiempo (sin muchos visos de que se agoten aún) de viejas ideologías o utopías socialistas como las de Corea del Norte, Cuba y Venezuela, por nombrar los más emblemáticos, poniendo en duda la universalidad del modelo liberal. Esto también puede apreciarse a través de la emergencia notable de movimientos políticos ferozmente contrarios al capitalismo y al liberalismo, como “Podemos” en España y, sin ir más lejos, el Frente Amplio en nuestro país…

En particular, observaría con especial detenimiento a China, como un sistema que no es precisamente una “democracia liberal occidental”, aún cuando en su modelo de desarrollo económico incorpore medidas de libre mercado (corte capitalista) para consolidar su crecimiento y posicionamiento como líder mundial. Nadie puede dudar la creciente influencia a nivel mundial de este gigante asiático, cuyo potencial, de cumplirse las metas planteadas por su actual mandatario, el cada vez más poderoso Xi Yinping, es simplemente apabullante.

Tampoco podemos pasar por alto el fenómeno de las migraciones masivas y la nueva geografía humana que están dibujando en muchos países del mundo, así como los nacionalismos/separatismos aún latentes en diversos lugares del globo.

Otros aspectos que me hacen pensar en el dinamismo vigente de la historia, es el fenómeno de la globalización y la importancia cada vez mayor que se le concede transversalmente al medio ambiente como clave para el futuro de la vida en la tierra.

Desde un punto de vista más antropológico-global, independiente de lo político o formas de gobierno, creo que la masificación de la tecnología y las redes sociales están demostrando que son capaces de generar modificaciones profundas en el comportamiento humano, las que no me atrevería a cuantificar de aquí a un futuro mediato. Los patrones de conducta y las visiones de las generaciones de nativos digitales trascenderán los modelos de democracia actuales en un plano que correrá paralelo e incluso más adelante que aquellos…

Todo lo anterior me hace concluir que los hechos demuestran porfiadamente que la Historia no quiere detenerse, incluso en el plano de las ideologías. A 25 años del controvertido artículo de Fukuyama, podemos afirmar que este fue un interesante ejercicio intelectual, aun cuando muy influenciado por la cosmovisión norteamericana de la época. Hoy ya no es sostenible.
Finalmente, para ejemplificar lo que aún está por venir, quisiera citar las palabras pronunciadas por Emmanuel Macron, Presidente de Francia (país que se ha caracterizado por su intelectualidad, visión y conciencia de su rol en el mundo), en una reciente visita a Abu Dabi: “El mundo ha entrado en una era de grandes turbulencias”, en la que las amenazas se han acelerado y amplificado, a pesar de que el Estado Islámico ha sido casi vencido. “Pero esta lucha no terminará aquí, ante todo, en muchos lugares, desde el cuerno de África hasta el Golfo, pasando por el sureste de Asia y la región de los Estados subsaharianos, donde esta lucha continuará años después de la militar.”

A la humanidad le queda mucha Historia por vivir, presenciar y escribir…