¿Tenemos que aumentar los controles de la Administración Pública?

Por Gustavo Porcile Arellano[1]

Tomando como base, la columna de opinión denominada ¿por qué no obviar los controles?, (Nilo, 2017) la que encuentro muy de actualidad ya que  estimo es un tema que amerita una discusión mucho más amplia y que cada día cobra mayor relevancia en nuestro país, me permito señalar lo siguiente:

Si bien es cierto Chile es un país que se ha destacado por exhibir altos índices de probidad en sus instituciones, existiendo mediciones internacionales que así lo certifican, no obstante, últimamente se han conocido una serie de irregularidades que han afectado el patrimonio  de diferentes Instituciones de la administración del Estado en general y también de las Fuerzas Armadas y Fuerzas de Orden y Seguridad Pública.

Gran parte de la “justificación” del por qué o cómo se habrían producidos estos hechos, apuntan a fallas o a una inexistencia, lo que es más grave aún, de sistemas de control en diferentes niveles de los procesos administrativos y financieros de las Instituciones afectadas; los que habrían sido aprovechados por ciertos individuos para enriquecerse ilícitamente.

Lo anterior lo comparto plenamente, sin embargo, creo que la mirada tiene que ser más amplia por dos razones fundamentales: en primer lugar, si tratamos de minimizar estas situaciones corremos el riesgo que, finalmente, terminemos aceptándolas como circunstancias casi “normales” y no adoptemos las medidas que efectivamente disminuyan, e idealmente impidan, la ocurrencia de los hechos antes descritos.

Por otra parte, si concluimos que lo único que puede evitar lo expuesto son mayores y mejores controles, estos pueden terminar incrementándose y, finalmente, podríamos ahogarnos en un “mar” de burocracia insoportable, tanto para los funcionarios de la administración pública, como para los usuarios de los distintos servicios, quienes terminarán de alguna forma eludiendo los excesivos controles y posiblemente logrando el efecto contrario al deseado.

Tampoco creo que la ciudadanía siga aceptando estos hechos, que afectan directamente a recursos fiscales provenientes en parte de sus aportes impositivos, los que cada día deberían ser utilizados con mayor eficiencia y con absoluta transparencia, quedando cada vez menos espacio para permitir hechos como los señalados, sin que ello tenga graves consecuencias.

Partiendo siempre de un punto de vista positivo, ya que pienso que  nada se construye solo con criticar sino que hay que considerar lo bueno y mantenerlo, Chile es un país que ha exhibido en sus últimos años un gran desarrollo económico y social, sin embargo, no podría negarse que falta mucho por hacer y que aún persisten carencias intolerables que sufre parte importante de nuestra población, lo cual requiere de una intervención directa del Estado, así como un fortalecimiento de sus instituciones.

En una primera mirada, como solución a los problemas de corrupción o falta de probidad, uno tiende a coincidir con quienes señalan que bastaría con aumentar en calidad y cantidad los controles, lo que sin lugar a dudas ayudaría pero no solucionaría el problema. La otra alternativa es imponer fuertes sanciones a quienes aparezcan como culpables o responsables de estas conductas; lo que efectivamente tendría, a mi juicio, un importante efecto disuasivo.

En este punto tendríamos que analizar, entonces, otros elementos que están interviniendo y que no son mencionados frecuentemente tales como la ética, las virtudes y principios, los que lógicamente son menos tangibles y, además, muy complejos de medir objetivamente y en caso de detectarse falencias, difícil de corregir. Estamos hablando de conductas no deseadas, que solo podrán ser modificadas en el tiempo, ya que contrariamente a los valores que, al decir de H. Nilo corresponden “a la perspectiva moral, el conjunto de normas y costumbres que por deseadas y avaladas por la sociedad, ella se encarga de transmitirlas a sus individuos en tanto representan el actuar correcto, bueno y justo, en contraposición con lo incorrecto, lo malo, lo injusto, que debe ser rechazado, ejemplos de ello son la honestidad, el respeto, la lealtad, la tolerancia y la generosidad, entre otros” (Nilo, 2017).

Como también se señala en el artículo antes citado, nuestra sociedad está sufriendo cambios importantes en su “ethos”, influidos mucho de ellos por una tendencia mundial hacia, tal vez, al individualismo, por lo tanto, es necesario como sociedad adecuarse de forma positiva a ellos, lo que evidentemente no será inmediato ni sencillo.

Sin embargo, entendiendo y asumiendo que algunos de los cambios que en otros sentidos se están viviendo, son necesarios para construir una sociedad más inclusiva y tolerante, esto no nos puede llevar a relativizar principios que son básicos e imperecederos, de los cuales he seleccionado solo algunos que me han parecido importantes:

Respeto: Llevar la propia actuación valorando los derechos, condición y circunstancias de los demás, sin discriminación ni marginación de ninguna especie.

Disciplina: es el dominio de sí mismo que mueve a la persona al cumplimiento del deber, supeditando su propia voluntad al bien colectivo.

Integridad: Probidad, honradez, honestidad y rectitud que llevan a actuar permanentemente con honor, conforme a la verdad inspiradoras en valores éticos.

Honor: Virtud sintetizadora de todos los valores cívicos que mueven a una persona a actuar siempre con la verdad, dignidad, sinceridad, rectitud, honestidad y en coherencia con los principios que dan sustento a sus actos. Es el dominio de sí mismo que mueve a la persona al cumplimiento del deber, supeditando su propia voluntad al bien colectivo.

 

Quiero indicar que los valores seleccionados, desde el punto de vista ético, son los mismos que a mi juicio se podrían aplicar a todos los integrantes de nuestra sociedad; no obstante, a quienes pertenecen a la Administración del Estado la ciudadanía les exigirá mayores estándares en su cumplimiento, dada su condición de servidores públicos.

Otro elemento muy importante, principalmente para quienes ocupan puestos de mayor responsabilidad, es el ejemplo personal y a quienes lógicamente se les exigirá un mayor grado de compromiso con los principios antes señalados.

            Tengo la impresión que como sociedad lo señalado en el párrafo anterior nos parece, cada vez más, como algo extraño y relativo, que es aplicable a otros y no a nosotros mismos; o definitivamente que es algo utópico o inalcanzable y finalmente terminamos pensando, incluso, que el problema no tiene solución y que tenemos que vivir con ello; demostrando un cierto grado de conformismo y desazón.

Estoy seguro que lo peor que nos puede llegar a pasar es entrar en un estado general de desesperanza donde, a partir de ello, cualquier cosa será posible sin que nos llame demasiado la atención. Lo que antes era grave o mal visto, hoy es parte de la costumbre; si otras personas actúan en forma incorrecta y esto no tiene consecuencia ¿porqué yo no podría hacer lo mismo? Como en todo problema, las soluciones no son fáciles y a mi juicio parten, en este caso, por una adecuada selección de las personas que ocuparán puestos en la Administración Pública. Sin embargo, la educación formal es, sin duda, una excelente forma de transmitir valores a un colectivo en particular, así como a la sociedad en su conjunto. Al respecto, Daniel Corbo señala con relación a la educación en valores lo siguiente:

La educación constituye uno de los pilares de los Estados democráticos. En primer lugar porque un pueblo educado, conocedor de sus derechos y de sus obligaciones como ciudadanos, es la mejor garantía de la democracia y el mejor control del gobierno. En segundo lugar, la educación es uno de los derechos inherentes a la personalidad humana y, como tal, debe ser respetado y garantizado. Además, la educación resulta de suma importancia para aprender a ejercer otros derechos y comprender que junto con los derechos vienen también los deberes. Es necesario entonces que se dé un equilibrio entre derechos y deberes, acompañado de un ejercicio responsable de los derechos y libertades individuales.

          Es así que, lamentablemente, la importancia de la educación en valores y de la reflexión sobre la educación ha disminuido en los últimos años, y no se le da el reconocimiento que merece”. (Corbo, 2007).

No puedo estar más de acuerdo con lo señalado en el párrafo anterior y estimo que es uno de los elementos esenciales para mejorar los problemas de falta de probidad, y que tan abundantemente hemos conocido por los medios de comunicación social.

No obstante, como se ha dejado establecido anteriormente, es necesario trabajar en un conjunto de aspectos que pueden intervenir simultáneamente para evitar que solo se produzcan errores y que estos puedan detectarte a tiempo antes que alcancen magnitudes difíciles de dimensionar y éstos no sean agravados, con la intervención de personas que, de mala fe, buscan debilidades en los sistemas para su aprovechamiento personal.

Como conclusiones de la presente columna, está claro que el “Control” es un elemento básico que debe estar presente en todas las organizaciones y en todos los procesos y, para el tema específico tratado, estimo que el camino es mejorar éstos utilizando mayor tecnología. Por otra parte se debe, efectivamente, revisar la normativa vigente y que estas conductas tengan mayores sanciones, especialmente para quienes se desempeñan en cargos de mayor responsabilidad.

 

En este sentido debe, lógicamente, hacerse una diferencia entre quienes cometen los ilícitos, situación que corresponderá investigar y sancionar a los tribunales de justicia y las autoridades superiores de éstos, quienes, a pesar que podrían no estar implicadas directamente en los hechos, sí son responsables, ya sea por falta de control, descuido, desidia o negligencia, los que deberían, al menos dependiendo de la gravedad del asunto, responder con sus cargos, lo que muchas veces no sucede, quedando gran parte de la responsabilidad radicada en funcionarios subalternos.

 

Al hacerse efectiva dichas responsabilidades, producirá un efecto claramente diferenciador con aquellos que cumplen con abnegación, sacrificio y dedicación sus funciones, aplicándose el principio de justicia, mirado desde el punto de vista administrativo, lo que también será apreciado e imitado por otros funcionarios, quienes comprobarán que el trabajo bien hecho y honrado tiene una recompensa.

Se deben buscar mecanismos que permitan seleccionar a los mejores para que se desempeñen en la Administración Pública y esto debe incluir, de preferencia, a aquellos que realmente tengan una gran vocación de servicio, lo que es fundamental para este tipo de labores.

Finalmente, y sin lugar a dudas, lo principal será la educación que es un tema altamente debatido actualmente y que nadie discute la necesidad de mejorarla significativamente. De lo contrario, será imposible alcanzar el desarrollo y menos eliminar factores de corrupción o falta de probidad que nos aquejan. Una sociedad con claros valores como los descritos precedentemente será, y con razón, cada vez menos tolerante ante estas conductas, haciendo sentir cada día con más fuerza su rechazo, especialmente si no se aprecian cambios profundos y acciones concretas al respecto.

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  • CORBO, Daniel y otros, La Educación como ética de la Libertad. Construcción autónoma de la personalidad moral y de la ciudadanía democrática. Montevideo, Uruguay, abril de 2007, p.5, 288 páginas. Publicación auspiciada por la fundación Konrad Adenauer (Konrad Adenauer Stiftung) de Uruguay. El texto completo de este documento puede ser consultado en: [http://www.kas.de/wf/doc/kas_10858-544-4-30.pdf]
  • NILO, Humberto, ¿por qué no obviar los controles?, ANEPE, año 2017, [fecha consulta: 27 septiembre 2017], disponible en: [https://www.anepe.cl/por-que-no-obviar-el-control/]

 

 

[1] Gustavo Porcile A. General de Brigada, Jefe de la Jefatura Académica de la ANEPE.