Por Alejandro Salas Maturana 1, 5 de agosto 2019

La tensión que por largo tiempo mantienen EE.UU. e Irán, más allá de las consecuencias que generaría un conflicto armado en el Golfo Pérsico, ha vuelto a poner en el ambiente el tema del terrorismo islámico en América Latina. En febrero de este año, el almirante Craig Faller, Jefe del Comando Sur de los EEUU, señaló ante el Comité de Servicios Armados del Senado, que “Irán amplió su apoyo estatal al terrorismo en nuestra región”. Esta es una voz de alerta que debe sacarnos de una falsa sensación de seguridad, asumiendo que los ataques producidos en Europa u otras partes del mundo nunca nos afectarán. En ese sentido, no olvidemos el ataque contra la AMIA en Buenos Aires en 1994.

La percepción actual en nuestro país, es que este es un asunto que se percibe lejano y no es parte de las preocupaciones diarias de nuestra sociedad. Sin embargo, ello no implica que el fenómeno del terrorismo, y otros asociados a él, como la droga y el crimen organizado no estén presentes en alguna medida en nuestra realidad, junto con el potencial de daño que ello puede provocar a la seguridad de nuestro país.

Así entonces, cuando en Latinoamérica se habla de terrorismo islámico, de inmediato surge Hezbollah (Partido de Dios), cuya presencia es evidente en Venezuela y en la triple frontera de Brasil, Argentina y Paraguay, a 1.700 kilómetros de Iquique en línea recta. Ciertamente, la estrecha vinculación de Irán con dicha organización Chiita es innegable y, en nuestra región representaría a la Fuerza Al-Quds, la Guardia Revolucionaria Iraní. Ello nos lleva a preguntar, ¿Qué hace esta organización tan lejos de su lugar de origen, el Líbano?

Paulo Botta, del Centro de Estudios del Medio Oriente Contemporáneo, señala que la internacionalización de sus actividades delictivas se originó en la necesidad de crear una estructura que le permitiese contar con ingresos propios. De allí su vinculación con el narcotráfico desde el Líbano a Europa, el negocio de los diamantes en África Occidental y particularmente las actividades de contrabando en la mencionada Triple Frontera, que dataría desde finales de los años 80, las que se habrían expandido con el tráfico de drogas y armas, lavado de dinero y falsificación de documentos de viaje.

También existirían indicios de la presencia de Hezbollah en el puerto de Iquique, en el norte de Chile, lugar que siendo zona franca, permitiría la transferencia de fondos y blanqueo de dinero con cierta facilidad. Ciertamente, su posición geográfica en relación con la Triple Frontera lo hace importante en el marco de las operaciones de apoyo a las actividades de esa organización.

Sus nexos en Venezuela, son en nuestra opinión los más importantes para dicha organización en Latinoamérica, porque implican el apoyo de un Estado que ha puesto a disposición su territorio para desarrollar actividades ilícitas. En dicho sentido, desde el año 2010 la isla Margarita se ha convertido en su principal centro de operaciones en la Región, incluyendo la implementación de campos de entrenamiento terrorista dirigidos principalmente por oficiales venezolanos.

Aunque su modo de operar es clandestino, esto ocurre con la cooperación del Estado Bolivariano gobernado por Nicolás Maduro, el que mantiene una alianza con Irán desde el Gobierno de Hugo Chávez, país que tiene fuertes nexos con Hezbollah, a quién ha apoyado con armas y dinero para su guerra con el Estado de Israel.

Ello evidencia que Venezuela se ha convertido en la puerta de entrada del país asiático a Latinoamérica, desde donde podrían tener la capacidad de operar para afectar los intereses de EE.UU., lo que se haría más patente en la medida que el conflicto entre dicha nación e Irán se intensifique. No es de sorprender entonces, que el Secretario General de la OEA, Luis Almagro, recientemente haya denunciado que Irán y los terroristas del “Partido de Dios”, operan en Sudamérica liderando acciones de delincuencia trasnacional organizada.

Dentro de dichas acciones, el tráfico de drogas tiene especial relevancia, porque la mencionada organización terrorista ha construido vinculaciones con redes de narcotráfico en el hemisferio. En 2009, el Washington Times denunció relaciones de cooperación y apoyo con los carteles mexicanos de Sinaloa y los Zetas, como asimismo con las FARC. Esta sería una asociación de delincuencia y subversión de mutuo beneficio, porque Hezbollah les proporcionaría asesoramiento militar en técnicas de terrorismo y armas, a cambio de apoyo en actividades criminales incluyendo el tráfico de drogas. En este sentido, esta relación con los carteles mexicanos se ha fortalecido, lo que evidencia Michael Braun, ex – funcionario de la DEA, cuando señala que dicho Grupo Islámico “utiliza los mismos contrabandistas de armas, traficantes de documentación y expertos en transporte que los carteles de la droga”.

En este contexto, las redes de financiamiento construidas por el “Partido de Dios” son esenciales para hacer realidad las operaciones de esta organización en nuestra región, las que se han incrementado en dimensión y actividad. Para ello, este grupo terrorista ha aprovechado la importante presencia de libaneses que se han asentado en Sudamérica desde hace más de un siglo, logrando crear una compleja estructura internacional que utiliza cómplices para montar diversos negocios y actividades ilícitas en su beneficio. Los principales países involucrados en dichas redes son México, Colombia, Argentina, Brasil, Paraguay, Venezuela y Chile, que a su vez son quienes más reciben migrantes de dicho origen.

Precisamente, es en la triple frontera, particularmente en Foz de Iguazú y Ciudad del Este, donde la mayoría de los inmigrantes libaneses mantienen estrechos vínculos con sus familias aún radicadas en el Valle del Bekaa en el Líbano. En esa zona se habría asentado el Centro de Operaciones del atentado contra la AMIA con sede en Buenos Aires en 1994.

Son numerosos los personajes que estarían identificados como claves en la estructura de Hezbollah en Sudamérica. De ellos, Mohammed Youssef Abdallah, es uno de los más influyentes en la zona de la Triple Frontera, a la vez antiguo miembro de dicha organización en América Latina y constructor de la mezquita Profeta Mahoma.
Farouk Abdul Omairi, significativo comerciante y religioso activo en la Triple Frontera es otro personaje clave en las redes de la ya nombrada organización terrorista. Estaría vinculado con la Sociedad Benéfica Islámica, y señalado como uno de los líderes de la organización terrorista en la región, donde sería el gran coordinador.

Bilal Mohsen Wehbe, libanés naturalizado brasileño, es otro importante representante del grupo islámico en Sudamérica, quién sería el responsable de sus actividades de contrainteligencia en la Triple Frontera.

Assad Ahmad Barakat, líder del “Clan Barakat” afincado en Ciudad del Este en Paraguay, que fue definido en 2004 por EEUU, como “uno de los miembros más prominentes e influyentes de Hezbollah”. Esta organización usa sus redes de venta al por mayor de artículos electrónicos y ropa para contribuir al financiamiento de esa organización terrorista. De hecho, en julio de 2018, Argentina congeló los activos del Clan, luego de detectar un supuesto intento de blanquear US$ 10 millones en los casinos del lado argentino de la Triple Frontera.

En Venezuela, los personajes clave que han impulsado la presencia y acciones del “Partido de Dios” en la Región, son Tareck El Aissami y Ghazi Nasr al Din, conocido como Ghazi Atef Nassereddine, ex – Ministro Consejero de la Embajada de Venezuela en Siria antes de la guerra civil, con familiares radicados en la Isla Margarita, dueños de importantes inversiones que apoyaron la Campaña de Hugo Chávez para su ascenso al poder.

En 2015, la revista brasileña Veja señaló que Nasr al Din presuntamente mantenía una red de fabricación y distribución de pasaportes venezolanos auténticos, que eran proporcionados para ocultar las verdaderas identidades de terroristas provenientes de El Líbano, Irak, Siria y Pakistán. El mismo año, el FBI lo calificó como personaje de interés, como consecuencia de las vinculaciones que él ha creado entre el Gobierno de Venezuela y Hezbollah.

A su vez, Tarek El Aissami ex vicepresidente de Venezuela entre enero de 2017 y junio del 2018, fue vinculado por el exconsejero legal de la embajada de ese país en Irak, Misael López, con la venta entre 2008 y 2012, de 173 pasaportes que han permitido a potenciales terroristas circular libremente por América Latina y Europa. Actualmente, El Assaimi está acusado de participar en hechos de corrupción, lavado de dinero y narcotráfico.

En Chile, el 23 de marzo de este año, el sitio de noticias Infobae, menciona a Edgado Rubén Assad, también conocido como Sheik Suhail Assad como un personaje íntimamente vinculado a la inteligencia iraní y a la Guardia Revolucionaria. Se le señala como discípulo de Mohsen Rabbani, cerebro del atentado contra la AMIA, y se le observa muy activo operando a través del Centro de Cultura Islámica en Las Condes.

Sin embargo, las señales de la presencia de grupos fundamentalistas apoyados por Hezbollah en nuestro país son más antiguas, al menos diez años, lo que aconseja mantener una observación atenta respecto de lo que actualmente ocurre en relación con dicha organización terrorista. Existen sospechas que desde hace más de una década hay presencia de células extremistas dormidas en Iquique y Santiago, y del desarrollo de actividades de financiamiento vinculadas a la estructura existente en la Triple Frontera.

El incremento del narcotráfico en nuestro país, y su vinculación con la zona norte, podría estar de algún modo asociado a la presencia y acción de terroristas islámicos en nuestro territorio, lo cual agrega variables que complejizan aún más los problemas de seguridad que afectan a nuestra sociedad. Ello nos invita a reflexionar respecto a que Chile no es invulnerable a la acción de organizaciones jihadistas extremas, por lo que las señales de su presencia en nuestra región nos obligan a prestar atención para prevenir su acción y no lamentar sus consecuencias.

 

1 Profesor ANEPE.