Tras la partida de un gobernante carismático

Por el Dr. Juan Fuentes Vera, Investigador asociado CEE, ANEPE.

Mientras por una parte la muerte del Presidente de Venezuela Hugo Chávez terminó con las especulaciones sobre su verdadero estado de salud, por otra parte con su desaparición se abrió la interrogante acerca del futuro de Venezuela y del proyecto bolivariano que encabezaba.

Por lo pronto, el líder opositor Henrique Capriles rechazó que Nicolás Maduro asumiera la Presidencia para mantenerla durante el período electoral que se abre y que en el lapso de un mes deberá resolverse por medio de las urnas. Capriles será el contendor de Maduro y debe esperarse que la campaña electoral a pesar de su brevedad sea muy intensa e incluso violenta dada la polaridad de las opciones. Sin embargo, considerando la fuerza actual del movimiento chavista y el recuerdo del fallecido líder, Maduro seguramente ganará fácilmente las elecciones, recordemos que Chávez aventajó con claridad a Capriles por lo que esta ventaja (54%-44%) posiblemente se mantenga sin mucha variación, al menos en estas elecciones, pero probablemente no será así en las siguientes con una oposición que pese a todo se ha mantenido en torno al 40%.

Los problemas para el socialismo chavista debieran presentarse más adelante, puesto que las condiciones políticas y económicas en que Chávez llegó al poder y que le permitieron mantenerlo hasta su muerte han cambiado, además de que es bien sabido que el carisma no se hereda, aún cuando puede mantenerse vivo durante un tiempo dependiendo de ciertas circunstancias. El discurso de la dirigencia chavista así lo indica y la intención de embalsamar a Chávez para mantenerlo en exhibición permanente va en la misma dirección. Interesante señal resultó la destacada presencia del Presidente Correa de Ecuador durante el juramento de Nicolás Maduro, ya que se ha dicho que podría sucederlo al frente del bolivarianismo, lo que constituye la primera sombra de duda sobre la capacidad de Maduro para proyectar su liderazgo,  sobretodo  cuando en su propio país deberá entenderse con otros actores que se resistirán a quedar en un segundo plano como ocurría cuando Chávez estaba al frente y ellos solamente eran sus colaboradores. Además, la lealtad de las Fuerzas Armadas que no han sido prescindentes, guardaba estrecha relación con la condición de caudillo militar de Chávez, lo que podría variar tratándose de un civil.

Aparte de la desaparición del líder carismático, también el contexto en que surgió su poderosa figura ha cambiado. Cuando Chávez llegó al poder los partidos tradicionales se encontraban en crisis y la corrupción los había llevado a un completo desprestigio. Hoy existe una oposición renovada y bastante más cohesionada, mientras que el partido socialista posee una heterogeneidad que tal vez siga acentuándose si la dirigencia no es lo suficientemente hábil para mantener su hegemonía y enfrentar la situación económica que muestra evidentes signos de deterioro, considerando que un elemento de gran trascendencia para el proyecto socialista de Chávez lo constituyó el alto precio de las materias primas, en este caso del petróleo, lo que permitió contar con los fondos suficientes para financiar su proyecto y repartir con generosidad, incluso fuera de  Venezuela, aspecto importante en la proyección del bolivarianismo y en términos generales, en el sostén de cualquier gobierno con escasa base industrial. Lamentablemente, no siempre estas transferencias van de la mano con un mejoramiento social sostenible. Sobre el particular, la estrecha relación con Cuba, que fue siempre un aspecto complejo de la política exterior venezolana, podría mantenerse a pesar de una menor disponibilidad de recursos, porque está basada principalmente en el aporte de crudo a la isla a cambio de cooperación de profesionales y técnicos cubanos en distintos campos deficitarios para Venezuela, así que es razonable pensar más en una disminución del intercambio en aspectos específicos dependiendo de las fluctuaciones económicas y no en su desaparición, por lo menos mientras el chavismo siga en el poder.

Con todo, también debe tomarse en cuenta que las políticas liberales y el estilo de gobierno propio de estas ideas cuenta con un alto nivel de rechazo popular en toda América Latina, donde existen altos niveles de pobreza que pesan como un enorme lastre sobre nuestro continente, de manera que el proyecto que Chávez representaba seguirá contando todavía con un fuerte apoyo dentro y fuera de Venezuela en un momento histórico en que el distanciamiento entre las elites gobernantes y los pueblos se ha acentuado en forma muy preocupante para la solidez de las democracias que existen en el mundo y en mayor grado allí donde las instituciones parecen menos importantes que las figuras capaces de conducir la movilización social y el descontento, de modo que por el momento no es posible augurar cambios dramáticos sino mas bien una transformación progresiva en el escenario venezolano, la cual sin embargo no estará exenta de fuertes tensiones si se endurece la oposición aprovechando la desaparición de Hugo Chávez. En un país con mayor desarrollo democrático tanto la oposición como el socialismo chavista deberían evolucionar hacia un sistema donde  la alternancia en el poder no significara un cambio traumático para la sociedad, incluso en países como Nicaragua o El Salvador ha resultado posible debido al recuerdo de las guerras civiles que sufrieron, pero cuando las esperanzas son puestas sólo en el carisma del líder, al punto que Maduro ya se ha calificado como “el hijo de Chávez”, nos recuerdan que no estamos lejos de concebir el poder político como algo dinástico, donde en lugar del resultado de elecciones libres, el poder reside en algo superior a la voluntad de una ciudadanía informada, lo cual constituye un resabio cultural propio de sociedades agrarias acostumbradas al dominio paternalista de los hacendados o de los caudillos de la época de la emancipación. Recordemos al respecto que Venezuela ha estado marcada por figuras señeras como Guzmán Blanco en el siglo XIX (1870-1888) y Juan Vicente Gómez en el siglo XX (1908-1935). La muerte evitó que Chávez replicara estos ejemplos en el siglo XXI.

En este contexto, la falta de institucionalidad específicamente en lo relativo a la independencia y fortaleza de los poderes del Estado encargados de ejercer la soberanía popular y sostener el estado de derecho es un aspecto muy preocupante que no sólo se observa en Venezuela sino también en otros países latinoamericanos que descuidan o desconocen la necesidad de desarrollar sostenidamente este aspecto central de la democracia.

En lo que toca a nosotros, la situación vivida en estos días debería ser materia de reflexión en el marco de los estudios políticos porque contiene muchos de los elementos que caracterizan la tradicional volatilidad de la política latinoamericana de la que no somos ajenos. Nuestro país por ejemplo, que reconstruyó su democracia luego de vivir la peor crisis del siglo XX, enfrenta hoy una desafección generalizada del electorado y una juventud muy activa en plantear sus demandas, pero sin ningún conocimiento sobre el funcionamiento del sistema político y la institucionalidad en que descansa, a pesar de que será la generación de reemplazo. Los partidos políticos que tienen la importantísima función de intermediar entre la sociedad civil y el Estado están debilitados y algunos dirigentes movidos por ambiciones o rencores personales disfrutan tratando, generalmente con éxito, de debilitarlos aún más, pero en occidente todavía no se ha inventado nada que los reemplace.

De esta manera, el complejo problema de la representación política a pesar de las obvias diferencias entre un caso y otro parece seguir siendo uno de los  elementos claves en el devenir de la política latinoamericana dejando abierta la puerta a la peligrosa fascinación de algunos sectores por los liderazgos carismáticos de uno u otro tipo ya sean propios o ajenos.