Turquía y las relaciones con el bloque occidental

Por Dr. Luis V. Pérez Gil[1]

El pasado 27 de septiembre de 2017 el Ministro turco para Asuntos Europeos, Omer Çelik, impartió una conferencia en Madrid que, sin lugar a dudas, fue existosa, sobre las bondades, ventajas y conveniencias de una unión estrecha entre Turquía y la Unión Europea (UE), relación cuya etapa final debía ser la integración turca en el sistema comunitario como miembro de pleno derecho. La conferencia tenía por título “El futuro: Europa y las relaciones Turquía-Unión Europea”. En su intervención el Ministro Çelik alabó el éxito de la UE como organización supranacional europea destinada a hacer posible una paz permanente en el continente, pero también dejó claro que la plenitud europea no se podía conseguir sin la integración de Turquía, país europeo, democrático y comprometido con la paz y la seguridad común, lo que sin duda ha cumplido hasta ahora en el marco de la Alianza Atlántica.

También se ocupó de señalar los aplazamientos, las dudas y las desavenencias que se han producido a lo largo de las dos últimas décadas en el proceso de negociación de cara a la integración turca en la UE, sin duda la más grave es la actual situación de tensiones y distanciamiento mutuo con Alemania que llevó a la retirada de las fuerzas militares alemanas que estaban en aquel país desde 2003 para garantizar su defensa, primero frente al Irak de Saddam Hussein y, posteriormente, ante el envilecimiento de la guerra civil en Siria. En este punto, el Ministro Çelik recordó que Turquía es “frontera exterior” de la UE y que ahora mismo tiene en su territorio tres millones de refugiados sirios que desean llegar a Alemania, y a los que no se presta la asistencia debida por el incumplimiento por parte de la UE del Acuerdo bilateral sobre refugiados de marzo de 2016.

Finalmente, exigió que se avanzara en los capítulos veinticuatro y veinticinco de la negociación para la adhesión definitiva de Turquía a la UE. No se puede criticar al Ministro Çelik por la defensa de esta posición, porque realmente es difícil sacarla adelante, si no imposible, y mucho más después de la reacción europea al frustrado golpe militar de julio de 2016 que casi le costó la vida al Presidente Erdogan. Los dirigentes políticos nacionales europeos y las principales instituciones de la Unión –la Comisión, el Parlamento, el Consejo- no reaccionaron como esperaba el gobierno turco –de hecho, no reaccionaron de ninguna manera- ante el intento de derribo del poder constituido por parte de los militares golpistas, pero posteriormente sí mostraron el rechazo a las purgas masivas que ha habido en las Fuerzas Armadas, la policía, la judicatura, la universidad y los medios de comunicación.

Es evidente que la deriva presidencialista del sistema constitucional turco, en este sentido cada vez más próximo al ruso, inquietaba desde antes del golpe militar a los democráticos dirigentes europeos. Pero la celebración de las elecciones parlamentarias en Alemania a principios de octubre despejó las dudas del liderazgo turco sobre cómo Europa ve a la actual Turquía: además de islamista, cada vez más autoritaria y menos democrática, por tanto, alejada de los valores europeos. Pero con Turquía pasa lo mismo que con Rusia: las relaciones son complejas porque ambas encierran en sí mismas un modelo de sociedad, en ambas las élites están imbuidas de un sentido de superioridad cultural que les da la historia, su pasado de grandes potencias imperiales dominadoras de vastos territorios sometidos a su autoridad; por tanto, se dirigen a Europa y negocian como iguales, no se consideran ni una Polonia, ni una Rumania, ni mucho menos una Eslovenia o un Kosovo. Pero estos sentimientos interesan bien poco a los dirigentes comunitarios que permanentemente esgrimen la superioridad cultural del modelo occidental imbuidos de una concepción holística de los derechos fundamentales y las libertades públicas que, sin embargo, solo es propia de las naciones avanzadas europeas. Esto en sí mismo no es malo, pero cuando se negocia con grandes potencias es evidente que hay que aplicar otros parámetros de relación, que son los basados en las políticas de poder.

Y en esto, sabemos que los dirigentes europeos no padecen de autismo político: el ejemplo son las relaciones con la China popular comunista –y aclaro “comunista” porque allí gobierna el Partico Comunista chino-, donde la cláusula democrática basada en el respeto de los derechos civiles cede ante los gigantescos intereses comerciales que ha otorgado la globalización como una bendición para todos, como un maná que asegura el crecimiento económico a unos y a otros.

Pues bien, en medio de una renovada campaña en el extranjero para mejorar la imagen de Turquía y manifestar su compromiso con el proyecto comunitario, el Presidente Erdogan ya se hartó de la falta de lealtad de los socios europeos y occidentales. El día 2 de octubre de 2017, en una dura intervención en el parlamento turco, acusó a la UE de haberles “fallado en la lucha contra el terrorismo”, sencillamente porque ve como en Europa se da refugio a miembros de organizaciones terroristas kurdas y a golpistas gulenistas, al igual que en los Estados Unidos, donde está refugiado su líder, Fethullah Gulen. A pesar de que públicamente se mantienen abiertas las negociaciones y de que la posición turca es la de avanzar definitivamente hacia la integración plena, el Presidente Erdogan dijo que “para ser sincero, ya no necesitamos ser miembros de la Unión Europea”.

El siguiente paso es que tampoco les interese ser miembro de la Alianza Atlántica, y esto no parece estar muy lejano, precisamente por el mismo motivo. Mientras Ankara intenta acabar con las organizaciones separatistas kurdas que aspiran a obtener una parte del territorio turco para su futuro Estado –además de partes del norte de Siria, de Irak, con la celebración de un referéndum de independencia reciente incluido, e incluso ciertas zonas de Irán-, éstos obtienen el apoyo militar de los Estados Unidos y de otros miembros del Bloque Occidental en Siria –asunto que Rusia no para de poner de manifiesto por boca del portavoz del Ministerio de Defensa para Siria, el general Konashénkov-.
Parece entonces que el único socio fiable que le queda a Turquía es Rusia con quien, precisamente, y con Irán, están tratando de resolver de una vez el postconflicto civil sirio –con más claridad de miras que los gobiernos de la denominada Coalición occidental-. Y también a Rusia es a quien se ha dirigido para adquirir el nuevo sistema de defensa aérea S-400 de Almaz-Antey por 2.500 millones de dólares, según confirmó el propio Presidente Erdogan el 25 de julio de 2017. En este caso, la respuesta del portavoz del Departamento de Defensa de los Estados Unidos, capitán Jeff Davis, fue que “Turquía tendrá que dar explicaciones por la elección de los sistemas rusos”.

Pero como se encargó de responder el Presidente Erdogan el mismo día del anuncio de la firma del contrato: “cada país debe tomar las medidas para garantizar su seguridad. ¿Qué lado puede asegurar estas medidas?, allí nos dirigiremos. Cuántas veces hemos hablado con los Estados Unidos, pero no funcionó, por tanto, nos guste o no comenzamos a hacer planes con las S-400.”

Este hartazgo del Presidente Erdogan se extiende a todas las instituciones occidentales. Así, el 13 de octubre de 2017, en medio del enfrentamiento diplomático con los Estados Unidos por la suspensión de la emisión de visados, se quejaba amargamente de la hipocresía de los países que dicen ser socios de Ankara: “en las reuniones cara a cara hacen promesas y dan garantías, y a nuestras espaldas montan juegos sucios, que han adquirido una envergadura que ya no pueden ocultar”, y acusó directamente a los Estados Unidos de mentir al mundo entero. Lo que ocurre es que las relaciones entre ambos países están ensombrecidas por la negativa de Washington a extraditar al clérigo Fethullah Gulen, acusado de organizar el golpe militar del año pasado. El Presidente Erdogan enfatizó en la comparecencia pública del 13 de octubre que “somos la República de Turquía y tienen que aceptarlo. Si no lo hacen, entonces lo siento, pero no los necesitamos”.

Llegados a este punto, se plantean las cuestiones: ¿son conscientes los dirigentes europeos del protagonismo de Turquía en la región? ¿Están teniendo en cuenta el papel que Turquía ha desempeñado en el flanco sur de la OTAN? ¿Prefieren una Turquía aliada a Rusia o, peor, echada en manos de China, que está adquiriendo una influencia creciente en Oriente Medio?