Una reflexión acerca de la protección de recursos naturales

Por. Dr. Jaime Abedrapo Rojas. Subdirector de la ANEPE

          El crecimiento económico mundial con posterioridad a la crisis Asiática de fines de la década de los noventa del siglo pasado y hasta hoy, centró el interés en materias de Defensa y Seguridad relacionadas con los recursos naturales. Ello, entre otras razones, se debió a que el motor principal del sistema de intercambio de bienes y servicios ha sido básicamente las mayores demandas que se han producido, lo que ha repercutido en mejores precios de las materias primas en rubros tales como alimentos, minerales y productos energéticos[1].

            La base de este crecimiento en gran medida se debe al ingreso del continente asiático, en especial China e India, al sistema económico interdependiente y apertura comercial de sus mercados. Ambos colosos han crecido durante la presente década a tasas cercanas al 10% anual, con una caída durante el año de recesión mundial (2009) y una desaceleración de la economía durante el presente año.

           Esa expansión económica es la causa primera de los mayores volúmenes de ventas de recursos naturales y el mejor precio que han alcanzado, como, por ejemplo, el cobre, uranio, soya[2], entre otros productos básicos.

          Este fenómeno no sólo trae consigo mayores divisas a los países productores de estas materias primas, sino que permitió proyectar un escenario en que estos recursos tenderán a la escasez. Con ello ha comenzado a ganar espacio la necesidad de procurar un desarrollo sostenible, en el cual la explotación de los recursos sea compatible con la protección medioambiental, en aras a preservar los recursos para el uso y goce de las futuras generaciones.

         Es decir, la preocupación que actualmente se manifiesta respecto al cuidado por el medio ambiente, no tiene su fuente en una visión ambientalista, sino más bien en una consideración económica de sustento del crecimiento económico.

          Varios estudios difundidos por Estados Unidos y el Reino Unido (Calle, 2007) convergen en señalar que el cambio climático está revalorizando los recursos naturales, cuestión que redundará en una mayor competencia y eventuales conflictos por controlarlos (Rojas, 1996).

      Los Estados que poseen importantes reservas energéticas de gas, petróleo, agua, oxígeno y materias primas alimentarias, están enfrentando el desafío de conciliar las exigencias productivas y exportadoras de los ciclos económicos con la seguridad, protección y conservación medioambiental, lo que algunos autores han denominado el “desarrollo sin destrucción” (Martín, 2002), que intenta poner énfasis en la cooperación inter-estatal.

            La carencia de recursos naturales básicos para la producción que se gesta en el sistema económico, como son los energéticos, ha levantado la hipótesis de trabajo “amenazas sin enemigos” en asuntos de Seguridad Nacional, en tiempos de globalización. Ello a su vez ha generado el concepto de Seguridad Ambiental.

            No obstante, existen economistas que sostienen que la dicotomía entre crecimiento económico y protección medioambiental no es cierta, ya que el cambio climático en sí es tan devastador que no hay espacio para una disyuntiva. Además, según Jeffrey Sachs el crear un sistema energético lleva implícita tres variables: inversión en tecnología no contaminante[3], disminución de las tasas de demografía en países pobres[4] y eliminación de la extrema pobreza. Al respecto, Sachs sostiene que para frenar la emisión de gases de efecto invernadero y así contrarrestar el cambio climático, se requiere de una inversión cuyo costo es inferior al 1% de la renta mundial anual.

            Por otra parte, la adopción de una política demográfica audaz que reduzca el crecimiento de la población en los países más pobres costaría menos de un 0,1% de la renta anual de los países ricos, mientras que acabar con la pobreza extrema significaría otro 1% de la renta anual de los países desarrollados (Sachs, 2008: 29), consiguiendo con ello estabilizar la población mundial en torno a los 8.000 millones de personas a mediados del presente siglo.

             Planteada así la cuestión, el problema se sitúa en la falta de cooperación en un mundo que se limita a sí mismo en la solución de estos problemas y ha abierto dentro del ámbito de la seguridad al medio ambiente y la protección de los recursos naturales.

Medio Ambiente y la Seguridad de Los Estados

            El sistema de producción actual y el aumento de la demanda por bienes y servicios en una sociedad de consumo, no posee la capacidad de acelerar cambios orgánicos en las estructuras industriales y en las economías modernas, lo que es sinónimo a decir que los marcos jurídicos, sociales y políticos de los Estados manifiestan vacíos para enfrentar la situación de agotamiento de los recursos naturales y su impacto en el medio ambiente.

            Cabe señalar que por recursos entendemos aquellos productos ofrecidos o extraídos de la naturaleza como bienes o servicios para la actividad del ser humano, y que pueden llegar a agotarse. La diferencia entre recursos renovables y no renovables hoy no es exacta, puesto que los niveles de explotación de éstos últimos han significado que casi no existan productos provenientes de la naturaleza que se puedan regenerar en el ritmo de explotación actual. Por ello los problemas ambientales derivados de las tierras, bosques, agua dulce, aire, atmósfera, clima, océanos y biodiversidad, se conciben en la actualidad como degradables, siendo que hace pocos años atrás se les clasificaba como renovable.

         Dicho fenómeno global tiende a transmitir y magnificar los errores del mercado, que están ocasionando daños ecológicos, pero que fruto del imperativo de la competencia mundial, subregional y regional no se ajustan a los costos para el medio ambiente[5].

            En definitiva, la globalización entendida en su interconectividad e interdependencia, que a su vez ha redundado en una ampliación de comercio y por ende una mayor explotación de recursos naturales. Ello ha generado presiones internas y externas sobre políticas medioambientales, con el objeto de mantener en el tiempo determinados grados de rentabilidad en desmedro de la sustentabilidad del entorno.

       La situación mencionada, a juicio de Peter Gleick, puede mostrarnos cuatro categorías de riesgos en el sistema internacional, en los que la globalización mediante su sistema productivo – competitivo – está significando el levantamiento de escenarios prospectivos no demasiado alentadores.

            Los recursos como metas estratégicas: forma clásica de comprender la relación entre medio ambiente y conflicto, remitiéndose a la negación de acceso a los recursos a otros y los intentos por controlar éstos por sí mismos.

          Los ataques a los recursos: destrucción de plantas de energía atómica, represas y refinerías petroleras, entre otros.

          El medio ambiente como arma: la tecnología ha facilitado el control del medio ambiente y sus recursos para afectar el comportamiento político de eventuales adversarios.

          Destrucción del medio ambiente: ésta se puede dar por negligencia, ignorancia o interés en el corto plazo. El cambio climático, la degradación ambiental y el problema de la capa de Ozono podrían tener desastrosos resultados (Gleik, 1991).

          En resumen, los conflictos derivados de las competencias por controlar los recursos naturales están insertos en una dimensión económica, política y social, además de la militar, cuestión que está motivando la necesidad por cambiar las estructuras institucionales a nivel mundial (Garay, 2003).



[1]  Un ejemplo notable ha sido América Latina, que según el secretario General de la OEA, José Miguel Insulsa la región ha crecido desde comienzos del milenio en torno al 2,5% anual, producto del aumento de sus exportaciones relacionadas a materias primas. de 2007.

[2]  El precio del cobre ha aumentado en un 400%, el uranio en un 150% y la soja en un 100%, según el informe anual dado a conocer por la CEPAL. www.cepal.org

[3]   Los seres humanos habitan todos los nichos ecológicos del planeta y en algunos lugares se ha sobrepasado la capacidad de sustentación del territorio, al menos con las tecnologías actualmente en uso. Esto motiva hambruna, degradación medioambiental y éxodo masivo de población.

[4] A comienzo del siglo XXI, el planeta cuenta con una población de 6.600 millones de habitantes y las expectativas, según Naciones Unidas, son de 9.200 para el 2050.

[5] Cuando hablamos de costos nos referimos a aquellas acciones o actos perjudiciales que se producen sobre el eco-sistema, es decir que los elementos del medio ambiente que originalmente están balanceados y dentro de ciertos límites para que el sistema global no se destruya, sino que se modifique. Existen siete “leyes” o características básicas de los ecosistemas: flujo de energía, cadenas tróficas o alimenticias, los ciclos bioquímicos, el nicho ecológico, los equilibrios eco-sistémicos, la resiliencia y la sucesión vegetal. Si éstas se cambian, comienza el proceso de newentropía o descomposición.